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La inherente miseria humana y el papel de la fatalidad – Reseña de “El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes”, de Tatiana Tibuleac

Esta lectura (de Tatiana Țîbuleac, novela escrita en 2016) tiene mezcladas una buena cantidad de cosas complicadas y súper. Ofrece, además de una extensión amable para el lector curioso, un lenguaje lo suficientemente asequible y que, sin lugar a dudas, refleja con suficiencia el vacío, la ira y la frustración que irradia el protagonista de la historia, quien, a pesar de su apariencia de tremenda simplicidad emocional, no deja de expresar a través de sus experiencias y su explosivo comportamiento, un universo interior con el que, hasta cierto punto, puede uno llegar a identificarse en una que otra ocasión.

¿Es acaso posible sentir empatía por un sujeto que, en medio de su narración descarnada, admite sin ningún tipo de vergüenza odiar a su madre? Yo logré sentirla. Es un personaje que se vuelve versátil a pesar de la poca empatía que puede llegar a generar. Un sujeto que, además de sus problemas mentales, pasa justamente por la adolescencia, y que está convencido de que “(…) los seres humanos están enfermos y podridos y lo saben, pero fingen solo por miedo estar sanos y ser buenos. Y porque así es más fácil”. Con esas condiciones, no resulta posible ni deseable frenar ningún ataque de ira, ni pensar en sus consecuencias.

Tomada de Pixabay. Modificada.
A propósito de los episodios traumáticos que puedan marcar la existencia de cada cual y que, sucedidos en la niñez, generen cierto tipo de condiciones que puedan afectar el funcionamiento medianamente normal de la mente humana (si esta es una clasificación prudente), estos pueden encontrarse como una justificación del actuar y de la personalidad de nuestro “héroe”.

Y no me molesta calificarlo como héroe, y le quito las comillas a partir de ahora, porque son perceptibles sus transformaciones a lo largo del verano que presenta la autora. Un pequeño lapso en el que uno logra sentirse lo suficientemente incómodo por la presencia de ese héroe maltrecho, desventurado y excesivamente humano como para aceptar todos sus sentimientos sin necesidad de ocultarlos (a pesar de que, seguramente, esto no represente ningún mérito).

Y ahora, ¿de dónde aquella idea de la inherente miseria del ser humano? ¿Por qué eso tiene alguna relación con la fatalidad, y qué tan estrecha es la misma? Fuera de nuestro control siempre estarán muchos factores. Pero es inevitable que aquellas personalidades afectadas por alguna íntima desgracia, en algún momento de su vida, se pregunten “qué hubiera pasado si…”:

“(…) Allí, en la barriga, mi abuela recuperaba la vista. Mika estaba viva y yo sonreía. Mi padre era Pavel-el-de-los-ojos-azules, y mi madre trabajaba como profesora de Biología, como rezaba su diploma. La barriga de matrioska de la abuela era nuestra verdadera vida, y lo que nos había sucedido fuera de ella no era sino un mal sueño del que solo podíamos despertar muertos”.

Algunos de esos factores, en ocasiones, pueden depender enteramente de nosotros mismos, así como otros pueden estar alejados de ello, lo cual no implica que aquello a lo que llamamos “culpa” se inmiscuya en cualquier momento, como una respuesta evidente, quizás, ante situaciones desastrosas o de pérdida, que impliquen inmenso dolor y cierta sensación de injusticia o sabotaje en contra nuestra, como protagonistas de nuestra propia existencia.

Es común ver cómo hay personas que argumentan, de este modo, la inexistencia de un dios, porque, si algún ser omnipotente existiera, la desgracia y la fatalidad que esta conlleva no tendrían lugar. Si bien nuestro héroe nunca apela al papel del cielo (aunque admite en algún punto haber rezado), tiene muy claro que la vida no es una posesión valiosa, sino todo lo contrario. Es un sujeto que, por medio de nuevas desgracias, se familiariza de maneras diferentes con el entorno, sin que la vida logre menguar el destino al que estuvo llamado desde que su niñez. Y está totalmente convencido de su suerte.

“Ni amado, ni deseado, ni desechable, una especie de lámpara en forma de tulipán en casa de unos ciegos. Un frasco de perfume vacío. Un jarrón de cristal con palomas en la mesa de una muerta. Si hubieran existido mercadillos de personas, mi madre y mi padre me habrían cambiado por un pulverizador o, simplemente, me habrían abandonado debajo de un tenderete y habrían salido corriendo”.

Probablemente un efecto matemático logró que, una desgracia sumada a otra, dieran como resultado, al menos, ciertos sucesos afortunados. Es difícil imaginar, para quien no ha pasado por ello, la carga emocional y el telón oscuro que se abre al momento de lidiar con la enfermedad de una persona cercana (independientemente de lo querida que sea para nosotros) y su subsiguiente desahucio. Se dice que nunca se está debidamente preparado para aceptar los designios de la muerte. Y justo allí reside el corazón de esta lectura, porque es cuando nuestro héroe se percata de que él sí tiene un corazón, y uno muy sintiente, a pesar de que ello no tenga mucha relevancia.

“A veces, cuando pienso en la muerte y me pregunto qué pasa con las personas después, a continuación, al final… los recuerdos son mi respuesta. El paraíso —para mí al menos— significaría vivir una y otra vez aquellos pocos días como si fuera la primera vez. Y que Dios o algún ángel menos ocupado mantuvieran mis ficheros en repeat. Siempre he sabido que voy a ir al cielo porque pido poco y no necesito que nadie me atienda”.

Ahora, no dejo de lado las enormes referencias simbólicas que tiene este libro y la belleza de narración de la que está impregnado hasta la médula, a pesar de esa coraza tan densa que conforma la historia y a los personajes. El girasol, la bicicleta, Moira (y el significado de su nombre), la pintura, los pentágonos, las ferias del pueblo, la bañera, las salchichas y la cerveza, y lo que oculta el fondo de unos ojitos verdes:

“Los ojos de mi madre eran un despropósito.

Los ojos de mi madre eran los restos de una madre guapa.

Los ojos de mi madre lloraban hacia dentro.

Los ojos de mi madre eran el deseo de una ciega cumplido por el sol.

Los ojos de mi madre eran campos de tallos rotos.

Los ojos de mi madre eran mis historias no contadas.

Los ojos de mi madre eran las ventanas de un submarino de esmeralda.

Los ojos de mi madre eran conchas despuntadas en los árboles.

Los ojos de mi madre eran cicatrices en el rostro del verano.

Los ojos de mi madre eran brotes a la espera”.

© K. Sánchez (18/04/23)

¿Es destino o es decisión? – Reseña de “Una cuestión personal” de Kenzaburō Ōe

Introducción breve: Kenzaburō Ōe es un escritor japonés que ganó el nobel de literatura en el año 1994. Vamos ahora con el fondo del asunto, frente a lo cual sólo considero pertinente agregar que los acontecimientos aquí narrados provienen de situaciones personales que hicieron parte de la vida real del autor, esto con el nacimiento de su hijo, Hikari Oe, quien, a pesar de su discapacidad, se convirtió en compositor musical. Otras de sus obras también giran alrededor de este particular.

Es así como esta narración, publicada en 1964, parte de una situación que lleva al protagonista, a quien se le conoce como “Bird”, a replantearse toda su existencia, su sentido y su permanencia en la misma. Me permito hacer el adelanto porque no se pierde nada con ello: su esposa acaba de dar a luz a un hijo con una tremenda deformidad en la cabeza. Así, desde el principio, sale a relucir el hilo conductor de los sucesos, y este hace referencia a la manera en la que el individuo asume las condiciones complejas a las que se ve enfrentado en ciertos momentos de su vida.

