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Entre la maternidad y la tragedia (Reseña de "La mujer de treinta años", de Honorè de Balzac)

 “A nosotras, las mujeres, la civilización nos trata peor de lo que nos trataría la naturaleza. La naturaleza nos impone penas físicas que ustedes no han sabido aliviar, y la civilización ha desarrollado unos sentimientos que ustedes engañan sin cesar”.

 

Hace muchos años ya, cuando tenía 15 años, leí una novela llamada Eugenia Grandet que encontré en la biblioteca de mi colegio. Era la primera vez que leía a Balzac y, efectivamente, quedé prendada de su prosa desde entonces. 15 años después habré leído unas 15 novelas suyas, y cada vez que empiezo una nueva me brillan los ojitos. Y bien, justamente, ahora, a esta edad, me he topado con La mujer de treinta años para ver qué tenía que decir uno de mis autores favoritos al respecto (el juego de números fue coincidencia: no suelo planear tan bien las cosas).

Como hasta hace poco tiempo inicié con este ejercicio de las reseñas para poner a prueba mi memoria, no tengo mis impresiones sobre los libros anteriores de Balzac. Así que veré cómo me va en este extraño intento por reseñar esta obra.

La comedia humana
(Scartol, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons)
Para los poco cercanos al autor, les comento que Honorè de Balzac fue un escritor francés del siglo XIX, uno de los mayores representantes del realismo (género del que me enamoré perdidamente) y que se propuso realizar 137 obras para un proyectó que denominó La comedia humana (aunque llegó sólo a 87) y que relatan, en general, los ires y venires de la sociedad francesa de aquellos tiempos mediante cada una de sus historias.

👀💓 Si vas a leer el libro:

La mujer de treinta años es, como bien se imagina, una obra en la que la protagonista es una mujer. En esta novela se evidencia que Balzac tenía una gran intuición y conocimiento del sexo femenino y de sus más profundos sentimientos, de lo cual hace gala tremendamente aquí, sobre todo en cuanto al tema de la maternidad y el amor. También el lector se encuentra con la lucha interna de la protagonista frente a las “leyes de la sociedad” y a las “leyes internas”, pues Julie, la protagonista, pasa por diversas tragedias que le llevan a cuestionarse su moralidad y su modo de actuar y de sentir en cada etapa de su vida.

El manejo de todas estas cuestiones es impecable, afirmación desde la cual recomiendo la lectura para quienes tengan interés en lo ya mencionado. Y bien, para el lector a quien le atraiga la tragedia también tendrá un buen ejemplar para entretenerse.

Aunque debo admitir que, entre lo que he leído de Balzac, no tiene un índice tan alto de este componente como otras (diría que se lleva un 6/10). Puede que mi percepción sea errada o yo no esté demasiado sensible estos días. Pero no puedo dejar de admirar la fuerte carga emocional que expresa en los estados anímicos de Julie y de Helene, elemento muy presente a lo largo de la obra y que la permea de emocionalidad constantemente.

“¿Quiere usted que estos árboles produzcan su follaje sin la savia que los hace crecer? ¡El alma también tiene su savia! Y en mí, la savia se ha secado en sus fuentes”.

Me quedo también con la impresión de que es una novela de alto contenido moral, pues hace mucha referencia al deber y al honor, tanto a nivel personal como a nivel social. Es cierto que Julie no tiene creencias religiosas, pero esto no interfiere de ninguna manera con su sentido del deber ni con el estricto cumplimiento de las leyes del mundo (a pesar de que estuvieran muy alejadas de sus propias convicciones).

Eso, se puede decir, está perfectamente plasmado hasta la primera parte del libro. Es que mi mente dividió el libro en dos partes: la historia de Julie hasta sus 30 años, aproximadamente, y luego, la historia de Helene, su hija. Si bien en esta segunda parte se entremezclan bastante las historias de estas dos mujeres, lo cierto es que Julie pasa a un segundo plano. Pero la novela finaliza centrándose nuevamente en ella.

Esto lo traigo a colación porque todas aquellas virtudes con las que se adornaba a Julie durante esta primera etapa de su vida se desdibujan un poco después. Cuando el relato se centra en Helene, es fácil darse cuenta de que “algo” ha sucedido con su madre, pues uno como lector puede llegar a calificar negativamente muchas de las cosas que hizo para con su hija.

Pero es momento de que el potencial lector juzgue por sí mismo, mientras me dirijo a reseñar el libro para aquellos que sólo tengan curiosidad.

