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¿Es destino o es decisión? – Reseña de “Una cuestión personal” de Kenzaburō Ōe

Introducción breve: Kenzaburō Ōe es un escritor japonés que ganó el nobel de literatura en el año 1994. Vamos ahora con el fondo del asunto, frente a lo cual sólo considero pertinente agregar que los acontecimientos aquí narrados provienen de situaciones personales que hicieron parte de la vida real del autor, esto con el nacimiento de su hijo, Hikari Oe, quien, a pesar de su discapacidad, se convirtió en compositor musical. Otras de sus obras también giran alrededor de este particular.

Es así como esta narración, publicada en 1964, parte de una situación que lleva al protagonista, a quien se le conoce como “Bird”, a replantearse toda su existencia, su sentido y su permanencia en la misma. Me permito hacer el adelanto porque no se pierde nada con ello: su esposa acaba de dar a luz a un hijo con una tremenda deformidad en la cabeza. Así, desde el principio, sale a relucir el hilo conductor de los sucesos, y este hace referencia a la manera en la que el individuo asume las condiciones complejas a las que se ve enfrentado en ciertos momentos de su vida.

Es curioso ver cómo el ser humano, dependiendo de sus debilidades, de sus costumbres, de su cultura y de su historia personal, entre otros, define sus propios métodos autodestructivo (unos más evidentes que otros, quizás). Es curioso explorar, a través de otros ojos, la importancia que tiene para cada cual los distintos ámbitos de la vida y las percepciones de los principios y la moral.

A propósito, este libro, además de captar de manera muy sincera una relación compleja con el alcohol, transmite una impresión muy clara acerca de la sensación que puede sentirse cuando, después de evitarlo, se vuelve a caer en la espiral y se teme inmensamente al resultado. Y más que eso, quedé tremendamente satisfecha al haberme encontrado aquí la mejor descripción de una resaca bastante bochornosa (así como en “Confesiones de una máscara” encontré la mejor descripción de una escena de masturbación), tanto así que puede uno sentirla en carne propia, junto con todo el dolor y la miseria que se puede llegar a sentir en esas ocasiones.

“Cuatro semanas más tarde, Bird se recuperó de una dolorosa borrachera de setecientas horas y descubrió en sí mismo, desgraciadamente sobrio, la desolación de una ciudad destrozada por la guerra. Era como un débil mental al que solo le quedara una mínima oportunidad de recuperarse, pero tenía que volver a ordenarlo todo, no solo a sí mismo sino también sus relaciones con el mundo exterior.”

No ahondaré en la relación de Bird con el sexo, pero considero que es un elemento importante para captar el sentido de la novela. Traer al discurso en qué momento el sexo puede ser un escape; cuando puede, quizás, tener una relevancia más de carácter moral –debido a la formalidad, y cómo resulta algo, en apariencia tan sencillo, trascender a varios aspectos de la cotidianidad.

De la mano de dichas consideraciones cotidianas que tendemos a normalizar (por el hecho de no sobrepensarlas innecesariamente) se presentan también nuestras ideas de escape –sean o no realizables. Bird, por ejemplo, hablaba constantemente de un viaje a África, el cual podía percibirse como un sueño, así como una fantasía de escape. Finalmente, esta idea fija resultó siendo definitoria en el momento en el que tuvo que tomar una de las decisiones más importantes de su vida, tanto así como para plantearse algunas consideraciones suicidas.

“El marido muerto soy yo, pensó Bird, y el verano que se avecina será fácil de soportar porque el cadáver de un marido muerto está tan helado como un árbol en invierno. Temblando, Bird susurró: «¡Pero yo no me suicidaré!», y se sumergió en las profundidades del sueño.”

Alainauzas, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons
Entre tanto se mueve el centro de la narración, el cual, si bien es la excusa para iniciarla, puede verse como un factor no definitorio. Es el protagonista quien, a partir de su carácter y su individualidad, le da las diferentes tonalidades al universo en el que está viviendo y, finalmente, opta por asumir las consecuencias de sus decisiones. Muy bonita me ha parecido la siguiente comparación que Bird suele hacer para referirse a su hijo:

“Mi hijo tiene la cabeza vendada como Apollinaire cuando fue herido en el campo de batalla. Mi hijo fue herido en un campo de batalla oscuro y silencioso que nunca he visto, como Apollinaire, y ahora grita sin sonidos…

De pronto, Bird comenzó a llorar. La cabeza vendada, como Apollinaire: la imagen simplificó y orientó sus sentimientos. Se dio cuenta de que estaba convirtiéndose en una gelatina sentimental; pero al mismo tiempo se sentía justificado: incluso descubrió cierta dulzura en las lágrimas.

Como Apollinaire, mi hijo fue herido en un campo de batalla oscuro y silencioso que no conozco, y ha llegado con la cabeza vendada. Tendré que enterrarlo como a un soldado muerto en combate.

Bird continuó llorando.”

Como último escenario que pongo a disposición, quiero hacer énfasis en cómo las situaciones exteriores pueden llegar a tener una injerencia incalculable cuando, justamente, se pasa por momentos en los que es difícil captar un sentido único de la realidad. Incluso, percibí el ambiente medianamente surreal en la primera parte del libro, cuando Bird aún no había asumido el shock de la noticia recibida, y el ambiente de hospital, además, evocó en mi la sensación que tuve al leer “Encuentros secretos”, de Kobo Abe.

“—Soy obstetra. En nuestro hospital no hay especialistas en cerebro. Pero los síntomas son clarísimos: una hernia cerebral, sin la menor duda. Desde luego, sabríamos algo más si hubiésemos extraído un poco de líquido espinal de la protuberancia craneal. Pero hay riesgo de perforar el cráneo y entonces sí que habría problemas. Por eso le llevamos al hospital universitario sin tocarlo. Soy obstetra, pero me considero afortunado de haber encontrado un caso así… Espero poder presenciar la autopsia. Dará su consentimiento para la autopsia, ¿no? Probablemente en este momento le apene hablar de autopsia, pero, en fin, mírelo desde este punto de vista: el progreso de la medicina es acumulativo. La autopsia de su hijo puede permitirnos saber lo necesario para salvar al próximo bebé con hernia cerebral. Además, si me permite ser sincero, creo que el bebé estará mejor muerto, y lo mismo le ocurrirá a usted y a su mujer. Algunas personas son extrañamente optimistas en este tipo de casos, pero créame, cuanto antes muera el niño mejor para todos. No lo sé, quizá sea la diferencia de generaciones. Yo nací en 1935. ¿Y usted?”

A su vez, el ambiente de confusión que el autor genera, hace que resulte mucho más sencillo compartir la vulnerabilidad del protagonista, quien, prácticamente, queda anulado por lo desconcertante del asunto, tanto así como para dar la impresión de que se trata de una persona pusilánime, cobarde e indiferente, lo cual va tomando ciertos matices a medida que se avanza en la lectura.

De este modo, puedo asegurar que adentrarse en esta historia resulta curioso para evaluar la propia empatía hacia personas en situaciones de vulnerabilidad, así como la manera en la que solemos actuar ante situaciones que demandan cierta agitación moral y que, a la vez, nos exigen acciones inmediatas. Ser consciente de la debilidad propia, del continuo ciclado de nuestros sentimientos y emociones, y de la manera en la que todo este sustento es básico para un proceso tan interesante como el “tomar una decisión”, puede conllevar una enorme diferencia para que consideremos la existencia de un destino inevitable o el papel de una voluntad que, aunque no necesariamente incólume, sí puede ser debidamente asumida.

© K. Sánchez (23/03/06)

La farsa de la propia identidad (reseña de “Confesiones de una máscara”, de Yukio Mishima)

"Di una mentira mil veces y se convertirá en verdad”, es una frase que se la atribuye a Joseph Göbbels en los albores de la segunda guerra mundial, hecho histórico y frase que, casualmente, me vienen de maravilla para iniciar esta reseña.

Previamente había reseñado ya a Yukio Mishima en una lectura diametralmente distinta. Se trataba de “El rumor del oleaje”, un libro que desbordaba amor, simpleza y tranquilidad. Esta vez la experiencia fue otra con “Confesiones de una máscara”, novela de la cual traigo mi intento de reseña hoy (ahora mis escritos tienen crisis de identidad).

“Confesiones de una máscara” viene con un panorama completamente desolador, cuya atmósfera de ansiedad, confusión e inmoralidad se presenta de modo permanente en una narración en primera persona, en la cual el protagonista nos cuenta, en retrospectiva, la historia de su vida hasta el momento del episodio final (y no, no me refiero a la muerte).