Es curioso ver cómo el ser humano, dependiendo de sus debilidades, de sus costumbres, de su cultura y de su historia personal, entre otros, define sus propios métodos autodestructivo (unos más evidentes que otros, quizás). Es curioso explorar, a través de otros ojos, la importancia que tiene para cada cual los distintos ámbitos de la vida y las percepciones de los principios y la moral.

A propósito, este libro, además de captar de manera muy sincera una relación compleja con el alcohol, transmite una impresión muy clara acerca de la sensación que puede sentirse cuando, después de evitarlo, se vuelve a caer en la espiral y se teme inmensamente al resultado. Y más que eso, quedé tremendamente satisfecha al haberme encontrado aquí la mejor descripción de una resaca bastante bochornosa (así como en “Confesiones de una máscara” encontré la mejor descripción de una escena de masturbación), tanto así que puede uno sentirla en carne propia, junto con todo el dolor y la miseria que se puede llegar a sentir en esas ocasiones.

“Cuatro semanas más tarde, Bird se recuperó de una dolorosa borrachera de setecientas horas y descubrió en sí mismo, desgraciadamente sobrio, la desolación de una ciudad destrozada por la guerra. Era como un débil mental al que solo le quedara una mínima oportunidad de recuperarse, pero tenía que volver a ordenarlo todo, no solo a sí mismo sino también sus relaciones con el mundo exterior.”

No ahondaré en la relación de Bird con el sexo, pero considero que es un elemento importante para captar el sentido de la novela. Traer al discurso en qué momento el sexo puede ser un escape; cuando puede, quizás, tener una relevancia más de carácter moral –debido a la formalidad, y cómo resulta algo, en apariencia tan sencillo, trascender a varios aspectos de la cotidianidad.

De la mano de dichas consideraciones cotidianas que tendemos a normalizar (por el hecho de no sobrepensarlas innecesariamente) se presentan también nuestras ideas de escape –sean o no realizables. Bird, por ejemplo, hablaba constantemente de un viaje a África, el cual podía percibirse como un sueño, así como una fantasía de escape. Finalmente, esta idea fija resultó siendo definitoria en el momento en el que tuvo que tomar una de las decisiones más importantes de su vida, tanto así como para plantearse algunas consideraciones suicidas.

“El marido muerto soy yo, pensó Bird, y el verano que se avecina será fácil de soportar porque el cadáver de un marido muerto está tan helado como un árbol en invierno. Temblando, Bird susurró: «¡Pero yo no me suicidaré!», y se sumergió en las profundidades del sueño.”

Alainauzas, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons
Entre tanto se mueve el centro de la narración, el cual, si bien es la excusa para iniciarla, puede verse como un factor no definitorio. Es el protagonista quien, a partir de su carácter y su individualidad, le da las diferentes tonalidades al universo en el que está viviendo y, finalmente, opta por asumir las consecuencias de sus decisiones. Muy bonita me ha parecido la siguiente comparación que Bird suele hacer para referirse a su hijo:

“Mi hijo tiene la cabeza vendada como Apollinaire cuando fue herido en el campo de batalla. Mi hijo fue herido en un campo de batalla oscuro y silencioso que nunca he visto, como Apollinaire, y ahora grita sin sonidos…

De pronto, Bird comenzó a llorar. La cabeza vendada, como Apollinaire: la imagen simplificó y orientó sus sentimientos. Se dio cuenta de que estaba convirtiéndose en una gelatina sentimental; pero al mismo tiempo se sentía justificado: incluso descubrió cierta dulzura en las lágrimas.

Como Apollinaire, mi hijo fue herido en un campo de batalla oscuro y silencioso que no conozco, y ha llegado con la cabeza vendada. Tendré que enterrarlo como a un soldado muerto en combate.

Bird continuó llorando.”

Como último escenario que pongo a disposición, quiero hacer énfasis en cómo las situaciones exteriores pueden llegar a tener una injerencia incalculable cuando, justamente, se pasa por momentos en los que es difícil captar un sentido único de la realidad. Incluso, percibí el ambiente medianamente surreal en la primera parte del libro, cuando Bird aún no había asumido el shock de la noticia recibida, y el ambiente de hospital, además, evocó en mi la sensación que tuve al leer “Encuentros secretos”, de Kobo Abe.

“—Soy obstetra. En nuestro hospital no hay especialistas en cerebro. Pero los síntomas son clarísimos: una hernia cerebral, sin la menor duda. Desde luego, sabríamos algo más si hubiésemos extraído un poco de líquido espinal de la protuberancia craneal. Pero hay riesgo de perforar el cráneo y entonces sí que habría problemas. Por eso le llevamos al hospital universitario sin tocarlo. Soy obstetra, pero me considero afortunado de haber encontrado un caso así… Espero poder presenciar la autopsia. Dará su consentimiento para la autopsia, ¿no? Probablemente en este momento le apene hablar de autopsia, pero, en fin, mírelo desde este punto de vista: el progreso de la medicina es acumulativo. La autopsia de su hijo puede permitirnos saber lo necesario para salvar al próximo bebé con hernia cerebral. Además, si me permite ser sincero, creo que el bebé estará mejor muerto, y lo mismo le ocurrirá a usted y a su mujer. Algunas personas son extrañamente optimistas en este tipo de casos, pero créame, cuanto antes muera el niño mejor para todos. No lo sé, quizá sea la diferencia de generaciones. Yo nací en 1935. ¿Y usted?”

A su vez, el ambiente de confusión que el autor genera, hace que resulte mucho más sencillo compartir la vulnerabilidad del protagonista, quien, prácticamente, queda anulado por lo desconcertante del asunto, tanto así como para dar la impresión de que se trata de una persona pusilánime, cobarde e indiferente, lo cual va tomando ciertos matices a medida que se avanza en la lectura.

De este modo, puedo asegurar que adentrarse en esta historia resulta curioso para evaluar la propia empatía hacia personas en situaciones de vulnerabilidad, así como la manera en la que solemos actuar ante situaciones que demandan cierta agitación moral y que, a la vez, nos exigen acciones inmediatas. Ser consciente de la debilidad propia, del continuo ciclado de nuestros sentimientos y emociones, y de la manera en la que todo este sustento es básico para un proceso tan interesante como el “tomar una decisión”, puede conllevar una enorme diferencia para que consideremos la existencia de un destino inevitable o el papel de una voluntad que, aunque no necesariamente incólume, sí puede ser debidamente asumida.

© K. Sánchez (23/03/06)

La farsa de la propia identidad (reseña de “Confesiones de una máscara”, de Yukio Mishima)

"Di una mentira mil veces y se convertirá en verdad”, es una frase que se la atribuye a Joseph Göbbels en los albores de la segunda guerra mundial, hecho histórico y frase que, casualmente, me vienen de maravilla para iniciar esta reseña.

Previamente había reseñado ya a Yukio Mishima en una lectura diametralmente distinta. Se trataba de “El rumor del oleaje”, un libro que desbordaba amor, simpleza y tranquilidad. Esta vez la experiencia fue otra con “Confesiones de una máscara”, novela de la cual traigo mi intento de reseña hoy (ahora mis escritos tienen crisis de identidad).

“Confesiones de una máscara” viene con un panorama completamente desolador, cuya atmósfera de ansiedad, confusión e inmoralidad se presenta de modo permanente en una narración en primera persona, en la cual el protagonista nos cuenta, en retrospectiva, la historia de su vida hasta el momento del episodio final (y no, no me refiero a la muerte).