👾Si no vas a leer el libro:

El relato inicia con un padre soltero y su joven hija, que acuden a una especie de espectáculo antes de que Napoleón partiera a campaña. Allí, el padre se percata de los sentimientos de su hija hacia el general d’Aiglemont, y le advierte de que no era un buen hombre para ella. A pesar de sus advertencias, Julie contrae matrimonio con él. Su padre muere poco tiempo después de este acontecimiento, pero no se dan detalles al respecto.

Una vez iniciada la vida matrimonial, Julie se da cuenta de que no era nada parecido a lo que ella esperaba (un fenómeno similar al sucedido con Madame Bovary, lo cual relaté en la correspondiente reseña, sólo que las dos mujeres tenían personalidades muy distintas), lo cual le generó una enorme tristeza y desencanto por la vida en general:

“Una vez sola, por la noche, en la habitación a donde me habían llevado con ceremonia, pensé en alguna travesura para intrigar a Víctor; y mientras lo esperaba sentía en el corazón unas palpitaciones semejantes a las que sufría antiguamente, durante el día solemne del 31 de diciembre, cuando entraba a escondidas en el salón donde se amontonaban los regalos. Cuando entró mi marido, y me buscó, la risa ahogada que dejé escapar bajo las muselinas que me envolvían fue el último estallido de aquella dulce alegría que animara nuestros juegos infantiles…”

Entonces la vida de Julie cambió radicalmente, e inmediatamente se empezó a notar en su semblante y en su comportamiento. Siendo una mujer hermosa y con gran aptitud para el canto, no se relacionaba en sociedad ni acudía a bailes y a otro tipo de entretenciones comunes en el París de esa época. Su marido no era ajeno a esto y, así, pasó de amarla ardientemente a aburrirse de ella. No tardó en tener un amorío con otra mujer, ni Julie tardó en darse cuenta.

Dado este escenario, el siguiente momento importante de su vida es cuando se introduce al relato la figura de Lord Grenville (quien era médico), personaje que estaba enamorado de Madame d’Aiglemont desde hacía buen tiempo, pero nunca había sido digno siquiera de una mirada suya. Este conoció a su marido debido a cuestiones de política y, en un momento, decidió ofrecerle ayuda para curar a su mujer, puesto que se atribuía que, según su comportamiento y su semblante, debía tener una seria enfermedad. Julie también aceptó.

Reconozco que en este punto esperaba encontrar, tal vez, algún cambio en la mentalidad de Julie que la llevara a tener un amorío con Lord Grenville, pues a estas alturas de la historia se notan los constantes dilemas morales que tiene la protagonista frente a lo que la sociedad exige de la mujer en contraposición a lo que ella misma quiere. Pero no fue así. Julie permaneció fiel a su matrimonio (no se puede decir que haya sido fiel a su marido) sólo por el influjo de las convenciones sociales. No pasó absolutamente nada entre ellos, aunque ambos se profesaban un amor inmenso.

Así, al ver el peligro que conllevaba el estar cerca de su amado, decidió separarse de él. Le dijo que nunca más volviera a verla, pero que se llevara la seguridad de que le sería fiel, pues ella no correspondía a su marido en ningún modo, esto a pesar de que a los ojos de la sociedad se comportara como una buena mujer e, incluso, gracias a ella su esposo hubiere llegado a alcanzar la fortuna que tuvo. Ese mismo orgullo la llevó a salir a flote en ese momento.

“Entonces resolvió luchar con su rival, mostrarse ante la sociedad, brillar en ella, fingir un amor por su marido que ya no podía sentir, seducirlo; después, cuando lo hubiera sometido a su poder mediante estos artificios, ser coqueta con él, tal como esas amantes caprichosas que se complacen en torturar a sus enamorados. Aquel odioso manejo era el único remedio posible para sus males. Así se haría dueña de sus sufrimientos, los ordenaría a su gusto, y los haría más escasos subyugando a su marido, domándolo bajo un despotismo terrible. No tuvo ya ningún remordimiento en imponerle una vida difícil”.

En este punto había, tal vez, alguna esperanza para Julie, quien, además, tuvo una hija llamada Helene. Pero no tardó en deshacerse ese leve atisbo de felicidad. Hubo un desgraciado acontecimiento en el que Lord Grenville, a pesar de la advertencia de Julie, volvió a verla, y ese fue el último día de la vida de su enamorado, pues este, por salvar su honor, se escondió fuera del tocador de Julie y amaneció sin vida. Víctor nunca supo lo que sucedió. Y sí, durante buena parte de la novela uno se hace a la idea de que es un hombre bastante torpe.

Luego de la muerte de su amor, Julie se aisló en una propiedad sola con su hija y su estado de salud decayó nuevamente, por obvias razones. Considero este uno de los momentos más importantes del relato, pues aquí Julie se cuestiona nuevamente su moral y aquella extraña costumbre de seguir las leyes de la sociedad, pero, adicionalmente, inicia su aversión hacia su propia hija, pues ella era consciente de que uno de los motivos para no haber cedido a escaparse con Grenville era su papel como madre. La vida de Julie se tiñe de negro.