San Sebastiano (oleo sobre lienzo)
de Guido Reni (Italia, 1615).
Me permito hacer algunos spoilers básicos e inofensivos solamente para aumentar curiosidades (y para darle algo de raíces a este texto). Primero, como ya lo había mencionado, el contexto de la narración se da en el marco del Japón de la segunda guerra mundial (hay varias alusiones al malestar social y personal que genera la posibilidad de la bomba atómica, por ejemplo). Hecha esta claridad, el segundo factor que pongo de presente es que, aparentemente, la crisis de identidad de nuestro protagonista está relacionada, en primer grado, con su orientación y sus deseos sexuales.

Así, de entrada, el toque que tiene la narrativa es, en una buena parte, de un carácter erótico que, a pesar de lo explícito, es absolutamente admirable. Tiene, quizás, la mejor (o una de las mejores) descripción de una escena de masturbación que haya leído hasta el momento, a propósito del deleite con la observación de la pieza artística del martirio de San Sebastián.

Si bien esta, a mi parecer, es la pieza fundamental que da pie al desarrollo del pseudo-carácter del protagonista, pongo también como uno de sus pilares cierta apetencia por instintos relacionados con la crueldad y ciertas ansias de superioridad y dominio, relacionadas con el sadismo, que también expresa deliciosamente en algunas ocasiones:

“Conduces a la víctima a una curiosa columna hexagonal, y lo haces llevando oculta, a la espalda, una cuerda. Entonces atas su desnudo cuerpo a la columna, colocándole los brazos por encima de la cabeza. Procuras que ofrezca mucha resistencia y que grite mucho. Das a la víctima una detallada descripción de su próxima muerte, y mantienes en todo momento una extraña e inocente sonrisa en tus labios. Sacas del bolsillo un cuchillo muy afilado, te acercas a tu víctima y le cosquilleas levemente, como acariciándolo, la tensa piel de su pecho con la punta del cuchillo. Da un grito de desesperación y retuerce el cuerpo en un intento de esquivar el cuchillo. Jadea, rugiendo aterrado. Le tiemblan las piernas y sus rodillas entrechocan produciendo un seco sonido. Lentamente introduces el cuchillo en el pecho. (¡Sí, ése es el indignante acto por ti cometido!). La víctima arquea el cuerpo, emite un desolado y desgarrador chillido, y un espasmo estremece los músculos alrededor de la herida. El cuchillo ha sido clavado en la carne estremecida con la misma calma con que hubiera sido enfundado. Salta un chorro de sangre burbujeante, y la sangre sigue manando hacia los suaves muslos de la víctima.”

Digna de tener en cuenta es la dualidad que surge a partir de su sentimiento permanente de culpa en cuanto a su deseo reprimido de dar rienda suelta a sus deseos reales (el cual da paso a llenar el título de la novela, con motivo de la adaptación que debe hacer de su personalidad para mostrarse adecuadamente a la sociedad- y que, de paso, me trae recuerdos del protagonista de “Indigno de ser humano” -mi reseña más visitada). Varias veces hace mención a su cobardía y al deseo de “escape”, al suicidio y temas aledaños, a su permanente sensación de inconformidad con su existencia. Al fin y al cabo, el carácter reflexivo de esta narración es lo que le dota de encanto:

“Fue un doloroso despertar. ¿Por qué tenían que cambiar las cosas? Las preguntas que me había formulado infinitas veces desde la infancia acudieron de nuevo a mis labios. ¿Por qué llevamos todos la carga del deber de destruirlo todo, de cambiarlo todo, de entregarlo todo a la caducidad? ¿Será ese desagradable deber eso que la gente llama vida? ¿O yo soy la única persona para quien es un deber? Por lo menos, no cabía la menor duda de que yo era el único que consideraba que el deber era una carga onerosa.”

Es curioso darse cuenta de las diferencias que el protagonista establece para identificar los vínculos que tiene por sus intereses relacionales en cuanto al género femenino y al masculino. Es interesante poner de manifiesto el carácter sexual, erótico, la “moralidad” de sus deseos, y su misma percepción, completamente inestable, de cada una de sus sensaciones y pensamientos al respecto.

Todos estos factores consolidan con mucha fuerza la crisis de identidad que, en todo sentido, se insertó en su personalidad y que, con motivo de las inseguridades y dudas en las que germinó; en medio de aquellas diatribas que, cuestionando las raíces de su propia moral y su percepción sobre el sentido de la existencia, dan paso a un sujeto del que el lector nunca puede tener una idea fija, pues no se sabe en qué capa de su discurso esté inmerso su verdadero “yo”:

“Incluso la excitación que en mí producía un atractivo efebo quedaba limitada al simple deseo sexual. Para dar una explicación superficial, diré que mi alma seguía perteneciendo a Sonoko. A pesar de que no tengo la intención de aceptar íntegramente el concepto a que voy a referirme, creo que el medieval esquema de la lucha entre el cuerpo y el alma puede aclarar un poco mi situación: en mi caso, mediaba un abismo, puro y simple, entre carne y espíritu. Sonoko representaba para mí la encarnación de mi amor a la normalidad en sí misma, mi amor hacia las cosas del espíritu, mi amor a lo imperecedero.”

Ahora, obviando lo icónico que resulta en cuanto a lo gay esta novela (y que, evidentemente, es lo que más salta a la vista en cualquier reseña), como yo también padezco mi propia crisis de identidad, doy un paso al lado y expongo que lo que ha rondado mi cabeza con mis reflexiones después de la lectura me lleva a hacer un símil entre la figura del protagonista (en esta fase de crisis de identidad, aclaro) y el Japón que dejó el paso de la segunda guerra mundial, que, desubicado y traumatizado con los sucesos, continúa en el declive y la paralización de su cultura por la tensión marcada con occidente (temática muy controvertida y señalada con insistencia en muchas otras obras de la literatura japonesa de la época, como, por ejemplo, “Daisuke”, de Natsume Soseki, una de mis novelas favoritas).

Entonces recuerdo también el origen del “Superflat” y a Takashi Murakami que justifica el origen de dicha corriente artística arguyendo que “Japón ha sido castrado y por eso no tenemos respeto por nuestra identidad cultural”. Me da la impression, justamente, de que el “Superflat” es una clase de materialización del protagonista de “Confesiones de una máscara”:

““Initially, ‘Superflat’ was a keyword I used to explain my work. Once I started using it, though, I found that it was applicable to a number of concepts that I had previously been unable to comprehend, including ‘What is free expression?’ ‘What is Japan?’ and ‘What is the nature of this period I live in?’” (fragmento de "WHAT IS SUPERFLAT?: A GUIDE TO TAKASHI MURAKAMI’S ART MOVEMENT").

"A flower forest", de Takashi Murakami.
Apenas normal y algo curioso es darles caracterizaciones similares a fenómenos que suceden a nivel individual y a nivel sociocultural. Me quedo, pues, con mi pregunta de por qué realmente es importante la identidad propia. ¿En qué momento puede llegar a constituir, la pregunta por el ser, un verdadero caos? La individualización de la forma que cada cual quiere ver –o que ve- frente al espejo puede desembocar en una rotunda negación o en una magnificación del propio ser (pregúntense, quizás, por trastornos de la personalidad, como el narcisismo, la disociación y las identidades múltiples, por ejemplo).

¿Hasta qué punto tiene que pagar el individuo con su propia estabilidad mental para sentirse “parte de”? Las carencias y la sociabilidad de la que está dotado el ser humano, por naturaleza, le llevan a querer validarse ante los ojos de los demás, aunque el nivel al que esto sucede y la relevancia para cada sujeto depende, también, de variables en la cultura misma.

Al menos, al día de hoy, las barreras han tendido a disminuir un poco y, aunque en cada experiencia hay múltiples factores que condicionan el ser y el deber-ser, es posible afirmar que, al menos en los espacios más cosmopolitas, se tienen puertas más abiertas para la libre expresión, y para que muchas personas tengan la opción de mostrar sus opiniones y sus preferencias (ahora, el ser y el quiero-ser, gracias a los engaños múltiples de las redes sociales… pero eso es harina de otro costal).

De todos modos, siempre estaremos expuestos a ese tipo de desviaciones. Al menos, sería lindo saltarse un poco las barreras de la moralidad impuesta sin cuestionamientos suficientes.

© K. Sánchez (29/10/22)

Reseña de “Rashōmon y otros cuentos” de Ryūnosuke Akutagawa

Después de la trilogía de Natsume Sōseki (Sanshiro, Daisuke 💘 y La puerta) quise oxigenarme, en cuanto a mi ciclo de lectura de obras japonesas, con algunos cuentos. Así, me pareció entonces que esta era una ocasión propicia para darle una lectura más cercana a Ryūnosuke Akutagawa (de quien quedé muy interesada luego de leer a Osamu Dazai), y a quien había tenido la oportunidad de leer en algunos cuentos cortos ocasionalmente, sin que me hubiera significado demasiado maravilloso.