San Sebastiano (oleo sobre lienzo)
de Guido Reni (Italia, 1615).
Me permito hacer algunos spoilers básicos e inofensivos solamente para aumentar curiosidades (y para darle algo de raíces a este texto). Primero, como ya lo había mencionado, el contexto de la narración se da en el marco del Japón de la segunda guerra mundial (hay varias alusiones al malestar social y personal que genera la posibilidad de la bomba atómica, por ejemplo). Hecha esta claridad, el segundo factor que pongo de presente es que, aparentemente, la crisis de identidad de nuestro protagonista está relacionada, en primer grado, con su orientación y sus deseos sexuales.

Así, de entrada, el toque que tiene la narrativa es, en una buena parte, de un carácter erótico que, a pesar de lo explícito, es absolutamente admirable. Tiene, quizás, la mejor (o una de las mejores) descripción de una escena de masturbación que haya leído hasta el momento, a propósito del deleite con la observación de la pieza artística del martirio de San Sebastián.

Si bien esta, a mi parecer, es la pieza fundamental que da pie al desarrollo del pseudo-carácter del protagonista, pongo también como uno de sus pilares cierta apetencia por instintos relacionados con la crueldad y ciertas ansias de superioridad y dominio, relacionadas con el sadismo, que también expresa deliciosamente en algunas ocasiones:

“Conduces a la víctima a una curiosa columna hexagonal, y lo haces llevando oculta, a la espalda, una cuerda. Entonces atas su desnudo cuerpo a la columna, colocándole los brazos por encima de la cabeza. Procuras que ofrezca mucha resistencia y que grite mucho. Das a la víctima una detallada descripción de su próxima muerte, y mantienes en todo momento una extraña e inocente sonrisa en tus labios. Sacas del bolsillo un cuchillo muy afilado, te acercas a tu víctima y le cosquilleas levemente, como acariciándolo, la tensa piel de su pecho con la punta del cuchillo. Da un grito de desesperación y retuerce el cuerpo en un intento de esquivar el cuchillo. Jadea, rugiendo aterrado. Le tiemblan las piernas y sus rodillas entrechocan produciendo un seco sonido. Lentamente introduces el cuchillo en el pecho. (¡Sí, ése es el indignante acto por ti cometido!). La víctima arquea el cuerpo, emite un desolado y desgarrador chillido, y un espasmo estremece los músculos alrededor de la herida. El cuchillo ha sido clavado en la carne estremecida con la misma calma con que hubiera sido enfundado. Salta un chorro de sangre burbujeante, y la sangre sigue manando hacia los suaves muslos de la víctima.”

Digna de tener en cuenta es la dualidad que surge a partir de su sentimiento permanente de culpa en cuanto a su deseo reprimido de dar rienda suelta a sus deseos reales (el cual da paso a llenar el título de la novela, con motivo de la adaptación que debe hacer de su personalidad para mostrarse adecuadamente a la sociedad- y que, de paso, me trae recuerdos del protagonista de “Indigno de ser humano” -mi reseña más visitada). Varias veces hace mención a su cobardía y al deseo de “escape”, al suicidio y temas aledaños, a su permanente sensación de inconformidad con su existencia. Al fin y al cabo, el carácter reflexivo de esta narración es lo que le dota de encanto:

“Fue un doloroso despertar. ¿Por qué tenían que cambiar las cosas? Las preguntas que me había formulado infinitas veces desde la infancia acudieron de nuevo a mis labios. ¿Por qué llevamos todos la carga del deber de destruirlo todo, de cambiarlo todo, de entregarlo todo a la caducidad? ¿Será ese desagradable deber eso que la gente llama vida? ¿O yo soy la única persona para quien es un deber? Por lo menos, no cabía la menor duda de que yo era el único que consideraba que el deber era una carga onerosa.”

Es curioso darse cuenta de las diferencias que el protagonista establece para identificar los vínculos que tiene por sus intereses relacionales en cuanto al género femenino y al masculino. Es interesante poner de manifiesto el carácter sexual, erótico, la “moralidad” de sus deseos, y su misma percepción, completamente inestable, de cada una de sus sensaciones y pensamientos al respecto.

Todos estos factores consolidan con mucha fuerza la crisis de identidad que, en todo sentido, se insertó en su personalidad y que, con motivo de las inseguridades y dudas en las que germinó; en medio de aquellas diatribas que, cuestionando las raíces de su propia moral y su percepción sobre el sentido de la existencia, dan paso a un sujeto del que el lector nunca puede tener una idea fija, pues no se sabe en qué capa de su discurso esté inmerso su verdadero “yo”:

“Incluso la excitación que en mí producía un atractivo efebo quedaba limitada al simple deseo sexual. Para dar una explicación superficial, diré que mi alma seguía perteneciendo a Sonoko. A pesar de que no tengo la intención de aceptar íntegramente el concepto a que voy a referirme, creo que el medieval esquema de la lucha entre el cuerpo y el alma puede aclarar un poco mi situación: en mi caso, mediaba un abismo, puro y simple, entre carne y espíritu. Sonoko representaba para mí la encarnación de mi amor a la normalidad en sí misma, mi amor hacia las cosas del espíritu, mi amor a lo imperecedero.”

Ahora, obviando lo icónico que resulta en cuanto a lo gay esta novela (y que, evidentemente, es lo que más salta a la vista en cualquier reseña), como yo también padezco mi propia crisis de identidad, doy un paso al lado y expongo que lo que ha rondado mi cabeza con mis reflexiones después de la lectura me lleva a hacer un símil entre la figura del protagonista (en esta fase de crisis de identidad, aclaro) y el Japón que dejó el paso de la segunda guerra mundial, que, desubicado y traumatizado con los sucesos, continúa en el declive y la paralización de su cultura por la tensión marcada con occidente (temática muy controvertida y señalada con insistencia en muchas otras obras de la literatura japonesa de la época, como, por ejemplo, “Daisuke”, de Natsume Soseki, una de mis novelas favoritas).

Entonces recuerdo también el origen del “Superflat” y a Takashi Murakami que justifica el origen de dicha corriente artística arguyendo que “Japón ha sido castrado y por eso no tenemos respeto por nuestra identidad cultural”. Me da la impression, justamente, de que el “Superflat” es una clase de materialización del protagonista de “Confesiones de una máscara”:

““Initially, ‘Superflat’ was a keyword I used to explain my work. Once I started using it, though, I found that it was applicable to a number of concepts that I had previously been unable to comprehend, including ‘What is free expression?’ ‘What is Japan?’ and ‘What is the nature of this period I live in?’” (fragmento de "WHAT IS SUPERFLAT?: A GUIDE TO TAKASHI MURAKAMI’S ART MOVEMENT").

"A flower forest", de Takashi Murakami.
Apenas normal y algo curioso es darles caracterizaciones similares a fenómenos que suceden a nivel individual y a nivel sociocultural. Me quedo, pues, con mi pregunta de por qué realmente es importante la identidad propia. ¿En qué momento puede llegar a constituir, la pregunta por el ser, un verdadero caos? La individualización de la forma que cada cual quiere ver –o que ve- frente al espejo puede desembocar en una rotunda negación o en una magnificación del propio ser (pregúntense, quizás, por trastornos de la personalidad, como el narcisismo, la disociación y las identidades múltiples, por ejemplo).

¿Hasta qué punto tiene que pagar el individuo con su propia estabilidad mental para sentirse “parte de”? Las carencias y la sociabilidad de la que está dotado el ser humano, por naturaleza, le llevan a querer validarse ante los ojos de los demás, aunque el nivel al que esto sucede y la relevancia para cada sujeto depende, también, de variables en la cultura misma.

Al menos, al día de hoy, las barreras han tendido a disminuir un poco y, aunque en cada experiencia hay múltiples factores que condicionan el ser y el deber-ser, es posible afirmar que, al menos en los espacios más cosmopolitas, se tienen puertas más abiertas para la libre expresión, y para que muchas personas tengan la opción de mostrar sus opiniones y sus preferencias (ahora, el ser y el quiero-ser, gracias a los engaños múltiples de las redes sociales… pero eso es harina de otro costal).