“El grande, el verdadero dolor, sería pues un mal lo bastante mortífero para abrazar a un tiempo el pasado, el presente y el futuro, no dejar entera ninguna parte de la vida, desnaturalizar el pensamiento para siempre, inscribirse inalterablemente en los labios y la frente, aflojar o romper los resortes del placer, poniendo en el alma un principio de desagrado por cualquier cosa de este mundo (…)

Aunque se sentía joven, la masa de sus días sin gozo le caía sobre el alma, se la aplastaba, y la envejecía antes de tiempo. Con un grito de desesperación, preguntaba al mundo qué le daba a cambio del amor que la había ayudado a vivir y que había perdido”.

Aquí incluso hay un relato de cómo un sacerdote trató de convencerla para convertirse a la religión, sin éxito alguno al considerar que no había esperanza en un sujeto como ella, a quien siempre se retrató como una mujer muy racional y objetiva, consciente del destino y de la sociedad en la que se desenvolvía.

Durante esta época conoció a otro hombre, tal vez su segundo amor, el diplomático Vandenesse, quien estaba absolutamente asombrado de ella y la amó conociendo su pasado, su constante sentimiento de culpa y esa viveza mental que poseía a pesar de las circunstancias.

Según se entiende, tuvo un hijo de Vandenesse. Aquí llega otro momento importante en la novela, pues es cuando Balzac introduce a la historia la importancia de los treinta años en una mujer. Destina varias hojas a hacer una descripción muy precisa de esto, pero puedo resumirlo burdamente al decir que, en su concepto, la mujer antes de los 30 es inocente e inexperta, y así tiene ciertos encantos en correspondencia con esta etapa, en la que apenas vislumbra una mínima parte de la vida. Mas una vez superada esta edad, se está ante una mujer que tiene experiencia, que ya ha aprendido muchas cosas con el matrimonio, que ya no idealiza, que ve la vida desde una perspectiva muy particular según lo vivido y que tiene lo suficiente para formarse un concepto del mundo y de la vida, lo cual la hace particularmente vivaz y complementa su belleza, esto a pesar del paso de los años.

Aquí se ve a una Julie feliz, plena y enamorada. Y aparece en escena Helene, una niña de unos 7 años que, por el contrario, parece muy desdichada. Tiene un hermano al que envidia debido a que su madre le prefiere (evidentemente, al ser hijo del ser amado). Y en una salida al campo se presenta un acontecimiento que marcará la vida de las dos mujeres: Helene empuja a su hermano menor y, sin intención, le lanza por una pendiente y cae a un río, donde se ahoga y muere.

La historia tiene entonces un vuelco y aquí se da más protagonismo a Helene. La aversión que su madre tenía hacia ella se incrementó y, según parece, se volvió sumamente fría y dura con ella. Es entonces cuando se ve desfigurado ese carácter tan firme y tan correcto con el que se había presentado anteriormente, pues, si bien el relato se paraliza durante varios años, solo queda al lector el trabajo de deducción.

Es como si sólo Julie hubiera vivido por norma y se hubiera dedicado (tal vez inconscientemente) a odiar a su hija, pues su presencia le recordaba los peores momentos de su vida. Y fue así como, debido al cruel trato prodigado por su madre, Helene vivió en una terrible depresión y odiándose a sí misma. Viene una época de alguna “normalidad” que no se relata, pero se entiende que Julie tuvo tres hijos más con su esposo.

Se narra un acontecimiento en el que un hombre joven entra a casa de la familia a pedir asilo, esto luego de haber asesinado a un sujeto de renombre. Al enterarse (máximo una hora después), Víctor se dispone a despedirlo inmediatamente de su casa, pero Helene expresa su deseo de irse con él, pues esto sería al menos mejor que la muerte que quería darse en ese momento. Y así sucedió, pues partió con él y no lograron encontrarla, aunque Víctor se percató de que su madre había tenido alguna extraña influencia en todo lo sucedido durante esa velada (no entraré en detalles).

Años después, debido a los extraños saltos que da la vida, Víctor se fue a recuperar su fortuna (sí, la perdió, junto con la de su mujer) en viajes en barco hacia Latinoamérica. En un intempestivo encuentro en el que casi muere a manos de la tripulación de otro barco, se encuentra sorpresivamente con que el capitán de este era el “raptor” de su hija Helene, quien le perdonó la vida y le llevó con su hija, quien había viajado con él durante todos aquellos años y que, efectivamente, tenía todos los lujos que cualquiera pudiera imaginar, además de felicidad y cuatro preciosos hijitos.