Ahora, para mi propia sorpresa y satisfacción, esta colección de cuentos me ha resultado ES-PEC-TA-CU-LAR. Akutagawa tiene un estilo que no había encontrado previamente en autores japoneses -lo que no significa que se desprenda del estilo típico de estos, claro. A pesar de la barrera emocional que se impone como tal en este tipo de literatura, no podría decir que Akutagawa tenga personajes “planos” o que requieran un acercamiento más profundo con el lector: logra trascender perfectamente lo que podría, inicialmente, considerarse un impedimento.

En 'Rashomon' (1950) de Akira Kurosawa.
Amé su simbolismo. Me resultó muy grato tratar de descifrar el fondo de sus historias. Me encantó la crudeza y la dosis de surrealismo que incluye, así como ese tono descarnado que tiene, y esas “chispitas” de lirismo con las que salpica hasta lo más macabro.

Estas son mis breves opiniones sobre cada historia:

  • Rashômon: lindo trasfondo. Me gustan los elementos simbólicos que protagonizan la historia, más que los personajes mismos (que también me resultaron llamativos a pesar de su escasa descripción). El escenario es espectacular.

🌟🌟🌟🌟🌟

  • La nariz: lo gracioso es la seriedad con la que maneja esa sátira tan poderosa.

🌟🌟🌟

  • Kesa y Moritô: adoré la técnica de la narración (narrar desde el punto de vista de ambos personajes). Muchas emociones entre líneas.

🌟🌟🌟🌟

  • En el bosque: la misma técnica narrativa de “Kesa y Moritô”, pero con más personajes. Me pareció mucho más atractivo el fondo de la historia.

🌟🌟🌟🌟

"De todos modos, para poseer a la mujer había que eliminar al hombre. Pero le aclaro, señor, que yo mato con katana, y no como ustedes, que matan con el poder, con el dinero, hasta con el pretexto de hacer un favor. Es cierto que no derraman sangre y sus víctimas siguen viviendo; pero así y todo son muertos, sombras de vivos. Si medimos los alcances del delito, es muy difícil fijar quién es más criminal, yo o ustedes. [Sonríe con ironía]."

  • El biombo del Infierno: llevaba mucho tiempo sin enamorarme de un cuento. Esto es espectacular: la temática es preciosísima, da para varias interpretaciones a lo largo del texto, es exageradamente cruel, macabro y hermoso al mismo tiempo. Es una genialidad.

🌟🌟🌟🌟🌟

"Pero éste, a su vez con los labios apretados y sonriendo a intervalos con sarcasmo, no apartaba la vista del carruaje. Y en medio de las llamas… ¡Ay! No tengo fuerzas para daros los detalles del suplicio. La blancura de su rostro ahogado por el humo, los largos cabellos en desorden arrebatados por las llamas y sus hermosas ropas ardiendo como una tea… Imposible concebir una visión más despiadada. Sobre todo, cuando el viento cesó por un instante, el humo se desplazó hacia el lado opuesto a donde nos hallábamos, y pudimos ver con verdadero horror cómo en medio de esa hoguera, que parecía despedir chispas de oro, agonizaba una bella criatura forcejeando dolorosamente por quitarse las cadenas de su cuerpo. El espectáculo mostraba con elocuencia los tormentos del Infierno. Un estremecimiento nos sacudió a todos."

  • Un cuerpo de mujer: sólo es una perspectiva curiosa.

🌟🌟

  • Sennin: no me resultó lo suficientemente interesante.

🌟

Así, les ofrezco mi lista de opiniones para que, en caso de que quieran conocer al brillante, maravilloso y espectacular Ryūnosuke Akutagawa 😍 (sí, ya estoy plenamente convencida de que lo es), elijan con tranquilidad según mi humilde concepto, cualquiera de las historias que conforman la colección.

😎Bonos extra: recomendadísima la adaptación de Akira Kurosawa (de “Rashômon” y “En el bosque”) y esta reseñita de la misma para que le echen un ojo.

Reseña de “La puerta” de Natsume Sōseki (y opinión de la trilogía que cierra con esta novela)

Llevaba varios meses leyendo la trilogía de este autor, que iniciaba con “Sanshiro”, continuaba con “Daisuke” y finalizaba con La puerta. Voy a iniciar haciendo con la reseña acerca de “La puerta” y, después, daré mi opinión acerca del conjunto que conformaron las tres novelas.

Utagawa Hiroshige, CC0, via Wikimedia Commons
“La puerta” tiene un carácter muy distinto a sus antecesoras. Esta vez el protagonista es un hombre llamado Sosuke, de mediana edad (se podría decir que es de la misma edad o un poco mayor que Daisuke, el protagonista de la segunda novela), casado y que lleva una vida más que modesta. Tiene problemas económicos, debe luchar para que su pobre salario le alcance para lo necesario, y vive en un estado de constante desesperación, nostalgia y frustración. Se trata de la materialización de un personaje que, a pesar de que no es viejo, no espera absolutamente nada de su vida, pues ha perdido todas las expectativas que pudiere haber tenido de la misma.

A diferencia de las novelas que le preceden, en esta no se hacen referencias de carácter artístico, político o intelectual: el ambiente fue creado a propósito de adentrar al lector en la misma burbuja en la que Sosuke se refugió, junto con su esposa, cuando determinó que su vida no tenía un propósito establecido, sin darle espacio siquiera para albergar ningún tipo de resentimiento, esto es, lejos de todo aquello que pudiera darle una percepción de lo que sucedía afuera, a ese mundo que le había rechazado. Nuestro protagonista, esta vez, es un exiliado de las alas de la sociedad, a pesar de que en su juventud contó con condiciones muy favorables para haber logrado algún tipo de felicidad.

“El hecho de que hubieran logrado disfrutar de cierta paz se debía exclusivamente al poder curativo del tiempo, esa bendición de la naturaleza. Y si en alguna ocasión sucedía que escuchaban una voz a lo lejos que les acusaba de haber cometido un pecado, esa voz era tan tenue, tan distante, tan ajena a sus intereses cotidianos, que la impresión que producía en ellos no podía ser nombrada con palabras tan terribles como sufrimiento o miedo. Por otro lado, como no tenían fe para reconocer a Dios o como para alcanzar a Buda, mantenían su mirada fija el uno en el otro. Atrapados en su mutuo abrazo, formaban un círculo que les protegía del exterior. De esa manera, su vida diaria acabó por encontrar cierto equilibrio en medio de una atmósfera de melancolía. En ella saboreaban una especie de dulce tristeza. Ninguno de los dos sabía gran cosa de arte o filosofía, de modo que disfrutaban de esa fruta agridulce sin darse cuenta realmente de lo que tenían, sin regocijarse”.

El lapso en el que se desarrolla la historia es bastante corto, y la misma no ofrece muchas situaciones de importancia trascendental. Apenas dos, si no me equivoco: un factible reencuentro que pone de cabeza el mundo de Sosuke y amenaza con destruir la relativa tranquilidad que trataba de mantener, y la decisión que toma a partir de ello para tratar de encontrarse a sí mismo. Por lo demás, el resto de la historia contextualiza al lector en las situaciones que se han dado para que Sosuke sea la persona que se nos presenta en el momento en que se desarrolla la trama.

Dentro de esta historia que se presenta sobre las circunstancias previas, la que considero más importante y que, en realidad, considero la columna vertebral de la trama, es la relación de Sosuke y su esposa, Oyone (lo cual también es algo completamente nuevo en relación con las dos historias anteriores). A pesar de la vida tan simple que lleva la pareja y del modo en que la sociedad los ha relegado, su amor (que puede ser calificado como simple o desabrido, incluso) les da un respiro a pesar de las dificultades y les mantiene incólumes ante las constantes desdichas que les acechan.

La pareja afrontó situaciones muy complejas y, aún en este rezago de la sociedad, pasaron por la pérdida de varios hijos, dificultades en sus familiares, enfermedades y su desesperanza ya acostumbrada. Y es justo el mismo amor y el aprecio de Sosuke hacia Oyone lo que llevó a este, finalmente, a asumir ciertas dificultades en soledad, para evitar generarle mayores desdichas a ella (a pesar de que era una mujer muy serena y sensata).