De todos modos, siempre estaremos expuestos a ese tipo de desviaciones. Al menos, sería lindo saltarse un poco las barreras de la moralidad impuesta sin cuestionamientos suficientes.

© K. Sánchez (29/10/22)

Reseña de “La acusación- Cuentos prohibidos de Corea del Norte” de Bandi

Si bien vengo desde hace buen tiempo leyendo bastantes libros japoneses, no había tenido previamente ningún tipo de acercamiento a literatura que viniera de Corea. Y justo me encontré con esta maravillosa y fuertísima obra que, nada más y nada menos, viene de Corea del Norte.

Al iniciar me encontré con esta belleza de prefacio y supe que no tardaría mucho tiempo en terminar la lectura del libro: 


Cabe resaltar que “Bandi”, evidentemente, corresponde a un seudónimo, y que el autor tuvo que hacer un montón de maromas para sacar el texto de su país de origen y que se lograra su publicación.

Ahora, como resulta de mi interés que muchos de ustedes sientan curiosidad por acceder a la obra, procederé a hablar de cada uno de los cuentos que la componen de modo muy breve y sólo para generar interés, incluyendo mi calificación:

La fuga del norte: ⭐⭐⭐⭐⭐

El primer cuento de la colección da cuenta de que, si bien es terreno desconocido, el autor es bastante hábil para la redacción. Sutil, intenso e impactante, y no genera ninguna dificultad para la lectura. Toda esa visión desoladora del porvenir está surcada por los afectos, así como por más desgracias, tal como una matrioska. Hermosísimo de este cuento cómo se trata la figura femenina, las anécdotas y la percepción que se tiene de la misma. Precioso y desgarrador.

“Es, ciertamente, una forma muy arriesgada de huir. Podemos caer abatidos por los tiros de los agentes de las patrullas marítimas, o las olas y el viento de una tempestad se nos pueden tragar como a una hoja. Pero es preferible morir a continuar con el sufrimiento de esta vida miserable. He aquí por qué hemos decidido irnos sin vacilar, aunque sea a costa de jugarnos el pellejo. Con un poco de ayuda del destino seremos capaces de empezar una nueva vida. De lo contrario, solo deseamos que nuestro barco sacudido por el oleaje se convierta en el símbolo de la condena de este país, que no es más que un desierto yermo y sin esperanza.”

La ciudad del fantasma: ⭐⭐⭐⭐

No sé si a esto pueda llamarle sátira porque me resulta demasiado directo: aquí la historia se basa en la fobia de un pequeño a los retratos de Marx y de Kim Il-sung, lo que trajo algunos problemas a sus padres. Es curioso ver el desarrollo. Contiene una metáfora bellísima que me llamó mucho la atención.

Practising a torch march on Kim il-sung square -Nicor, CC BY-SA 3.0
<https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0>,
via Wikimedia Commons

Vida del caballo Tesoro: ⭐⭐⭐⭐⭐

Aquí una metáfora más perfecta que la del anterior cuento y que permea todo el desarrollo de la historia, y que hace referencia a la figura de un olmo. El resultado final es espectacular y totalmente desgarrador, pues se relaciona con aquellas quimeras que nos mantienen vivos, que nos esforzamos por mantener en un pedestal y que, cuando caen, terminan derrumbando toda nuestra existencia. Una joya es este cuento.

“Nada en el mundo es comparable a la decepción y al remordimiento que supone tomar conciencia de que todas las esperanzas y convicciones —como las que un día llevaron a Seol Yong-su a unir su dedo meñique con el de Yeong-il y afirmar «¡Lo pro-me-to!»— no son nada más que un espejismo. De ahí que Seol Yong-su no pueda achacar nada a nadie, sino que deba abrazar el sufrimiento solo y sentir su dolor hasta el tuétano.”

Tan cerca, tan lejos: ⭐⭐⭐⭐⭐

Acerca de las desgracias de un hombre que trata de ir a visitar a su madre, quien se encuentra gravemente enferma. A pesar de que le niegan la autorización para movilizarse, decide hacer el intento. No termina nada bien. Me deslumbró el simbolismo relacionado con las alondras:

“—Ah, ¿por qué están aquí? —dijo Myeong-cheol contemplando la jaula con las alondras que, como antes, colgaba del porche.

—Volvieron dos días después de que tú las soltases. Colgué de nuevo la jaula y entraron…

—Pobrecillas, a ellas también las han domado —murmuró Myeong-cheol como si escupiese cada una de las sílabas.

Las alondras continuaban cantando como si le estuviesen diciendo «A ti también te amansaron y por eso has vuelto».”

La capital del infierno: ⭐⭐⭐⭐

Si bien puede tratarse de una historia relativamente sencilla en su desarrollo, el objetivo de la misma es digno de apreciarse: la manera en la que el líder vende su supuesta magnanimidad ante el pueblo, y este, a pesar de que sabe que todo es falso, se ve obligado a sonreír, a alabar, y a seguir agachando la cabeza entre toda la mierda que tiene que comer. Resalto la historia que se cuenta al final:

“—Érase una vez una colina cercada por diez hileras de vallas. Dentro vivía un brujo rodeado de miles de esclavos. Pero la cosa más sorprendente era que tras las diez hileras de vallas no se oía nada más que risas. Se oían las risas fuese otoño, invierno, primavera o verano. Y eso sucedía porque el viejo brujo tenía hechizados a sus esclavos. ¿Y por qué los tenía hechizados de tal forma? Porque quería ocultar que los estaba maltratando y engañar de este modo a la gente que vivía fuera de la colina y hacerles creer que en aquel lugar todo el mundo era feliz. Había ordenado construir diez hileras de vallas para que nadie procedente de los pueblos vecinos pudiese entrar y ver lo que pasaba. Piénsalo. Cuando la gente que vivía en la colina se hacía daño o estaba triste y lloraba, lo que salía de su boca eran grandes carcajadas. ¿Cómo era posible que existiese una magia tan cruel, una colina tan terrorífica?”.

El escenario: ⭐⭐⭐

Acerca de un problema familiar por malas interpretaciones. Me agrada la posibilidad de interpretaciones del final de la historia.

“Entonces a Yeong-pyo le parece ver que se aproxima un actor de entre los árboles que quedan al otro lado del «escenario». La obra que se representa es la de un personaje que después de haber cometido un crimen imperdonable se coloca la punta de la pistola en la sien y toma una decisión.”

La seta roja: ⭐⭐⭐⭐

Es la historia más elaborada del libro. Se entrelazan varios sucesos en los que se demuestra, nuevamente, que el poder siempre se sale con la suya, pues no hay más opción. Las víctimas no merecen nada más que la humillación y la muerte, todo como consecuencia de librarse de sus cadenas (al interior). La metáfora de la seta roja me pareció espectacular.

P.D.: en esta ocasión también debo agradecer a Ax, mi compañero de lectura, que siempre me hace más amenos todos los ratos de discusión sobre las cosas nuevas que vamos conociendo.

© K. Sánchez (01/09/22)

Reseña de “Rashōmon y otros cuentos” de Ryūnosuke Akutagawa

Después de la trilogía de Natsume Sōseki (Sanshiro, Daisuke 💘 y La puerta) quise oxigenarme, en cuanto a mi ciclo de lectura de obras japonesas, con algunos cuentos. Así, me pareció entonces que esta era una ocasión propicia para darle una lectura más cercana a Ryūnosuke Akutagawa (de quien quedé muy interesada luego de leer a Osamu Dazai), y a quien había tenido la oportunidad de leer en algunos cuentos cortos ocasionalmente, sin que me hubiera significado demasiado maravilloso.