Entonces aquí el lector apresurado diría: “¡oh, pues al menos alguien ha tenido un final feliz!” Pero recordemos que la historia puede cambiar su tinte en una página, que fue lo que aquí sucedió. El barco donde navegaban Helene y su familia naufragó, y sólo ella pudo escapar con un hijo de brazos. Llegó en un terrible estado a una posada donde, también casualmente, se encontró con su madre. Fue imposible salvarles y fue así como Julie vio morir a Helene, su primera hija.

Pero las desgracias para Julie no paran. Muere su esposo y otros dos hijos suyos, quedándole sólo su hija menor, Moïna, a quien se pinta como una niña mimada y voluntariosa. Siendo Moïna su única esperanza, esta le da todo el dinero que posee para su dote y logra casarla con un hombre bien acomodado.

Pero las cosas no funcionan bien, y aquí se marca otra etapa fundamental en la vida de Julie: su vejez. Con apenas cincuenta años, aparenta tener muchos más. Carga con todos los pesares del pasado, con todas aquellas decisiones que no fueron bien tomadas, con su afán por cumplir siempre las normas de la sociedad y demás. Y ahora suma a su larga lista de penas el rechazo y los malos tratos de Moïna (que siempre los recibió con la cabeza baja, incapaz de corregirle o llevarle la contraria en ningún aspecto, llegando incluso a temerle), además de su preocupación al ver que su comportamiento no estaba siendo el adecuado para una dama de su nivel (aparentemente, tenía un amorío justamente con un hijo de M. de Vandenesse).

Y fue así como, luego de una discusión con su hija, el impacto que esta tuvo sobre su estado ya tan alterado le provocó la muerte. Creo que, después de todo este hilo de angustias, se demoró bastante en ceder a su petición.

Balzac's statue in the Cimetière du Père-Lachaise 
(Coyau / Wikimedia Commons)
Es clave tener en cuenta que Julie siempre se arrepintió de no haber obedecido a su padre, pues fue quien le advirtió de no contraer matrimonio con Víctor. Y también es básico reconocer que la existencia de Helene, su primera hija, siempre fue un elemento que ella tomó como disruptivo, pues no la separaba de las continuas desgracias que le acaecían. No sé si entendible sea o no, pues no soy madre, pero hay que prestarle mucha atención a lo fundamental que resulta el significado y la vivencia de la maternidad en el desarrollo de toda la historia.

Y me despido con un fragmento de esta novela y que encaja perfectamente en la mayoría de obras de Balzac (casi siempre al final se dan este tipo de referencias):


“Entre estos dos corazones, hay un solo juez posible. ¡Y este juez es Dios! Dios, que suele depositar su venganza en el seno de las familias, y usa eternamente a los hijos contra las madres, a los padres contra los hijos, a los pueblos contra los reyes, a los príncipes contra las naciones, a todo contra todo; substituyendo en el mundo moral los sentimientos por los sentimientos, tal como las hojas jóvenes empujan a las viejas en primavera; actuando con vistas a un orden inmutable, con un objetivo que sólo Él conoce. Sin duda, todo va a parar a su seno, o mejor aún, a él regresa”.

© K. Sánchez (24/09/21)

Cuando la fantasía sabotea la realidad (reseña del libro Madame Bovary)

Una de mis últimas lecturas, la cual tenía pendiente desde hacía muchos años ya (desde que estaba en el colegio, para ser sincera), me estaba martillando la cabeza desde el año pasado nuevamente porque, como dije en un post anterior, inicié con un ciclo de ‘chicas malas’, en el cual he leído La dama de las camelias, Manon Lescaut, Trilby y ahora, indefectiblemente, tenía que leer esta obra por las referencias que tenía de la Madame que aquí se presenta.

Imagen tomada de Flick.
Madame Bovary es una obra de Gustave Flaubert (tengo entendido que la más conocida junto con ‘La educación sentimental’), escrita a mediados del siglo XIX. Además me iba muy bien porque tengo cierta fijación excesiva con los franceses de la época y el realismo, siendo asidua lectora de Balzac, enamorada de Stendhal y con lecturas recientes de Charles Nodier, por ejemplo.

He leído algunas fuentes en la web en las que dicen que el personaje de Emma Bovary estuvo basado en determinadas mujeres (o probablemente, digo yo, en una mezcla de todas) que se relacionaron con el autor. En lo personal, el contenido de este artículo me pareció sumamente ilustrativo a ese respecto.

Si vas a leer el libro 😍:

No voy a cometer la canallada que hizo el personaje que escribió la introducción de la versión que leí, porque, desgraciadamente, decía lo que iba a pasar al final (fue como una cuchillada, en realidad). En resumen (resumen sin spoilers), Madame Bovary es una chica llamada Emma que contrae matrimonio con un médico llamado Charles Bovary, quien, según parece, es un hombre bastante simple, sonso y falto de carácter.