“Al darse cuenta de su estado, se compadeció de sí mismo, sin poder dejar de escuchar el paso de las horas en el reloj del salón. En un principio fueron unas cuantas campanadas en rápida sucesión. Más tarde escuchó solo una: el ruido sordo de una única campanada que parecía arrastrarse eternamente por la casa como si se tratara de la cola de un cometa arrastrado por todo el universo. El eco resonó largo tiempo en sus oídos. Más tarde, el reloj dio las dos con su sonido melancólico. Tumbado en la cama, decidió que debía encontrar la manera de tomar las riendas de su vida. Casi sin darse cuenta, el reloj estaba dando las tres. Poco después fueron las cuatro, las cinco, las seis… A lo largo de aquella noche tuvo la impresión de estar entrando a formar parte de un mundo mucho más extenso. El cielo se expandía y se contraía como una pelota colgada de una cuerda elástica. Y, como las olas, la tierra se movía adelante y atrás en el espacio, describiendo un formidable arco. Eran cerca de las siete cuando despertó repentinamente de su sueño. Vio el rostro sonriente de Oyone, que estaba arrodillada a su lado, al igual que todas las mañanas, mientras un sol radiante ahuyentaba de sus ojos el oscuro mundo de los sueños”.

Así, cuando la trama llega a su punto álgido, el protagonista se percata de su pobreza espiritual (que le atormentaba, seguramente, más que la económica) y de su falta de carácter y piensa, entonces, en la idea de la puerta y de si, en algún momento de su vida, logrará cruzar ese umbral para encontrarse consigo mismo y descubrir, quizás, un camino para soportar su existencia humana.

😵 ¿Cómo se enlaza, entonces, la trilogía?

Es sorprendente lo diferentes que son entre sí las tres narraciones, pero lo más curioso es que este factor es el que las une, precisamente. No hay personajes en común en ninguna de las historias (era algo que yo estaba esperando), ni paisajes o algún punto en particular. Considero que es una sucesión de maneras de ver la vida, que podrían tomarse a partir de la edad, las decisiones y el paso del tiempo.

Sanshiro, la primera historia, presentaba un ambiente lleno de gracia e inocencia: el joven de provincia que va a Tokio para iniciar sus estudios universitarios, y empieza a conocer un mundo que no tenía idea de que existía, y que estaba impregnado de relaciones sociales y de personas que eran muy difíciles de entender para la simpleza y la pureza del protagonista. El escenario, que estaba muy bien dotado de apuntes de corte literario y artístico. Y la percepción y el primer acercamiento que tiene Sanshiro con las mujeres y el amor, que le resulta tan complejo en su abordaje, esencialmente por la joven de la cual se enamora. En resumen, fue una historia encantadora y muy tranquila, y su final, si bien puede dejar un sinsabor, es bastante realista y, a mi parecer, “adecuado”.

Descriptor básico de la primera novela: inocencia 💖

Viene luego Daisuke, de lectura mucho más compleja porque el abordaje se da esta vez desde la profunda individualidad del protagonista y sus constantes cavilaciones respecto al tema social y económico, pasando así, esta vez, a dejar el trasfondo artístico de Sanshiro para inmiscuirse más en cuestiones filosóficas y existencialistas. Se puede decir, entonces, que es una segunda etapa: la mediana edad, en la cual el personaje principal ya ha asumido un carácter propio para plantarse frente al mundo que le rodea y a las imposiciones que se le tratan de destinar en virtud de su rol. Aquí ya no hay apuntes graciosos, todo parece un desierto. En cuanto a las relaciones con el género femenino, esta vez el asunto es más difícil porque, de por medio, hay una mujer casada. El punto álgido de la novela hace referencia a las decisiones y a la manera de asumirlas. El final, en esta ocasión, resultó tremendamente trágico, bochornoso y desesperanzador.

Descriptor básico de la segunda novela: angustia 😰

Y se cierra la trilogía con La puerta, que nos ofrece una narración de menor complejidad que las dos anteriores (fluye con mucha más facilidad y, así mismo, los personajes son mucho más “simples”, de algún modo), y que puede tomarse como la siguiente fase de la vida. Se trata también de un hombre de mediana edad, mas este nos trae la novedad de que está casado, creándose así un nuevo panorama frente a las relaciones con el género femenino a comparación de las dos lecturas anteriores.

Como mencioné, curiosamente, esta relación es el punto central de la trama, pues es un factor que moldea el actuar de Sosuke, el protagonista. Referencias artísticas, literarias, políticas o filosóficas ya no hay: esta vez se llena el ambiente de la misma falta de interés y presunta ignorancia a la que voluntariamente se ha sometido el protagonista para soportar su existencia. El final no resultó como los dos anteriores, tampoco. Podría ser, tal vez, una suerte de “final feliz” que, de todas maneras, te deja la inquietud de “esto no será para siempre”.

La tormenta que había amenazado con caerle encima se había alejado sin rozarle siquiera, pero tenía la impresión de que en el futuro se vería obligado a enfrentarse a situaciones parecidas. El destino se la tenía guardada. Era su obligación capear el temporal, ese era su destino y tenía que acostumbrarse a convivir con él”.


Descriptor básico de la tercera novela: frustración 😔

Ahora, bien podría decirse que la relación de Sosuke y Oyone sería, en algún universo, el resultado de que Daisuke y Michiyo hubiesen logrado concretar su relación, pues, al fin y al cabo, en ambas parejas se da la situación de la “deshonra”, la cual conlleva(ría) el exilio de los amantes y el rechazo de la sociedad debido a sus acciones.

También puedo decir que el carácter de los tres protagonistas tiene un factor común que es su falta de carácter. Todos con cierta carga de cobardía que les impide tomar decisiones y enfrentar la vida en muchos aspectos, convirtiéndose en víctimas de su propia pusilanimidad (que trata de disfrazarse con una “falta de interés” también en las tres novelas).

En conclusión, teniendo en cuenta los factores que mencioné, la lectura de esta trilogía da mucho que pensar respecto a la individualidad del ser humano partiendo de las circunstancias que le rodean y del escenario en el que tiene que desenvolverse. Independientemente de sus situaciones iniciales, de su patrimonio, de la favorabilidad de su posición social, de sus intereses (o desintereses) y de su personalidad, las decisiones que toma cada cual y la manera en la que se perciben y se manejan las relaciones sociales. Hombres muy diferentes pueden cruzarse en puntos muy similares, independientemente de lo anterior, siendo la individualidad misma y la capacidad para hacerse, rehacerse y entender la existencia lo determinante para cada final posible.

© K. Sánchez (09/06/22)

Reseña de “Los restos del día” de Kazuo Ishiguro

Me ha resultado un tanto complejo pensar en la estructura de mi reseña para esta ocasión, teniendo en cuenta, primero, en qué tan satisfactoria me pareció su lectura. Había recibido buena retroalimentación en general de Kazuo Ishiguro (Nobel de 2017), así que tenía altísimas expectativas para iniciar.

Como un pequeño marco general, puedo comentarles que el libro es de carácter anecdótico. El protagonista, Mr. Stevens, quien es un mayordomo de, en promedio, unos cincuenta años, se dedica a contar al lector las anécdotas más notorias de su vida para, de este modo, dar a conocer su carácter entre líneas y, así, contar qué fue de su vida al haberla dedicado enteramente a esta labor, funcionando siempre como el hombre de confianza que se sacrifica para ver brillar a otro hombre, dejando su existencia de lado como una sombra, que apenas se dibuja en torno a dicha figura principal y que le da sentido a su existencia.

Así, sirvió durante la mayor parte de su vida a Lord Darlington, un diplomático inglés que estuvo encargado de cuestiones de gran importancia después de la segunda guerra mundial para tratar de conciliar un poco el orden a nivel internacional y que, entre todo ese rollo, no logró salvar su reputación entre tantos devaneos que tuvo con los nazis.

Dentro de este contexto se mueve la historia de nuestro protagonista, quien trae a colación todo tipo de recuerdos mientras emprende un viaje por carretera con la excusa de buscar a la antigua ama de llaves de Darlington Hall, Miss Kenton (ahora Miss Benn, pues contrajo matrimonio), creyendo haber visto en sus cartas una leve esperanza de que retornara a la mansión para que, con nuevo amo en casa después de la muerte de Lord Darlington, le colaborare para sostener la buena marcha del lugar.

Claro lo anterior, voy con las siguientes recomendaciones dentro de mis apreciaciones torpemente estructuradas:

😍Si eres “novato” y vas a leer “Los restos del día”: la primera recomendación para leer este libro es que, primero, ya seas un lector, al menos, medianamente experimentado. Si no estás acostumbrado a leer, si lees sólo cuando te vas a ir a dormir (para llamar el sueño), si no tienes mucho bagaje en general en cuestiones literarias, estoy totalmente segura de que este libro NO te va a gustar.