Ahora, para mi propia sorpresa y satisfacción, esta colección de cuentos me ha resultado ES-PEC-TA-CU-LAR. Akutagawa tiene un estilo que no había encontrado previamente en autores japoneses -lo que no significa que se desprenda del estilo típico de estos, claro. A pesar de la barrera emocional que se impone como tal en este tipo de literatura, no podría decir que Akutagawa tenga personajes “planos” o que requieran un acercamiento más profundo con el lector: logra trascender perfectamente lo que podría, inicialmente, considerarse un impedimento.

En 'Rashomon' (1950) de Akira Kurosawa.
Amé su simbolismo. Me resultó muy grato tratar de descifrar el fondo de sus historias. Me encantó la crudeza y la dosis de surrealismo que incluye, así como ese tono descarnado que tiene, y esas “chispitas” de lirismo con las que salpica hasta lo más macabro.

Estas son mis breves opiniones sobre cada historia:

  • Rashômon: lindo trasfondo. Me gustan los elementos simbólicos que protagonizan la historia, más que los personajes mismos (que también me resultaron llamativos a pesar de su escasa descripción). El escenario es espectacular.

🌟🌟🌟🌟🌟

  • La nariz: lo gracioso es la seriedad con la que maneja esa sátira tan poderosa.

🌟🌟🌟

  • Kesa y Moritô: adoré la técnica de la narración (narrar desde el punto de vista de ambos personajes). Muchas emociones entre líneas.

🌟🌟🌟🌟

  • En el bosque: la misma técnica narrativa de “Kesa y Moritô”, pero con más personajes. Me pareció mucho más atractivo el fondo de la historia.

🌟🌟🌟🌟

"De todos modos, para poseer a la mujer había que eliminar al hombre. Pero le aclaro, señor, que yo mato con katana, y no como ustedes, que matan con el poder, con el dinero, hasta con el pretexto de hacer un favor. Es cierto que no derraman sangre y sus víctimas siguen viviendo; pero así y todo son muertos, sombras de vivos. Si medimos los alcances del delito, es muy difícil fijar quién es más criminal, yo o ustedes. [Sonríe con ironía]."

  • El biombo del Infierno: llevaba mucho tiempo sin enamorarme de un cuento. Esto es espectacular: la temática es preciosísima, da para varias interpretaciones a lo largo del texto, es exageradamente cruel, macabro y hermoso al mismo tiempo. Es una genialidad.

🌟🌟🌟🌟🌟

"Pero éste, a su vez con los labios apretados y sonriendo a intervalos con sarcasmo, no apartaba la vista del carruaje. Y en medio de las llamas… ¡Ay! No tengo fuerzas para daros los detalles del suplicio. La blancura de su rostro ahogado por el humo, los largos cabellos en desorden arrebatados por las llamas y sus hermosas ropas ardiendo como una tea… Imposible concebir una visión más despiadada. Sobre todo, cuando el viento cesó por un instante, el humo se desplazó hacia el lado opuesto a donde nos hallábamos, y pudimos ver con verdadero horror cómo en medio de esa hoguera, que parecía despedir chispas de oro, agonizaba una bella criatura forcejeando dolorosamente por quitarse las cadenas de su cuerpo. El espectáculo mostraba con elocuencia los tormentos del Infierno. Un estremecimiento nos sacudió a todos."

  • Un cuerpo de mujer: sólo es una perspectiva curiosa.

🌟🌟

  • Sennin: no me resultó lo suficientemente interesante.

🌟

Así, les ofrezco mi lista de opiniones para que, en caso de que quieran conocer al brillante, maravilloso y espectacular Ryūnosuke Akutagawa 😍 (sí, ya estoy plenamente convencida de que lo es), elijan con tranquilidad según mi humilde concepto, cualquiera de las historias que conforman la colección.

😎Bonos extra: recomendadísima la adaptación de Akira Kurosawa (de “Rashômon” y “En el bosque”) y esta reseñita de la misma para que le echen un ojo.

Superpoderes peligrosos (reseña de "El hombre invisible" de H. G. Wells)

De H. G. Wells tengo recuerdos maravillosos desde que leí "La máquina del tiempo". Si bien no soy tan allegada a la ciencia ficción, ni mucho menos a la ficción distópica (y que, para adentrarme más en el ambiente, terminé leyendo también “El señor de las moscas”), hace mucho tiempo tenía la curiosidad de hacer esta lectura.

Tenía la impresión de que, tal como en las adaptaciones cinematográficas de “El hombre invisible”, el trasfondo de la historia estaría más guiado hacia el suspenso o hacia el error. Me encontré con algo completamente distinto y eso, definitivamente, llenó mis expectativas.

Charlie, con disfraz de "El hombre invisible"
en escena de "Marriage story"
(captura de decider.com)

Con razón del permiso que me concede el título para hacer ciertos spoilers, sí se trata de un hombre que se vuelve invisible, esto a partir de experimentos científicos que tuvo la oportunidad de realizar con ocasión de su profesión. Ahora, ¿qué hay de curioso en todo el asunto? Es normal haberse preguntado, en algún momento de la vida, qué se sentirá ser invisible y cómo, de ser el caso, se aprovecharía tal “superpoder”. Pues, es momento de ver una ficción que trata el asunto con todos sus pormenores.

La primera parte del libro, paradójicamente, la encontré totalmente graciosa. Si bien el trasfondo misterioso que conlleva el saber de un hombre que tiene que vendarse la cara, ponerse unos extraños lentes oscuros, cubrirse con un sombrero y evitar, a toda costa, ser observado con mayor interés (imposible con tal vestimenta, claro, además del extraño equipaje con el que viajaba, sin mencionar su temperamento, siempre alterado y explosivo), los primeros episodios en los que se narra su escape y su intento de adaptación en el pequeño y poco supersticioso (¿?) poblado de Sussex.

Así, entre los diversos episodios que se dan a partir de estas interacciones, llama mucho la atención la actitud y las hipótesis curiosas e inocentes de los habitantes del pueblo, que trataban de averiguar el motivo de la misteriosa actitud del recién llegado, quien, además, aprovechando su invisibilidad y tratando de lidiar con las penosas consecuencias de la misma, entraba a las casas de los vecinos para tomar algo de dinero y poder continuar con sus experimentos.

“—Le agradecería que no me metiera los dedos en el ojo —dijo la voz de la figura invisible con tono enfadado—. La verdad es que tengo todo: cabeza, manos, piernas y el resto del cuerpo. Lo que ocurre es que soy invisible. Es un fastidio, pero no lo puedo remediar. Y, además, no es razón suficiente para que cualquier estúpido de Iping venga a ponerme las manos encima. ¿No creen?”.

La segunda parte del libro (no es que esté dividido formalmente así) la encontré con un sentido ya mucho más angustiante y hasta existencialista, si se me permite usar el término de un modo un tanto laxo. En este momento, Griffin (el hombre invisible) se encuentra con un viejo compañero de universidad, Kemp, a quien procede a narrar su historia para darle razón del motivo de su invisibilidad y de cómo había ido a parar a una situación tan insoportable en el momento actual: no contaba con dinero para continuar sus investigaciones y, al momento, la invisibilidad resultaba ya más un inconveniente que una ventaja.