Por el contrario, Emma era una mujer de ideales bastante altos, quien fantaseaba con la vida de la alta sociedad en París, con los romances de las novelas de la época. También muy instruida e inteligente, así como atractiva. Después de casarse, no tarda mucho tiempo en reconocer su enorme insatisfacción, pues el matrimonio no es lo que ella había imaginado. Desde ese momento empiezan sus aventuras (eres libre de tomar el término como mejor te convenga y seguramente no vas a malinterpretarlo), pero ese sentimiento de hastío e inconformidad nunca llega a desaparecer, provocándole cada vez mayores decepciones.

Nos encontramos en esta historia con una personalidad femenina bastante curiosa, apasionada e intensa, sumamente memorable para cualquier lector, pues escapa totalmente de lo que uno esperaría de una mujer en el siglo XIX.

Si no vas a leer el libro 🙉:

Seguramente ya leíste el párrafo anterior. Pues bien, no puedo dejar pasar el hecho de que me gustó bastante la manera en la que inició el libro, pues se narra una anécdota de Charles Bovary en el salón de clases, un joven que va a la escuela por primera vez, y de allí se parte para hablar de sus padres (curiosa la figura del señor Bovary, a quien se pinta como un borracho, insensible y de escasa moral) y de cómo resultó siendo médico, después de haber tenido varios altibajos en el proceso.

Tal como lo dije anteriormente, no queda duda de que el tipo era bastante sonso y simplón, sin grandes aspiraciones y de un carácter sumamente endeble. Su primer matrimonio fue con una mujer mucho mayor que él, quien, a pesar de no resultarle atractiva en ningún sentido, resolvió casarse con ella por consejo, pues se decía que era una mujer adinerada. Vivió buen tiempo bajo el yugo de esa relación sin gota de satisfacción, pero, de algún modo, la quería (probablemente, digo yo, por la estabilidad que le proporcionaba, porque era una relación absolutamente plana en su amargura):

“Cuando todo hubo acabado en el cementerio, Charles volvió a casa. No encontró a nadie abajo; subió al primer piso, al dormitorio, vio su vestido que seguía colgado al pie de la trasalcoba; entonces, apoyándose en el secreter, permaneció hasta la noche sumido en una dolorosa ensoñación. Después de todo, le había querido”.

Como era médico en un pueblo, tenía que viajar con frecuencia a visitar a los enfermos que le requirieren. Así fue a parar un día a la hacienda en la que vivía el señor Rouault, viudo, con su hija, Emma, quien logró captar su interés. Así, de algún modo, lograron atraerse lo suficiente y, luego de la muerte de la primera esposa de Bovary, no pasó mucho tiempo hasta que Charles pidió su mano. Emma había fantaseado mucho tiempo con el matrimonio y con el amor de su vida (tal como sucedía en las novelas que venía leyendo desde que estaba en el instituto, historias con las que fantaseaba constantemente), por lo cual acogió la idea de muy buena manera.

En estos primeros meses de matrimonio, hubo una ocasión en la que la pareja fue invitada a una fiesta en el castillo de un personaje muy influyente. Emma quedó ENCANTADA con todo aquello (¡era justo como lo había leído en las novelas!), a pesar de que se puede ver en la narración de este episodio que, obviamente, ella no era una mujer de sociedad (aunque se rescataba su gusto para vestir y su esbeltez):

“Se suscribió a La Corbeille, revista para mujeres, y al Sylphe des Salons. Devoraba, sin saltarse nada, todas las reseñas de estrenos de teatro, carreras y fiestas de sociedad, se interesaba por el debut de una cantante, por la apertura de una tienda. Estaba al tanto de las modas nuevas, de la dirección de los buenos sastres, de los días de Bois o de Ópera. Estudió en Eugène Sue las descripciones de mobiliario; leyó a Balzac y a George Sand buscando satisfacciones imaginarias a sus apetencias íntimas. Llevaba el libro incluso a la mesa y pasaba las hojas mientras Charles comía y le hablaba”.

Después de este momento, Emma no pudo volver a ser una esposa conforme. Admitió que había sido demasiado estúpida al haber aceptado casarse con Bovary, y sus fantasías con los lujos, los romances apasionados y la vida parisina se avivaron como nunca. Por su parte, Bovary era cada día más feliz con ella, pues el sólo hecho de contemplarla para él era ya como haber logrado todos los sueños de su vida. Para ser más ilustrativa cito los siguientes párrafos, el primero relativo a los sentimientos de Charles y el segundo a los de Emma:

“No podía resistirse al deseo de acariciar continuamente su peine, sus sortijas, su chal; a veces le daba sonoros besos en las mejillas, o besitos en hilera por todo su brazo desnudo, desde la punta de los dedos hasta el hombro; y ella lo rechazaba entre risueña y enfadada, como se hace con un niño que se te cuelga encima.