Aquí no hay dramas, no hay historias frenéticas, no hay saltos locos entre tramas, no hay personajes fáciles, no hay temáticas pasionales o historias ávidas que te enreden y te tengan los ojos pegados al libro con desespero. Aquí, si te desesperas, es porque no sientes que avanzas. El libro, como está dotado de un carácter anecdótico, da esa impresión (y es que, así es) de que todo es tremendamente plano y sin mucho movimiento. Y hay muchas cosas que sólo se dicen entre líneas, correspondiendo al carácter del protagonista.

Escena de la adaptación cinematográfica de 1993
(dirigida por James Ivory)
Es un libro que está entretejido con un trasfondo que da para reflexionar acerca de temáticas muy variadas en cuanto a la experiencia vital que se adquiere con la madurez (porque, además, es un libro que sólo recoge experiencias de la adultez del protagonista), como lo son cuestiones relacionadas con el propósito de la vida y el establecimiento de prioridades, la generación de los conceptos estructurantes de la propia personalidad, el manejo de las relaciones interpersonales, entre otros.

Por último, se encuentra también en ese escenario de fondo, como ya lo mencioné, algunas de todas esas reflexiones entre líneas que se dan a propósito de la posguerra y que, si bien nunca se señalan de modo directo, se entienden si se sabe leer también de este modo.

Con lo anterior es suficiente para sentirse atraído o decepcionado. Así, sácalo de tu lista de lectura si no es esto lo que estás buscando.

😎Si eres “experimentado” y vas a leer “Los restos del día”: lo que hay que decir es que, siguiendo este orden, si no clasificas como lector novato (sea por edad o por experiencia), entonces, por descarte, quedaste en esta categoría. Siendo así, parto del hecho de que, cuando uno conoce sus gustos y alcances literarios, sabe si se puede sentir satisfecho con un libro de carácter anecdótico y que carece totalmente de una trama convulsiva o de esas que se quedan con uno porque “lo atrapan”.

El lector experimentado se conoce lo suficiente para saber a dónde orientarse, tal como creía saberlo sobre sí mismo Mr. Stevens, nuestro protagonista, siguiendo con total firmeza y rectitud su camino y construyendo su destino a partir de lo que, según él, consideró como su concepto de “dignidad” (el cual es, a mi parecer, el hilo conductor de la lectura), el cual, seguramente, se encuentra también condicionado por el servilismo.

Esa dignidad que recoge uno como lector le lleva también a conocer si es uno adepto del estilo literario japonés (si se hace el esfuerzo de reunirlo como una generalidad) y tener la claridad de qué tan atrayente y edificante le resulta, pues es algo que resulta siendo crucial en su esencia. Si bien Ishiguro nació en Japón, fue criado en Inglaterra y, a mi parecer, encuentro como un punto muy interesante esa mezcla de estilos.

En cuanto a forma este libro está lleno de sutileza, está dotado de gran exquisitez en sus formas; muy marcado ese carácter estético en el que, a pesar de la importancia del fondo,  enmarca de modo magistral las formas y los paisajes, llegando casi a dejar de lado la emocionalidad (se encuentra raramente entre líneas, justo porque es la sensación que se quiere dar sobre la personalidad de Mr. Stevens- motivo por el cual no podría considerar esa sensación de distanciamiento del narrador como un error), y logra, a pesar de lo dificultosa que podría resultar la caracterización del protagonista, desarrollarlo con una destreza incomparable. La finura de esta narración es asombrosa.

Dyrham Park, uno de los sitios del rodaje de
la adaptación cinematográfica de 1993 (Becks)
En cuanto el manejo de las temáticas, resalto también el uso que se dio del contexto y de los personajes, muy bien elegidos, para hacer que la esencia de la novela estuviese dirigida, sin saturar, del escenario propio de la posguerra, soltando, de vez en cuando, ciertas posiciones acerca de la misma que resultan también, por sí solas, muy enriquecedoras. Ya en el primer punto de mi reseña resalté algunas de las cuestiones globales que trata el libro, además de esta.

Así, en cuanto al universo interno del protagonista, que es el único personaje al que uno como lector trata de develar permanentemente, a pesar de lo esquivo que resulta y de la escasa empatía que produce por lo plano de su emocionalidad: es el típico hombre que, quizás, en virtud de una educación patriarcalista y basada en esa “dignidad” que ya mencioné, se queda prendado de un rol asistencial que, si bien tiene en razón de su profesión, se convierte en el pilar fundamental de su propia personalidad.

Todo lo que puede analizarse a este respecto es lo que da las claves para entender a este personaje tan interesante, a pesar de una simpleza muy poco colorida y tan poco atractiva, pero con la que, quizás, muchos sujetos podrían llegar a sentirse identificados en cierta medida.

Así, luego de toda esa conducción (literalmente), entre detalles que a veces pueden resultar nimios y aburridos y después de todo ese sacrificio en aras de la “dignidad” de la profesión, luego del encuentro con Miss Kenton (el cual constituyó el fin último de Mr. Stevens) la narración encuentra su punto álgido con la reflexión final del protagonista.

Así, después de un recorrido por anécdotas particulares, no lineales como tal, se concluye con un planteamiento existencial, dando paso a una posición particular en la cual, al favorecerse todo ese panorama de “mirar hacia atrás”, se ponen de manifiesto algunas cuestiones relacionadas con la manera de desenvolverse en la propia existencia, desde la vista, justamente, de la persona que se ve en la obligación de comenzar a vivir su vejez, asumiendo todas las consecuencias del recorrido hecho durante todos los años previos.

Sin spoilers, creo que con lo anterior resulta fácil saber si se agrega o se elimina de la lista de lectura. De todos modos, para efectos de curiosidad, pueden acudir a la adaptación cinematográfica (aquí les dejo el tráiler) realizada en 1993, dirigida por James Ivory, con Anthony Hopkins y Emma Thompson como actores principales.

© K. Sánchez (24/05/22)

La estética de la venganza (reseña de “Lo bello y lo triste” de Yasunari Kawabata)

 “—¿De modo que pensabas en eso? ¿Por qué tienes que preocuparte por una cosa así, a tu edad?

—¡Porque no soy tan tonta como tú, que has pasado veinte años enamorada de alguien que arruinó tu vida!”

Mientras me daba un respiro luego del shock que me produjo la lectura de Daisuke, antes de iniciar con la lectura de La puerta (ambas de Natsume Soseki), decidí regresar a Kawabata con un libro que una fuente muy fiable me había recomendado hacía ya varios meses: Lo bello y lo triste. Así, tenía suficiente curiosidad, habiendo sido tan favorable la impresión que me dejó la lectura de La casa de las bellas durmientes, y habiendo iniciado en el conocimiento de la obra del autor con La bailarina de Izu.

😎Recomendaciones para la lectura (sin spoilers):

Kawabata tiene una prosa que, si bien es hermosa y suave, está llena de símbolos. Por ese motivo, lo ideal es estar muy atentos a detalles particulares que, en este caso, están inmersas en el arte (la pintura) y la naturaleza: infinidades de referencias al color, al paisaje, a las flores, etc. El resto se va descubriendo con naturalidad, y proviene, básicamente, de las actitudes, modos e interacciones entre los personajes, a quienes hay que saber “leer” debido a que, en general, este tipo de prosa no suele interiorizar en el pensamiento o la personalidad de los sujetos sino apenas en lo necesario.

En cuanto a la trama, me ha parecido un manejo interesante, así que vale la pena hacer la lectura. Creo, incluso, que es un buen libro para conocer a Kawabata, si aún no han tenidon  el honor.

👀Resumen de la novela:

‘Sarusawa Pond in Nara’
- Koitsu Tsuchiya (1930's).
Es una novela que insiste constantemente en los recuerdos del protagonista, Oki Oshio, pasados sus cincuenta años, así como de los de Ueno Otoko, quienes habían sido amantes hace muchos años. Para aquel entonces, él contaba con poco más de treinta años, mientras ella tenía sólo quince.

Independientemente de su matrimonio, Oki se relacionó con Otoko durante aproximadamente dos años, hasta que ella quedó embarazada. Al momento del parto perdió a su hija, lo cual le generó grandes problemas a nivel de salud mental, adicionalmente al hecho de reconocer que Oki no tenía el propósito de separarse de su esposa para casarse con ella. Incluso, estuvo internada en una institución psiquiátrica durante varios meses al haber cometido un intento de suicido, motivo que llevó a que su madre decidiera trasladarse con ella a Kioto (la historia transcurre originalmente en Tokio), en vista del inminente fracaso de todo el asunto.