“Perdí el conocimiento y me desperté, sin fuerzas, en la oscuridad. Los dolores habían cesado. Pensé que me estaba muriendo, pero no me importaba. Nunca olvidaré aquel amanecer, y el extraño horror que sentí, al ver que mis manos se habían vuelto de cristal, un cristal como manchado, y al ver cómo cada vez eran más claras y delgadas, a medida que el día avanzaba, hasta que al final logré ver el desorden en que estaba mi cuarto a través de ellas. Lo veía a pesar de que cerraba mis párpados, ya transparentes. Mis miembros se tornaron de cristal, los huesos y las arterias desaparecieron, y los nervios, pequeños y blancos, también desaparecieron, aunque fueron los últimos en hacerlo. Apreté los dientes y seguí así hasta el final. Cuando todo terminó, sólo quedaban las puntas de las uñas, blanquecinas, y la mancha marrón de algún ácido en mis dedos. Traté de ponerme de pie. Al principio era incapaz de hacerlo, me sentía como un niño de añales, caminando con unas piernas que no podía ver. Estaba muy débil y tenía hambre. Me acerqué al espejo y me miré sin verme, sólo quedaba un poco de pigmento detrás de la retina de mis ojos, pero era mucho más tenue que la niebla. Puse las manos en la mesa y tuve que tocar el espejo con la frente. Con una fuerza de voluntad enorme, me arrastré hasta los aparatos y completé el proceso. Dormí durante el resto de la mañana, tapándome los ojos con las sábanas, para no ver la luz; al mediodía, me desperté, al oír que alguien llamaba a la puerta. Había recuperado todas mis fuerzas”.

Al adentrarse en la historia de Griffin se encuentra el lector con un personaje totalmente desadaptado, carente de empatía y hasta de sensibilidad, la cual se había exacerbado mucho más con la toma de ciertos medicamentos, todo lo cual había sucedido con el propósito de la búsqueda del perfeccionamiento de sus experimentos.

A pesar de la desdicha que narra el protagonista (muy sentido, si se me pregunta, y que comenta muchos momentos en los cuales es inevitable reconocer su soledad y su desventura), esto no era óbice para que dudara en robar, asesinar a otras personas, producir gran cantidad de daños y aprovecharse del dominio que le daba su nuevo estado. Y, justo esto último, puede decirse, propició tal nivel de complacencia en nuestro protagonista que, realista o no, se propuso dominar y aterrorizar al mundo.

“—Le prometo que ya no es un ser humano —dijo Kemp—. Estoy tan seguro de que implantará el Reinado del Terror, una vez que se haya recuperado de las emociones de la huida, como lo estoy de estar hablando con usted. Nuestra única posibilidad de éxito es adelantarnos. Él mismo se ha apartado de la humanidad. Su propia sangre caerá sobre su cabeza”.

En este momento borré la línea en la cual les comentaba el final de la historia para darle más fuerza a mis argumentos previos, pero siento que no es necesario hacerlo (no me esperaba ese final, tampoco, así como sé que ustedes no esperaban que yo escribiera todo esto para, entonces, no decidirme a decirles cómo terminaba la historia para este extraño sujeto).

En general, me gusta mucho el manejo que Wells hace con la ciencia ficción porque no llega a ser excesivo con la terminología (que es algo que, por ejemplo, me ha alejado de autores como Leopoldo Lugones cuando trata de involucrar conceptos de física y de química de modo tan estricto que un lector “común y corriente” pierde el hilo de la narración) y, aunque tampoco sea totalmente reduccionista, se entiende cuando trata de explicar algún fenómeno en el campo de la ciencia –independientemente de su realidad, claro–, y las personas del común no corremos espantadas.

Además de este punto a favor, siempre he considerado que la prosa de Wells es muy amigable para el lector en general, y me siento especialmente atraída hacia ella porque no se queda solamente en lo sorprendente de la historia, pues lo que hay escondido entre sus líneas da también cuenta de que dota a sus personajes de una consciencia honda, y que siempre constituye un grato detalle para los que vamos buscando algo más que una historia emocionante. Es curioso pensarlo desde la perspectiva en la que, quizás, hasta el vacío tiene sus significados y quizás, es otro modo de plantearse que “lo esencial es invisible a los ojos”, como bien dijo Antoine de Saint-Exupéry.

P.D.: todas las películas que conozco sobre "El hombre invisible" son terribles. Ninguna para recomendar.

© K. Sánchez (03/07/22)

La estética de la venganza (reseña de “Lo bello y lo triste” de Yasunari Kawabata)

 “—¿De modo que pensabas en eso? ¿Por qué tienes que preocuparte por una cosa así, a tu edad?

—¡Porque no soy tan tonta como tú, que has pasado veinte años enamorada de alguien que arruinó tu vida!”

Mientras me daba un respiro luego del shock que me produjo la lectura de Daisuke, antes de iniciar con la lectura de La puerta (ambas de Natsume Soseki), decidí regresar a Kawabata con un libro que una fuente muy fiable me había recomendado hacía ya varios meses: Lo bello y lo triste. Así, tenía suficiente curiosidad, habiendo sido tan favorable la impresión que me dejó la lectura de La casa de las bellas durmientes, y habiendo iniciado en el conocimiento de la obra del autor con La bailarina de Izu.

😎Recomendaciones para la lectura (sin spoilers):

Kawabata tiene una prosa que, si bien es hermosa y suave, está llena de símbolos. Por ese motivo, lo ideal es estar muy atentos a detalles particulares que, en este caso, están inmersas en el arte (la pintura) y la naturaleza: infinidades de referencias al color, al paisaje, a las flores, etc. El resto se va descubriendo con naturalidad, y proviene, básicamente, de las actitudes, modos e interacciones entre los personajes, a quienes hay que saber “leer” debido a que, en general, este tipo de prosa no suele interiorizar en el pensamiento o la personalidad de los sujetos sino apenas en lo necesario.

En cuanto a la trama, me ha parecido un manejo interesante, así que vale la pena hacer la lectura. Creo, incluso, que es un buen libro para conocer a Kawabata, si aún no han tenidon  el honor.

👀Resumen de la novela:

‘Sarusawa Pond in Nara’
- Koitsu Tsuchiya (1930's).
Es una novela que insiste constantemente en los recuerdos del protagonista, Oki Oshio, pasados sus cincuenta años, así como de los de Ueno Otoko, quienes habían sido amantes hace muchos años. Para aquel entonces, él contaba con poco más de treinta años, mientras ella tenía sólo quince.

Independientemente de su matrimonio, Oki se relacionó con Otoko durante aproximadamente dos años, hasta que ella quedó embarazada. Al momento del parto perdió a su hija, lo cual le generó grandes problemas a nivel de salud mental, adicionalmente al hecho de reconocer que Oki no tenía el propósito de separarse de su esposa para casarse con ella. Incluso, estuvo internada en una institución psiquiátrica durante varios meses al haber cometido un intento de suicido, motivo que llevó a que su madre decidiera trasladarse con ella a Kioto (la historia transcurre originalmente en Tokio), en vista del inminente fracaso de todo el asunto.

Oki, escritor, basado en la historia que vivió con Otoko, escribió una novela llamada Una chica de dieciséis, en la cual narraba muchos acontecimientos particulares mediante los cuales se justifica la manera en la que ella marcó su vida, a pesar de su corta edad (libro que, evidentemente, fue leído por ella), obra que tuvo gran acogida entre sus contemporáneos y fue muy elogiada por la crítica. Hay una parte del libro que es especialmente cruda, en la cual se relata que Fumiko, la esposa de Oki, quien hacía algunas labores de edición para las obras de este, conociendo que se trataba de la historia de su amante, decidió, igualmente, hacer el mismo trabajo para esta obra.

Si bien ella, desde hacía tiempo conocía acerca de la infidelidad de su esposo, se sometió a este tipo de tormento para conocer, de primera mano y mientras se le rompía el corazón, lo que había sucedido (al fin y al cabo, era algo que no podía pasar invisible a sus ojos). A pesar de ello, el matrimonio continuó tranquilamente, la pareja tuvo otro hijo y Oki no volvió a saber nada de Otoko durante un buen tiempo.