Antes de casarse, ella había creído estar enamorada; pero, como la dicha que debía resultar de ese amor no llegó, pensaba que tenía que haberse equivocado. Intentaba saber qué se entendía exactamente en la vida por las palabras felicidad, pasión y ebriedad, que tan hermosas le habían parecido en los libros”.

En este punto, Bovary decide cambiarse de casa para complacer a Emma, a quien veía muy meditabunda e irritable la mayor parte del tiempo. Así, llegaron a un pueblo llamado Yonville, guiado el médico esencialmente por Homais, un farmacéutico que requería de su sombra para poder ocultar algunos movimientos políticamente incorrectos (por no decir ilegales) que había realizado con anterioridad, cuyo carácter ambicioso y egocéntrico tiene mucha influencia en el desarrollo de la historia, aunque no ahondaré en ello.

Importante aquí el hecho de que Emma llegó embarazada a Yonville, lo cual no cambió en absoluto su modo de ver la vida, ni fortaleció de ninguna forma la relación de pareja. Incluso, se puede ver cómo siempre rechazó a su hija (a quien nombró Berthe por haber sido un nombre que oyó en la fiesta a la que acudió en el castillo) ni tuvo ningún miramiento con ella.

Pasado el tiempo, empezó a tener una relación muy estrecha con un joven estudiante de Derecho llamado León, pero nunca se atrevió a decirle absolutamente nada, y cuando León le dijo cuánto la amaba, ella lo rechazó sin ninguna pena. Es curioso, porque a pesar de la manera en la que se describía su mente, llena de deseos de tener un apasionado romance y de soñar con él, no dio ni la más mínima pista sobre sus emociones al respecto, sino que se dedicó a sentir intensamente su dolor por estar enamorada de otro hombre, lo cual se confundía indefinidamente con un hastío que era muy típico en su modo de ver la vida.

“Lo que la exasperaba era que Charles no parecía sospechar su suplicio. La convicción que su marido abrigaba de hacerla feliz le parecía un insulto estúpido, y su seguridad en ese punto, ingratitud. ¿Para quién era honrada? ¿No era él el obstáculo a toda felicidad, la causa de toda miseria, y como el puntiagudo hebijón de aquella compleja correa que la ataba por todas partes?”.

Pero, finalmente, al no recibir ninguna respuesta favorable por parte de Emma, León desesperó con la situación y abandonó Yonville. En este momento Emma empezó a decaer, cosa que Bovary, desde ese entonces, estuvo seguro de que su mujer tenía algún tipo de trastorno del sistema nervioso. En mi concepto, Emma tenía ciertas fluctuaciones particulares que se veían motivadas según las influencias directas que considerara más novelescas. Pasaba por periodos de ira incontrolable, luego era sumisa y trataba de ser una buena mujer, luego volvía a recordar la frustración que le generaba su matrimonio y su vida (tan alejada del real lujo de París), y así, sucesivamente.

Aquí aparece otra figura fundamental en la vida de Emma: Rodolphe, un hacendado del pueblo que llegó a ser su primer amante. También me pareció muy interesante la narración del momento en que logró seducirla, pues ella hizo un enorme esfuerzo, primero, por evitar que se diera la situación en que estuvieran solos y, segundo, para resistirse a sus encantos. Así, no se podría decir que Emma fuera una mujer abiertamente malintencionada, pues aparentemente trató de respetar su matrimonio (independientemente de que no la hiciera feliz). Pero, finalmente, cayó y empezó un romance que le devolvió toda aquella ‘chispa vital’ que tanto había deseado, acrecentando, a su vez, el desprecio que sentía por su esposo.

Después de varios años de romance intenso con Rodolphe y con cero sospechas por parte de Bovary (esta otra característica muy típica de él: nunca llegó a dudar de su esposa), se empezó a develar otro rasgo particular de Emma: se enamoró profundamente de su amante y tenía conductas mediante las cuales se podía ver que quería ‘tenerlo sólo para ella’, lo cual era ciertamente molesto para Rodolphe, quien desde el principio la había querido sólo para un romance carnal. A propósito cito el siguiente fragmento, de una conversación entre ambos:

“Además, tenía ideas raras.

—Cuando den las doce de la noche —le decía—, ¡tienes que pensar en mí!

Y si él confesaba que no lo había hecho, le hacía abundantes reproches que siempre terminaban con la eterna pregunta:

—¿Me quieres?