Oki, escritor, basado en la historia que vivió con Otoko, escribió una novela llamada Una chica de dieciséis, en la cual narraba muchos acontecimientos particulares mediante los cuales se justifica la manera en la que ella marcó su vida, a pesar de su corta edad (libro que, evidentemente, fue leído por ella), obra que tuvo gran acogida entre sus contemporáneos y fue muy elogiada por la crítica. Hay una parte del libro que es especialmente cruda, en la cual se relata que Fumiko, la esposa de Oki, quien hacía algunas labores de edición para las obras de este, conociendo que se trataba de la historia de su amante, decidió, igualmente, hacer el mismo trabajo para esta obra.

Si bien ella, desde hacía tiempo conocía acerca de la infidelidad de su esposo, se sometió a este tipo de tormento para conocer, de primera mano y mientras se le rompía el corazón, lo que había sucedido (al fin y al cabo, era algo que no podía pasar invisible a sus ojos). A pesar de ello, el matrimonio continuó tranquilamente, la pareja tuvo otro hijo y Oki no volvió a saber nada de Otoko durante un buen tiempo.

Ella se convirtió en pintora años después y, al aparecer en revistas, Oki se enteró de que estaba viviendo en Kioto. Así, con la esperanza de verla nuevamente, Oki usó como pretexto la idea de ir a Kioto a escuchar las campanas de la medianoche en el fin de año, y la llamó al llegar. Ella accedió a verle, a pesar de comportarse de modo bastante reservado y tratando de evadir estar a solas con él. Se dice que ambos reconocieron, sólo con sus miradas, que aún se amaban tanto como antes. En cuanto a Oki, transcribo el siguiente fragmento:

“Oki no sabía lo que ella podía haber sufrido, ignoraba las dificultades que debía de haber superado; pero su éxito le produjo profundo placer. Un día encontró un cuadro de ella en una galería. Su corazón dejó de latir. No era una exhibición de sus obras; sólo uno de los cuadros le pertenecía: el estudio de una peonía. En el extremo superior de la banda de seda había pintado una peonía roja. Era una vista de frente de la flor, en un tamaño superior al natural, con pocas hojas y un único pimpollo blanco en la parte inferior del tallo. En aquella flor enorme creyó ver el orgullo y la nobleza de Otoko. Lo adquirió inmediatamente, pero como llevaba la firma, decidió donarlo al club de escritores al cual él pertenecía y no llevarlo a su casa. En la pared del club, la tela le causó una impresión diferente de la que le había causado en la abarrotada galería. La enorme peonía roja parecía una aparición. La soledad parecía brotar de su interior.”

Y, frente a los sentimientos de Otoko:

“El tiempo pasó. Pero el tiempo se divide en muchas corrientes. Como en un río, hay una corriente central rápida en algunos sectores y lenta, hasta inmóvil, en otros. El tiempo cósmico es igual para todos, pero el tiempo humano difiere con cada persona. El tiempo corre de la misma manera para todos los seres humanos; pero todo ser humano flota de distinta manera en el tiempo.

Al aproximarse a los cuarenta, Otoko se preguntaba si el hecho de que Oki siguiera dentro de ella significaba que esa corriente del tiempo se había estancado, en lugar de seguir su curso. ¿O acaso la imagen que ella conservaba de él había flotado con ella a través del tiempo como una flor que avanza aguas abajo? Ella ignoraba cómo había flotado su propia imagen en la corriente de Oki. No podía haberla olvidado; pero, sin duda, el tiempo había corrido de manera diferente para él. Las corrientes del tiempo nunca son iguales para dos personas, ni siquiera cuando son amantes…”

Otoko tenía entonces una discípula: una joven mucho menor que ella, llamada Keiko, a quien se le describía como una mujer muy agresiva, bastante apasionada, radical y obstinada, además de hermosa y talentosa en la pintura. Así, además de ser su aprendiz, también resultó siendo su amante. Ella estuvo presente, entonces, en el momento del reencuentro de los viejos amantes y notó, evidentemente, que aún quedaban restos de la pasión que hubo entre ambos, lo cual la llenó de indignación y de temor.

Decidió entonces que deseaba vengarse de Oki porque, además de ocupar aún el corazón de su amada Otoko, le había herido profundamente al haberla abandonado cuando era joven. Así que, todo lo que viene a continuación parte de los sucesos que se dieron a partir de este propósito.

“—Está bien así —la detuvo Otoko—. ¿Quieres decirme ahora por qué hablas de venganza?

—Tú sabes muy bien por qué.

—Yo nunca he pensado en semejante cosa. No la deseo en lo más mínimo.

—Porque todavía lo amas… porque no podrás dejar de amarlo mientras vivas. —La voz de Keiko se ahogó—. De modo que quiero vengarte —concluyó.

—Pero ¿por qué?

—¡Yo experimento celos a mi manera!”.

El primer paso fue tratar de seducir directamente a Oki. Y lo logró. Pasaron una noche juntos y, en el transcurso de la misma, Keiko confirmó que, en realidad, Oki seguía sintiendo amor por Otoko (dato curioso: Keiko le impidió tener contacto con su pezón izquierdo).

Al regresar a Kioto, esta le comentó a Otoko que había logrado seducir a Oki (cabe resaltar que Otoko nunca estuvo de acuerdo con la venganza que tanto deseaba Keiko y que tuvieron varias discusiones debido a este tema) y, después de una conversación supremamente incómoda entre ambas, esta última percibe que algo extraño había sucedido en Keiko a partir de la noche que pasó con Oki, lo cual se evidenciaba, incluso, en su estilo para pintar.

El segundo paso fue iniciar con lo pertinente para seducir a Taichiro, hijo menor de Oki. Este viajó a Kioto con la excusa de hacer una exploración relacionada con sus estudios universitarios, mas siempre tuvo en mente volver a ver a Keiko (a quien tuvo la oportunidad de conocer anteriormente, antes de que esta sedujera a Oki). Logró también su cometido (dato curioso: Keiko le impidió tener contacto con su pezón derecho).

Para terminar, había obligado a Taichiro a que le prometiera ir a pasear en una lancha (haciendo ya directas alusiones a lo que iba a suceder).

“Al salir de la piscina, Keiko alquiló una lancha e invitó a Taichiro a acompañarla en su paseo por el lago.

—Está oscureciendo —señaló él—. ¿Por qué no mañana?

—¿Mañana? —Los ojos de Keiko se iluminaron—. ¿De modo que te quedas?… No sé qué ocurrirá mañana. ¿No tengo razón? De todos modos, cumple esta promesa. Regresaremos enseguida. Quisiera estar a solas contigo en el lago por unos minutos. Quiero que nos abramos paso a través de nuestro destino y que flotemos sobre las aguas. El mañana siempre se nos escapa. Vayamos hoy. —Lo arrastró de un brazo—. ¡Mira cuántos barcos navegan aún! —lo animó”.

La escena siguiente a ello presenta a Keiko, medio muerta y sedada, en una cama en el hotel, luego de haber sido rescatada de un accidente en lancha. El cuerpo de Taichiro no había sido hallado.

💗Conclusiones:

Me encuentro con una lectura tan encantadora como las que había hallado en Kawabata en las ocasiones anteriores. Una cantidad de recuerdos, de nostalgias llenas de trasfondos infinitos, rodeados de miles de colores (que es lo que más adorable he encontrado aquí debido a la viva descripción que se hace de la pintura, de los colores del paisaje, de lo que evoca mediante la luminosidad cada fenómeno de la naturaleza, de la variedad de flores –muchísimas- que se mencionan en momentos muy particulares), y de las sensaciones tan particulares que se evocan entre todas las posibles combinaciones: la crueldad, la ternura, el rencor, el amor y la sexualidad desfilan y se entremezclan para dar unos resultados de intensidad altísima si se lee esta obra teniendo en cuenta, paralelo a la trama, la representación de todos esos modos en que se configuran las relaciones y las emociones humanas.

“Aun cuando era la época en que los cerezos estaban en flor, era muy poca la gente dispuesta a visitar el lugar con lluvia. Ésa era otra de las razones por las cuales Otoko amaba la lluvia. La brumosa lluvia primaveral suavizaba el perfil de la montaña que se levantaba más allá del río y la embellecía más aún. Tan mansa era la lluvia que las dos mujeres apenas si advirtieron que se estaban mojando, mientras caminaban de regreso al coche. Ni siquiera se molestaron en abrir los paraguas. Los delicados hilos de agua se perdían en el río sin alterar su superficie. Las flores de cerezo se entremezclaban con tiernas hojas verdes y los colores de los árboles florecidos se esfumaban en la lluvia con matices sutiles.”