Ella se convirtió en pintora años después y, al aparecer en revistas, Oki se enteró de que estaba viviendo en Kioto. Así, con la esperanza de verla nuevamente, Oki usó como pretexto la idea de ir a Kioto a escuchar las campanas de la medianoche en el fin de año, y la llamó al llegar. Ella accedió a verle, a pesar de comportarse de modo bastante reservado y tratando de evadir estar a solas con él. Se dice que ambos reconocieron, sólo con sus miradas, que aún se amaban tanto como antes. En cuanto a Oki, transcribo el siguiente fragmento:

“Oki no sabía lo que ella podía haber sufrido, ignoraba las dificultades que debía de haber superado; pero su éxito le produjo profundo placer. Un día encontró un cuadro de ella en una galería. Su corazón dejó de latir. No era una exhibición de sus obras; sólo uno de los cuadros le pertenecía: el estudio de una peonía. En el extremo superior de la banda de seda había pintado una peonía roja. Era una vista de frente de la flor, en un tamaño superior al natural, con pocas hojas y un único pimpollo blanco en la parte inferior del tallo. En aquella flor enorme creyó ver el orgullo y la nobleza de Otoko. Lo adquirió inmediatamente, pero como llevaba la firma, decidió donarlo al club de escritores al cual él pertenecía y no llevarlo a su casa. En la pared del club, la tela le causó una impresión diferente de la que le había causado en la abarrotada galería. La enorme peonía roja parecía una aparición. La soledad parecía brotar de su interior.”

Y, frente a los sentimientos de Otoko:

“El tiempo pasó. Pero el tiempo se divide en muchas corrientes. Como en un río, hay una corriente central rápida en algunos sectores y lenta, hasta inmóvil, en otros. El tiempo cósmico es igual para todos, pero el tiempo humano difiere con cada persona. El tiempo corre de la misma manera para todos los seres humanos; pero todo ser humano flota de distinta manera en el tiempo.

Al aproximarse a los cuarenta, Otoko se preguntaba si el hecho de que Oki siguiera dentro de ella significaba que esa corriente del tiempo se había estancado, en lugar de seguir su curso. ¿O acaso la imagen que ella conservaba de él había flotado con ella a través del tiempo como una flor que avanza aguas abajo? Ella ignoraba cómo había flotado su propia imagen en la corriente de Oki. No podía haberla olvidado; pero, sin duda, el tiempo había corrido de manera diferente para él. Las corrientes del tiempo nunca son iguales para dos personas, ni siquiera cuando son amantes…”

Otoko tenía entonces una discípula: una joven mucho menor que ella, llamada Keiko, a quien se le describía como una mujer muy agresiva, bastante apasionada, radical y obstinada, además de hermosa y talentosa en la pintura. Así, además de ser su aprendiz, también resultó siendo su amante. Ella estuvo presente, entonces, en el momento del reencuentro de los viejos amantes y notó, evidentemente, que aún quedaban restos de la pasión que hubo entre ambos, lo cual la llenó de indignación y de temor.

Decidió entonces que deseaba vengarse de Oki porque, además de ocupar aún el corazón de su amada Otoko, le había herido profundamente al haberla abandonado cuando era joven. Así que, todo lo que viene a continuación parte de los sucesos que se dieron a partir de este propósito.

“—Está bien así —la detuvo Otoko—. ¿Quieres decirme ahora por qué hablas de venganza?

—Tú sabes muy bien por qué.

—Yo nunca he pensado en semejante cosa. No la deseo en lo más mínimo.

—Porque todavía lo amas… porque no podrás dejar de amarlo mientras vivas. —La voz de Keiko se ahogó—. De modo que quiero vengarte —concluyó.

—Pero ¿por qué?

—¡Yo experimento celos a mi manera!”.

El primer paso fue tratar de seducir directamente a Oki. Y lo logró. Pasaron una noche juntos y, en el transcurso de la misma, Keiko confirmó que, en realidad, Oki seguía sintiendo amor por Otoko (dato curioso: Keiko le impidió tener contacto con su pezón izquierdo).

Al regresar a Kioto, esta le comentó a Otoko que había logrado seducir a Oki (cabe resaltar que Otoko nunca estuvo de acuerdo con la venganza que tanto deseaba Keiko y que tuvieron varias discusiones debido a este tema) y, después de una conversación supremamente incómoda entre ambas, esta última percibe que algo extraño había sucedido en Keiko a partir de la noche que pasó con Oki, lo cual se evidenciaba, incluso, en su estilo para pintar.

El segundo paso fue iniciar con lo pertinente para seducir a Taichiro, hijo menor de Oki. Este viajó a Kioto con la excusa de hacer una exploración relacionada con sus estudios universitarios, mas siempre tuvo en mente volver a ver a Keiko (a quien tuvo la oportunidad de conocer anteriormente, antes de que esta sedujera a Oki). Logró también su cometido (dato curioso: Keiko le impidió tener contacto con su pezón derecho).

Para terminar, había obligado a Taichiro a que le prometiera ir a pasear en una lancha (haciendo ya directas alusiones a lo que iba a suceder).

“Al salir de la piscina, Keiko alquiló una lancha e invitó a Taichiro a acompañarla en su paseo por el lago.

—Está oscureciendo —señaló él—. ¿Por qué no mañana?

—¿Mañana? —Los ojos de Keiko se iluminaron—. ¿De modo que te quedas?… No sé qué ocurrirá mañana. ¿No tengo razón? De todos modos, cumple esta promesa. Regresaremos enseguida. Quisiera estar a solas contigo en el lago por unos minutos. Quiero que nos abramos paso a través de nuestro destino y que flotemos sobre las aguas. El mañana siempre se nos escapa. Vayamos hoy. —Lo arrastró de un brazo—. ¡Mira cuántos barcos navegan aún! —lo animó”.

La escena siguiente a ello presenta a Keiko, medio muerta y sedada, en una cama en el hotel, luego de haber sido rescatada de un accidente en lancha. El cuerpo de Taichiro no había sido hallado.

💗Conclusiones:

Me encuentro con una lectura tan encantadora como las que había hallado en Kawabata en las ocasiones anteriores. Una cantidad de recuerdos, de nostalgias llenas de trasfondos infinitos, rodeados de miles de colores (que es lo que más adorable he encontrado aquí debido a la viva descripción que se hace de la pintura, de los colores del paisaje, de lo que evoca mediante la luminosidad cada fenómeno de la naturaleza, de la variedad de flores –muchísimas- que se mencionan en momentos muy particulares), y de las sensaciones tan particulares que se evocan entre todas las posibles combinaciones: la crueldad, la ternura, el rencor, el amor y la sexualidad desfilan y se entremezclan para dar unos resultados de intensidad altísima si se lee esta obra teniendo en cuenta, paralelo a la trama, la representación de todos esos modos en que se configuran las relaciones y las emociones humanas.

“Aun cuando era la época en que los cerezos estaban en flor, era muy poca la gente dispuesta a visitar el lugar con lluvia. Ésa era otra de las razones por las cuales Otoko amaba la lluvia. La brumosa lluvia primaveral suavizaba el perfil de la montaña que se levantaba más allá del río y la embellecía más aún. Tan mansa era la lluvia que las dos mujeres apenas si advirtieron que se estaban mojando, mientras caminaban de regreso al coche. Ni siquiera se molestaron en abrir los paraguas. Los delicados hilos de agua se perdían en el río sin alterar su superficie. Las flores de cerezo se entremezclaban con tiernas hojas verdes y los colores de los árboles florecidos se esfumaban en la lluvia con matices sutiles.”