—¡Pues claro que te quiero! —respondía él.

—¿Mucho?

—¡Desde luego!

—¿Y no has querido a otras, verdad?

—¿Crees que era virgen cuando me conociste? —exclamaba él riendo.

Emma lloraba, y él se esforzaba por consolarla, adornando con bromas sus protestas de amor”.

Se complica aquí el asunto cuando Emma le pide a Rodolphe que se escapen. Existía un inconveniente: la pequeña Berthe. Pues Emma decidió que la llevarían con ellos. Y bien, hicieron el plan respectivo y fijaron la fecha y el modus operandi. Pero claro, hay que reconocer que uno como lector se aterra al pensar que Rodolphe estuviera dispuesto a perder así su soltería, pero la respuesta a esto se da la mañana del día en el que planearon el escape: él le envía una carta en la que le dice que no puede hacerlo, y se pierde durante un tiempo.

Cuando Emma lee la carta, el mundo se le viene abajo. Incluso estuvo a punto de lanzarse desde el último piso. Aquí se ya demasiado hace evidente que Madame Bovary tenía un fuerte trastorno de la personalidad. Esa constante insatisfacción, esos cambios frecuentes en su misma rutina, ese afán por llenar su vida con todo aquello que ella deseaba, a pesar de que su realidad no era suficiente para obtenerlo; esa emocionalidad tan fuertemente arraigada que la llevaba a vivir con tanta intensidad, el estar cerca del suicidio cuando ve frustrados sus planes, sus afectos desbordados y su carencia de empatía, que se ve enmarcada por su enorme egoísmo, no me muestran más que a una mujer que vivía más de la fantasía que de la realidad, y muy tendiente a la insatisfacción (invito al lector a referirse al concepto de “bovarismo” en psicología):

“Se había apoyado contra el marco de la buhardilla, y releía la carta con risitas de rabia. Pero cuanto más fijaba su atención en ella, más se confundían sus ideas. Volvía a verle, le oía, le rodeaba con sus brazos; y los latidos del corazón, que la golpeaban bajo el pecho como fuertes golpes de ariete, se aceleraban uno tras otro, a intervalos desiguales. Paseaba los ojos a su alrededor deseando que la tierra se hundiera a sus pies. ¿Por qué no acabar? ¿Quién la retenía ya? Era libre. Y avanzó, miró los adoquines diciéndose: «¡Vamos! ¡Vamos!»”.

A pesar de que he leído varias reseñas en las que el enfoque es el carácter revolucionario de Emma por atreverse a soñar en grande y a salir del típico rol de la mujer, en mi opinión no lo encuentro orientado por esta parte, ya que veo la novela como una obra que se refiere más a un retrato del mundo interior que como a un sujeto valiente, atrevido o ejemplar (como sí se puede decir de Trilby, quien, efectivamente, sí puedo decir que se salía de lo convencional y puede calificarse como un buen ejemplo de liberación femenina para la época, a pesar del desenfreno con el que vivió en cierta época y de su carácter ciertamente servil). Yo veo a Emma más como una víctima de sus propias circunstancias.

Continuando con la narración, Emma cayó en una depresión muy fuerte cuando Rodolphe la abandonó. A partir de ello, cuando empezó a recuperarse, tuvo otro giro interesante porque trató de ceñirse ahora a la religión para hallar consuelo, y así mismo su carácter se suavizó y tendió a la abnegación y un poco a la austeridad. Pero fue un mundo que no logró encantarla lo suficiente. No duró mucho tiempo en esta onda hasta que volvió a desear el mundo maravilloso de las novelas que frecuentaba.

En su intento por levantar su ánimo, Bovary decidió llevarla al teatro, y allí se encontraron justamente con León. Esto dio pie para que, finalmente, terminaran teniendo un romance muy intenso (la constante para Emma). Para mantenerlo, Emma tuvo que mentir bastante y, además, meterse en problemas de dinero (pues para mantener un romance en París era necesario tener un armario acorde, viajar constantemente y, para que el espíritu se mantuviera, tener una casa llena de cada lujo de vanguardia), pues, mediante manipulaciones, logró administrar los bienes de su esposo, quien nunca sospechó de su carácter dilapidador a pesar de lo evidente que pueda parecer para uno como lector.