Así, siendo que el eje que le da forma a toda la historia parte de la venganza, esta se puede interpretar de muchísimas maneras, siendo que, al final, hay que preguntarse varias veces, en realidad, a qué obedeció que todo llegara a darse de ese modo, y qué tan planeado resultó siendo cada acontecimiento. Todas las figuras y la estética que hubo detrás de esas personalidades y cada una de sus historias, es lo que lleva, en medio de tales juegos de colores, a un final que se dibuja y se desdibuja a la vez. Al fin y al cabo, el arte siempre depende de la subjetividad…

© K. Sánchez (01/05/22)

Sobre el peso de las decisiones (reseña de “Daisuke”, de Natsume Sōseki)

Daisuke, segunda parte de la trilogía iniciada con Sanshiro (cuya reseña puse a disposición previamente), fue publicado un año después, esto es, en 1909. Ya algo acostumbrada al estilo de Soseki, tenía como muestra previa también a Kokoro. Por lo tanto, tenía bastante curiosidad por saber el estilo y la trama general de Daisuke.

Al conocer que se trataba de la segunda parte de la trilogía, pensé que, seguramente, tendría un estilo también gracioso, con brillitos de inocencia o la misma vivacidad; al menos, esperaba que las historias se conectaran por algún personaje en particular, en algún punto, pero no fue así, de ninguna manera. Lo único que tenían en común era que las historias se desarrollaban en Tokio y, quizás, que ambos protagonistas eran hombres bastante cobardes.

😎Recomendaciones para quien desee leer la obra:

  • No considero necesario leer primero Sanshiro, a pesar de que sea esta la primera parte de la trilogía. Como mencioné, son historias independientes.
  • A diferencia de Sanshiro (para quienes lo leyeron previamente), aquí no hay comentarios graciosos, no hay atisbos de inocencia o de inexperiencia, las referencias al arte y a la literatura son muy mínimas y ambos protagonistas son totalmente distintos. El enfoque en esta novela está orientado a las costumbres, la moral y las estructuras sociales.

(…) Fíjate, a Japón se le van a romper las tripas y las consecuencias de eso se verán en cada uno de sus individuos. Un pueblo así de oprimido por Occidente no tiene tiempo libre para cultivar su mente y por eso no puede hacer nada que merezca la pena. Recibe una educación despojada hasta de sus huesos, que obliga a tener las narices tan pegadas a la rueda del molino al que estamos enganchados que al final nos mareamos y acabamos por padecer todo tipo de crisis nerviosas. Intenta hablar con la gente. Normalmente son todos estúpidos. No han pensado nunca en nada más que en sí mismos, el día en el que viven, el instante preciso en que lo hacen. Están demasiado exhaustos para pensar en otra cosa y no es culpa suya. Por desgracia, el agotamiento del espíritu y el deterioro del cuerpo van de la mano. Y eso no es todo. El declive de la moral también se ha instalado entre nosotros. Mires donde mires en este país, no encontrarás ni un solo rincón glorioso, brillante. Son todo lugares sombríos. Por mucho que yo diga o haga, ¿cuál sería la diferencia con ese panorama? (…)”.

  • Es un libro lento. Toda la historia se encuentra centrada en la figura de Daisuke, el protagonista, en sus reflexiones, y se enfoca casi exclusivamente en describir su manera de ver la vida y la sociedad de la época, mientas la trama se desarrolla de modo que se puede considerar muy repetitivo.
  • Es importante conocer un poco el contexto del Japón de la época para que resulte más fácil comprender el pensamiento del protagonista. Una de las claves es conocer las generalidades de la era Meiji y el proceso de occidentalización de la región (tema que ya se trataba en Sanshiro), así como el debate entre la tradición y la modernidad.

Si bien con menos frecuencia que en Sanshiro, en esta novela también se hacen algunas referencias a cuestiones artísticas y literarias, aunque el enfoque de esta era más hacia 

👀Resumen de la trama:

Fue un libro que me costó trabajo leer. Lento, pesado, repetitivo. Los mismos dilemas de Daisuke todos los días, excesiva falta de acción y un estado de cosas que, aparentemente, era inmodificable; te hastía, te aburre, te hace pensar que todo será igual hasta el final. Pero esa atmósfera densa y monótona resultó ser fundamental para darle un impacto increíble al final del libro. Eso lo entendí con el suspiro que tuve con el punto final, sucedido por un silencio largo de esos que enmascaran un “¿qué carajo acabé de leer?”.

Dice la contraportada que Daisuke era un tipo “perezoso” o “atolondrado”, pero considero que son palabras muy alejadas de la realidad de la narración. Daisuke era un hombre de 30 años, hijo de una familia de comerciantes bastante adinerada y de renombre, que, contrariando la voluntad de su padre, no estaba interesado en contraer matrimonio. Habían hecho numerosos intentos por buscarle una mujer, pero este, como cosa normal de su temperamento, evadía siempre los posibles compromisos. Lo describo más como un sujeto con una sensibilidad exacerbada, ansioso, reflexivo, de modales muy refinados y basto conocimiento intelectual (gran influencia de occidente), incapaz de tomar posiciones radicales (en la vida real) frente a cualquier cosa.

A pesar de que Daisuke tenía un título universitario, nunca había querido ejercer una profesión, no tenía tampoco una motivación precisa para hacerlo y, además, no le era necesario porque su padre se encargaba de otorgarle una asignación mensual para los gastos de su casa y de su vida diaria. Así, pasaba los días sumido en sus lecturas, dando vueltas en su cabeza a las mismas razones que le hacían abstenerse de conseguir un trabajo o de hacer su vida como un hombre casado. Ocasionalmente visitaba a su familia, teniendo una relación estrecha con su cuñada, quien resulta importante en algunos momentos de la narración.

Daisuke había tenido un gran amigo durante su época de estudios, Hiraoka Tsunejirō, con quien se reencontró debido a que este había regresado a Tokio al haber perdido su empleo. Este, hace algunos años, había contraído matrimonio con una joven llamada Michiyo, quien también fue amiga de Daisuke tiempo atrás. Una vez finalizado este reencuentro, se revela que el carácter de ambos ha cambiado mucho y, en resumen, no resulta ser muy afortunado.

Independientemente de ello, pasado un tiempo, Michiyo se toma la tarea de buscar a Daisuke requiriendo cierto apoyo económico debido a lo tenso de la situación económica por la que está pasando junto con Hiraoka. Como era de esperarse, la relación de la pareja no iba muy bien a partir de ello, aunado a que, tiempo atrás, Michiyo había perdido su primer embarazo a causa de una enfermedad.

Debido a que no contaba con independencia económica, a Daisuke no le resultaba sencillo ayudar a sus viejos amigos, pero trató de conseguir el dinero suficiente, incluso, pidiéndolo prestado a su hermano, quien se negó a colaborarle. En general, la situación familiar de Daisuke iba cada vez de mal en peor (tenía una relación muy compleja con su padre), pues era bastante irritante ya mantener a un hombre que, además, se rehusaba a casarse, a conseguir un trabajo o a hacer cualquier cosa determinante con su vida.

Así, en el transcurso de dicha temporada no sucede nada realmente concluyente, se dan algunos sucesos sin mayor importancia en sí, pero dentro de los cuales se puede determinar con enorme claridad los móviles que han llevado a Daisuke a tomar una posición tan pasiva frente a una existencia en un tiempo en el que no se sentía preparado para vivir, a fin de cuentas.

En cierto momento de la lectura se revela que el hecho de que Daisuke haga tantos esfuerzos por ayudar a Michiyo (no esperaba, realmente, ayudar a Hiraoka) en su crisis económica, corresponde a que estaba enamorado de ella desde antes de que se casara. En virtud de su desidia y de su aparente desinterés, por lo tanto, decidió incluso facilitar su matrimonio. Mas no le fue posible seguir ocultándose a sí mismo sus sentimientos hacia ella, a pesar de que ello implicaba enormes dificultades, al tratarse justamente de una mujer casada.

“Miraba en silencio la cara de Michiyo y observó cómo la sangre se fugaba de sus mejillas hasta dejarlas casi lívidas. Por primera vez, Daisuke fue consciente del peligro que suponía quedarse frente a ella un solo minuto más. Sus palabras, que nacían de una simpatía mutua y natural, les habían empujado hasta el borde de un precipicio. Era cuestión de segundos que sobrepasasen los límites fijados por la sociedad. Daisuke disponía de los recursos suficientes para retirarse a tiempo como si nada hubiera pasado si llegaba el caso e iban más allá de lo permitido. Siempre que leía novelas occidentales, le invadía la sospecha de que las relaciones amorosas eran demasiado abiertas, caprichosas y directas. Incluso en ocasiones excesivamente densas. En el caso de que uno pudiera leerlas en su idioma original, la percepción cambiaba, pero difícilmente podía traducirse eso al japonés. Por tanto, no tenía la más mínima intención de usar frases importadas en su relación con Michiyo. Entre ellos dos bastaban las palabras corrientes. El peligro no estaba ahí, sino en resbalar y cruzar la línea sin darse cuenta. Daisuke logró mantenerse en su lugar a duras penas”.