Así, siendo que el eje que le da forma a toda la historia parte de la venganza, esta se puede interpretar de muchísimas maneras, siendo que, al final, hay que preguntarse varias veces, en realidad, a qué obedeció que todo llegara a darse de ese modo, y qué tan planeado resultó siendo cada acontecimiento. Todas las figuras y la estética que hubo detrás de esas personalidades y cada una de sus historias, es lo que lleva, en medio de tales juegos de colores, a un final que se dibuja y se desdibuja a la vez. Al fin y al cabo, el arte siempre depende de la subjetividad…

© K. Sánchez (01/05/22)

Reseña de “El capote” de Nikolái Gógol

De nuevo vuelvo a mis amados rusos, con un paso breve por Gogol y uno de sus cuentos más famosos: El capote, que fue publicado en 1842. Y como no tengo ánimo para hacer una mejor introducción, voy de inmediato con lo que importa y advierto que esto está lleno de spoilers, aunque no seré bastante meticulosa para que, si es el caso, les quede algo de curiosidad. No se tarda más de tres horas en la lectura.

La historia que se narra es la de un hombre de mediana edad llamado Akaki Akákievich (nombre que tiene su juego, según se cuenta), quien habita en San Petersburgo y trabaja como funcionario copiando los documentos que le eran encargados, con impecable caligrafía. Se le puede describir como un sujeto humilde, insulso y falto de gracia; carente de cualquier tipo de interés, pasión o ambición, no gusta del alcohol, come siempre de modo muy austero y tiene apenas las posesiones suficientes para sobrevivir; es una persona que busca su tranquilidad por encima de todo y la imperturbabilidad en cada uno de sus días, evitando, quizás, el ajetreo voraz e implacable de la vida y la frialdad de los seres humanos.

“Y más de una vez, a lo largo de su vida, se estremeció al comprobar cuánta inhumanidad hay en el hombre, cuánta grosera ferocidad se oculta en los modales más refinados e irreprochables, incluso, ¡Dios mío!, en personas con fama de honradas y nobles…”.

Según esta antesala, le puedo entender como un hombre que detestaba enormemente CUALQUIER COSA que significara una novedad (incluso sentirse diferente, es decir, evitaba emociones como el enojo y nunca pensaba en la frustración; evitó, incluso, acceder a una mejor oferta de trabajo porque no se sintió capaz de cambiar su rutina, pues, seguramente, su cotidianidad le hizo evidentemente inflexible y cerrado a cualquier tipo de ingenio y aprendizaje). Todo, absolutamente TODO, todos los días, debía ser exactamente igual para que se sintiera satisfecho con su cotidianidad.

Así, se describe este personaje tremendamente plano que, huyendo de la novedad, un día se percata de que su abrigo se ha roto un poco. De inmediato visita al sastre, quien lo examina y le dice que, debido a lo gastada que está ya la tela (traslúcida, en realidad, lo cual es ridículo para un abrigo) no le es posible hacer un remiendo, motivo por el cual la única posibilidad es mandar a hacer uno nuevo. A pesar de los ruegos de Akákievich para que lo remiende, este no cede a su pretensión.

“Al oír la palabra «nuevo» a Akaki Akákievich se le nubló la vista, y todos los objetos que había en la habitación parecieron cubrirse de una suerte de bruma. Solo distinguía con claridad al general de la tabaquera de Petróvich, con el pedazo de papel tapándole la cara”.

Una de las ilustraciones del libro,
por Noemí Villamuza
La cabeza del protagonista se hace una maraña porque, debido a este percance, ha tenido que evaluar la manera en la que dispondrá de sus ingresos para poder pagar el abrigo, que, aparentemente, no era, precisamente, muy económico. Finalmente se adapta a la idea y le pide al sastre que proceda con la confección de su nueva prenda. Interesantísimo cómo se describe el cambio que sufre Akákievich a partir de ello, pues, si bien antes se le describía como una persona tranquila, ahora era una persona feliz y llena de ilusión al pensar en su nuevo capote, buscando los materiales más adecuados y elegantes para hacer uno que realmente valiese la pena (al quien desee leer el libro, le sugiero ver esto con toda la atención).

Y cuando estuvo listo su abrigo y lo estrenó, muchísimo más aún. Era un hombre radiante y lleno de alegría, y sus compañeros de trabajo (que siempre le humillaban y le menospreciaban) le admiraron y le trataron de tan buena manera, que le convencieron de ir a una fiesta que se daría esa noche en casa de otro funcionario. Dudándolo un poco, decidió aceptar. Retornaba a su casa ya sobre la medianoche y, en el camino, tuvo la mala suerte de encontrarse con dos hombres que le golpearon y le robaron el abrigo.

Decidió acudir con un “personaje importante” (en la traducción se usa precisamente ese término, esta vez no es ironía de mi parte) para que le colaborara en el proceso correspondiente para recuperar su amada prenda. Esta parte del “personaje importante” también me parece clave en el desarrollo del texto, sobre todo si se tiene en cuenta que contiene una profunda crítica a los funcionarios y a la labor administrativa y el ejercicio del poder en muchas instancias (así que, por favor, si leen el texto, vean esto con lente especial, también). Se trata de un hombre que, a pesar de que no es realmente importante, trata de darse a sí mismo esa dignidad; a pesar de ser una “buena persona” (estas comillas sí son mías) en el fondo, para resaltar su jerarquía se comporta como un patán y pasa por encima de cuantas personas puede, sólo en virtud de su supuesta importancia.

Por lo tanto, cuando Akákievich acude con él para que le colabore, apropiándose de su papel de “personaje importante”, le trata terriblemente mal y le despacha sin haber atendido a su solicitud. Después de este episodio, el protagonista vuelve totalmente abatido a su casa, habiendo enfermado a raíz del frío que tuvo que soportar sin su abrigo y, seguramente, del trastorno que generaron los últimos episodios en su existencia, todos tan intensos para él. Y muere. Muere de modo inadvertido para todas las personas que le conocían.

Pero no termina todavía la historia. Mientras tanto, el espectro de Akákievich se dedica a asustar a la gente y a robar sus capotes a los transeúntes. Y el “personaje importante” es abordado por el fantasma, quien, también, ejecuta la misma venganza con él. Al conocerse ya la historia del espectro que perturba a la población, las autoridades de San Petersburgo se disponen a estar atentas y, un día, un policía trata de detenerle, pero este le deja escapar al encontrarse con que el espectro se había convertido en un hombre alto y dotado de un puño enorme (¿?).

Se cierra la historia, así, con un final quizás abierto, pues el espectro toma finalmente, tal vez, una forma que combina a muchos de los personajes que se nombraron, y que no fueron precisamente amables con él. Pero, finalmente, todo sigue transcurriendo igual, al fin y al cabo. Es la vida real. Quizás, la justicia no existe. Y no se puede esperar absolutamente nada diferente.

Por último, quisiera adicionar que, si bien la figura del espectro puede parecer inicialmente como una idea rápida para finalizar la historia, es importante tener en cuenta que “Gógol escribió en una época de censura política. Su uso de elementos fantásticos es, como en las fábulas de Esopo, una manera de burlar al censor. Algunos de los mejores escritores soviéticos también recurrieron a la fantasía por razones similares” (esto lo leí en el prólogo de la edición que leí, de Nórdica Libros, traducida por Víctor Gallego y con unas ilustraciones muy curiosas de Noemí Villamuza). Así que, tengan esto en cuenta antes de darle su calificación final de la lectura.

© K. Sánchez (27/04/22)

La inherente miseria humana y el papel de la fatalidad – Reseña de “El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes”, de Tatiana Tibuleac

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