Pero pasado un tiempo se cansó de León. Después de una discusión por un encuentro desafortunado, Emma dejó de quererlo de la misma manera, y sus sentimientos hacia él cambiaban continuamente. Por su parte, León perdió totalmente el interés en ella. Hasta que, en uno de esos tempestuosos días, al regresar a París recibió una orden de embargo dictada por la autoridad judicial. Todo iba, como se dice, “de mal en peor”. Sus continuos sinsabores se multiplicaban y no paraban de abrumarla sus altas expectativas, que cada vez eran sólo fantasías totalmente frustradas por la realidad, porque Madame Bovary nunca aprendió a soñar del modo correcto:

“¡Qué importaba! No era feliz, no lo había sido nunca. ¿De dónde venía aquella insuficiencia de la vida, aquella podredumbre instantánea de las cosas en que se apoyaba? Pero si en alguna parte había un ser fuerte y bello, una naturaleza valerosa, plena a un tiempo de exaltación y de refinamientos, un corazón de poeta bajo una forma de ángel, lira de cuerdas de bronce que tocara hacia el cielo epitalamios elegiacos, ¿por qué no había de encontrarlo ella por azar? ¡Oh, qué imposible todo!

Además, nada valía el esfuerzo de una búsqueda; ¡todo mentía! Cada sonrisa ocultaba un bostezo de aburrimiento, cada alegría una maldición, todo placer su hastío, y los mejores besos no dejaban en los labios más que un irrealizable anhelo de una voluptuosidad más alta”.

Decidió pedir dinero a León en su próxima visita a París, pero en vista de que no tenía la intención de conseguirlo para ella (obviamente no lo tenía), se enojó de tal manera que decidió no volver a verlo (cosa que a él no le importó mucho, ya que no mucho tiempo después resultó casado con otra mujer). Al regresar a Yonville, incluso trató de pedir dinero a un hombre rico, quien sólo trató de obtener favores sexuales de ella sin tener éxito. Más indignada aún, tuvo que recurrir a un último recurso: pedirle dinero a Rodolphe, su primer amante.

Evidentemente tuvo una respuesta negativa. Y la cuestión es que, después de esta última humillación (ella, acostumbrada siempre a obtener lo que quería de modo sencillo), fue directamente a la casa de Homais, el farmacéútico, y chantajeando a su criado tuvo acceso a un pequeño recipiente de arsénico. Una vez lo consumió, su agonía duró largo tiempo y, a la vez, inició la de su esposo.

La morte de Madame Bovary - Imagen de ©SuperStock/Leemage

El pobre hombre, realmente, empezó a morir lentamente. Además de haber perdido a su mujer amada, estaba arruinado, había dejado de trabajar y había perdido contacto con su madre y con todo el mundo. Para completar su desgracia, este hombre, que nunca se había atrevido a dudar dee la fidelidad de su mujer, descubrió las cartas que se había escrito con León y el mismo retrato de Rodolphe, aunque esto no le sorprendió del todo (muy propio de un carácter tan débil), y, según mi impresión, hasta lo justificó:

“(…) hubo un instante incluso en que Charles, lleno de una furia sombría, clavó sus ojos en Rodolphe, quien, en una especie de espanto, se interrumpió. Pero no tardó en reaparecer la misma lasitud fúnebre en su rostro.

—No le guardo rencor —dijo.

Rodolphe había enmudecido. Y Charles, con la cabeza entre las manos, repitió con voz apagada y con el acento resignado de los dolores infinitos:

—¡No, ya no le guardo rencor!

Y añadió incluso una gran frase, la única que jamás dijera:

—¡La culpa es de la fatalidad!”

Así, esta suma de desgracias le llevó a morir también, aunque no se precisan suficientes detalles. Berthe lo encontró muerto.

Y bien, la cereza en el pastel es que el dichoso Homais se salió con la suya y todas sus canalladas le ayudaron a ser un hombre famoso y de buena reputación, a pesar de sus métodos poco éticos. Y, claro, Lhereux (patrocinador de la ruina de los Bovary, conocedor del punto débil de Emma, a quien no mencioné anteriormente) también obtuvo una buena tajada de la desgracia de estos sujetos. A pesar de que este modo de narración está diametralmente alejado del de Balzac, puedo decir, alegremente, que sus finales sí van por la misma línea: la cruda realidad y los finales que no son tan bonitos.

Y a propósito del tema de la redacción y demás que no he tocado por haberme embelesado narrando la historia, tengo que admitir que desde que comencé a leer el libro me resultó muy acogedor. Es fácil quedarse leyendo largo rato y no sentir agotamiento mientras se contextualiza la historia, lo cual me resulta muy llamativo. Es una lectura que, si bien no tiene excesiva finura y tiene bastantes anotaciones críticas, resulta muy suave, en general, y el enfoque en general está en Emma y en su propia perspectiva (que es interesantísima en todos los aspectos, lo cual hace que sea un personaje de lo más pintoresco y memorable), así que no hay que olvidar “ponerse en los zapatos” de los demás personajes para encontrar una lectura mucho más enriquecedora.

© K. Sánchez (12/04/21).

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