Mientras estas dudas asaltaban su cabeza, la familia de Daisuke hacía nuevamente un intento por conseguirle una esposa, y él se había sentido obligado a conocerla y a toda la parafernalia que significaba el posible matrimonio. Se describe a la mujer como una joven insulsa y sin gracia, sin conocimientos e intereses en particular, apenas con una imagen aceptable y, eso sí, pariente de una familia de prestigio, lo cual favorecería la posición económica de ambas familias.

“Siempre había mantenido la teoría de que el hombre estaba acabado cuando le daba más importancia a las patatas que a los diamantes. Si atraía hacia sí la cólera de su padre y sus peores augurios se hacían realidad, rompiéndose definitivamente sus lazos financieros, no le quedaría más remedio que renunciar a su diamante y dedicarse a roer patatas. Podía abandonarlo todo y solo le quedaría el amor que le llegaba de forma natural para compensarlo. Y el objeto de ese amor era la mujer de otro hombre”.

Cada vez más seguro de que no deseaba este matrimonio, Daisuke decidió hablar con Michiyo y preguntarle si correspondía a sus sentimientos y, a su vez, pensar en si existía alguna alternativa posible para que lograran estar juntos. Así, en medio de una conversación muy emocional (hermosísima, a mi parecer 💖), ella admite amarle también y dice estar dispuesta a renunciar a su matrimonio para estar con él, a pesar de las consecuencias que esto pudiera generar (desde económicas hasta sociales). Decisión bastante valiente (y arriesgada) sabiendo el deshonor que podía significarles.

“Daisuke observó las lilas blancas y se abandonó al embriagador olor que inundaba la habitación. El aroma le traía a la memoria algunas escenas del pasado de Michiyo. Indisolublemente unido a ese pasado, estaba el suyo propio. Se mezclaban y confundían como bocanadas de humo.

—Hoy, por primera vez, vuelvo al pasado que nunca debería haber abandonado —dijo en voz alta.

Al ser capaz de decirlo, sintió una cierta paz que se apoderaba de todo su cuerpo, una paz como no había conocido en años. ¿Por qué no lo habría hecho antes?, se preguntó. ¿Por qué había tratado de resistirse todo ese tiempo a la naturaleza, al destino? En la lluvia, en las flores, en su pasado revivido, contempló una vida pura de paz no adulterada. No había espacio para el egoísmo en esa vida; no existía el interés ni en su cara ni en su cruz. No había pérdida ni ganancia ni una moralidad opresiva. Solo había libertad como nubes flotando en el espacio, una naturaleza que fluía como el agua. Todo era gozoso. Todo era bello”.

Lilas blancas  (Edouard Manet) Óleo sobre lienzo, 1883.
Es así como decide enfrentar a su padre y, a pesar de que ya todos daban por sentado el futuro matrimonio que habían tratado de convenir, rechaza la propuesta, a pesar de sentirse un poco compungido debido al estado de salud de su padre, lo cual le hacía más dificultoso mantenerse en su decisión, la cual era la primera decisión real que tomaba a lo largo de toda la novela (y de una buena cantidad de años de su vida) y que implicaba un deseo verdadero de afrontar el mundo en todas sus dimensiones.

Superado el primer obstáculo, el cual consistía en rechazar dicho matrimonio, el siguiente paso era revelarle a Hiraoka sus sentimientos y, convenciéndole de que en su matrimonio no había amor ni estima mutua, pedirle que la dejara libre para estar con él, pues sus sentimientos eran correspondidos. Después de varios días de angustia y ansiedad al no poder contactarse con él, finalmente se encuentran y tienen una conversación muy difícil al respecto (otra también digna de resaltar dentro de la obra por la pasionalidad y la nostalgia que la envuelve).

En conclusión, Hiraoka accede a entregarle a Michiyo, pero con la condición de que espere a que se recupere, pues debido a la tensión emocional que había estado padeciendo las últimas semanas, esta había caído gravemente enferma. A su vez, le pide que no vuelva a su casa y que desaparezca por completo de su vida y, así, tan pronto como Michiyo estuviera convaleciente, él se la enviaría.

A la mañana siguiente, después de pasar por fuertes episodios de agitación y de ansiedad debido a la incertidumbre, recibió una vista inesperada de su hermano. Este le extendió una carta (la cual no se presenta en la novela) firmada por Hiraoka, le preguntó si era verdad lo que se decía en la misma y si el sostenía algún tipo de relación con Michiyo. Al recibir una respuesta afirmativa, su hermano le informó que, en ese caso, su padre le enviaba como mensaje lo siguiente: «No quiero ver a Daisuke nunca más en mi vida. Puede ir donde quiera, hacer lo que quiera. Como contrapartida, nunca más volveré a tratarle como si fuera mi hijo y espero que él no me considere más su padre». Así las cosas, al ver que Daisuke no pedía perdón o negaba lo escrito en la carta, su hermano también le retiró sus afectos.

Así, en una atmósfera saturada de una angustia indecible que se venía incubando desde los últimos tres o cuatro capítulos, que no da un espacio para respirar y en la cual se desemboca luego de esa pasividad que había caracterizado la mayor parte del libro, el derrumbe de todos los acontecimientos se da, entonces, de una de las maneras más catastróficas posibles y arrastra con cualquier atisbo de esperanza que se pudo haber engendrado. Daisuke fue entonces expulsado de su familia, viéndose obligado a asumir la vida sin sentido que siempre estuvo tratando de esquivar. Además de ello, la traición de Hiraoka, además de lo que en sí significaba, también el final inconcluso debido a que no se cuenta qué sucedió finalmente con Michiyo, pues este no pudo volver a verla ni supo nada más de ella.

El final de la obra tiene una fuerza increíble (tanto que todavía me da vueltas en la cabeza), desde la forma hasta el fondo; preciosísimo, envolvente, tremendamente descriptivo de un estado mental no tiene un nombre exacto:

“Daisuke caminaba a toda prisa bajo el sol abrasador. Estaba a punto de echar a correr. El sol golpeaba inmisericorde su cabeza. El polvo seco de la calle cubría sus pies desnudos como si fueran cenizas. Sentía como si le estuvieran quemando. Caminaba y no dejaba de repetirse: «Me estoy quemando, me estoy quemando».

(…)

De pronto, se fijó en un buzón rojo. El color saltó al interior de su cabeza y allí empezó a girar. Junto al letrero de una tienda de paraguas, colgaban expuestos cuatro parasoles también de color rojo, uno encima de otro. Ese rojo saltó una vez más dentro de su cabeza y se arremolinó en un tumulto. En un cruce, un hombre vendía globos rojos. El tranvía giró de repente y los globos le siguieron hasta meterse en su cabeza. Un coche rojo de Correos pasó junto al tranvía en dirección contraria y su cabeza también lo absorbió. La cortina de un estanco por el que pasaron era roja. Había un anuncio de rebajas de color rojo. El poste de la electricidad era rojo. Una tras otra, todas las señales estaban pintadas de rojo. Al final, el mundo entero se volvió de color rojo y, con él en el centro, empezó a girar y girar a su alrededor desprendiendo enormes llamaradas de fuego. Daisuke decidió que seguiría allí hasta que su cabeza se hubiera consumido por completo”.

Así, mientas me quemo lentamente 🔥 no saco de mi cabeza la idea de lo importante que es para el ser humano habituarse a tomar decisiones y, si bien es importante ser observador pasivo en muchos momentos respecto a sí mismo, el papel activo es determinante para materializar todas las reflexiones a las que se llega, so pena de llegar a estados como la desidia o la falta de carácter. 

Si bien los escenarios posibles son múltiples y nunca se tiene certeza absoluta frente a la mayoría de asuntos que nos competen, el afrontamiento es la única experiencia válida para calificar lo que se conoce, lo que se pretende conocer y, en últimas, para moldearse y modificarse a uno mismo indefinidamente.

Pronto iniciaré con La puerta, novela que finaliza la trilogía. Voy a darme un respiro con algo de Kawabata mientrasme siento preparada para retomar. 

© K. Sánchez (14/04/22)

La inherente miseria humana y el papel de la fatalidad – Reseña de “El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes”, de Tatiana Tibuleac

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