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La inherente miseria humana y el papel de la fatalidad – Reseña de “El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes”, de Tatiana Tibuleac

Esta lectura (de Tatiana Țîbuleac, novela escrita en 2016) tiene mezcladas una buena cantidad de cosas complicadas y súper. Ofrece, además de una extensión amable para el lector curioso, un lenguaje lo suficientemente asequible y que, sin lugar a dudas, refleja con suficiencia el vacío, la ira y la frustración que irradia el protagonista de la historia, quien, a pesar de su apariencia de tremenda simplicidad emocional, no deja de expresar a través de sus experiencias y su explosivo comportamiento, un universo interior con el que, hasta cierto punto, puede uno llegar a identificarse en una que otra ocasión.

¿Es acaso posible sentir empatía por un sujeto que, en medio de su narración descarnada, admite sin ningún tipo de vergüenza odiar a su madre? Yo logré sentirla. Es un personaje que se vuelve versátil a pesar de la poca empatía que puede llegar a generar. Un sujeto que, además de sus problemas mentales, pasa justamente por la adolescencia, y que está convencido de que “(…) los seres humanos están enfermos y podridos y lo saben, pero fingen solo por miedo estar sanos y ser buenos. Y porque así es más fácil”. Con esas condiciones, no resulta posible ni deseable frenar ningún ataque de ira, ni pensar en sus consecuencias.

Tomada de Pixabay. Modificada.
A propósito de los episodios traumáticos que puedan marcar la existencia de cada cual y que, sucedidos en la niñez, generen cierto tipo de condiciones que puedan afectar el funcionamiento medianamente normal de la mente humana (si esta es una clasificación prudente), estos pueden encontrarse como una justificación del actuar y de la personalidad de nuestro “héroe”.

Y no me molesta calificarlo como héroe, y le quito las comillas a partir de ahora, porque son perceptibles sus transformaciones a lo largo del verano que presenta la autora. Un pequeño lapso en el que uno logra sentirse lo suficientemente incómodo por la presencia de ese héroe maltrecho, desventurado y excesivamente humano como para aceptar todos sus sentimientos sin necesidad de ocultarlos (a pesar de que, seguramente, esto no represente ningún mérito).

Y ahora, ¿de dónde aquella idea de la inherente miseria del ser humano? ¿Por qué eso tiene alguna relación con la fatalidad, y qué tan estrecha es la misma? Fuera de nuestro control siempre estarán muchos factores. Pero es inevitable que aquellas personalidades afectadas por alguna íntima desgracia, en algún momento de su vida, se pregunten “qué hubiera pasado si…”:

“(…) Allí, en la barriga, mi abuela recuperaba la vista. Mika estaba viva y yo sonreía. Mi padre era Pavel-el-de-los-ojos-azules, y mi madre trabajaba como profesora de Biología, como rezaba su diploma. La barriga de matrioska de la abuela era nuestra verdadera vida, y lo que nos había sucedido fuera de ella no era sino un mal sueño del que solo podíamos despertar muertos”.

Algunos de esos factores, en ocasiones, pueden depender enteramente de nosotros mismos, así como otros pueden estar alejados de ello, lo cual no implica que aquello a lo que llamamos “culpa” se inmiscuya en cualquier momento, como una respuesta evidente, quizás, ante situaciones desastrosas o de pérdida, que impliquen inmenso dolor y cierta sensación de injusticia o sabotaje en contra nuestra, como protagonistas de nuestra propia existencia.

Es común ver cómo hay personas que argumentan, de este modo, la inexistencia de un dios, porque, si algún ser omnipotente existiera, la desgracia y la fatalidad que esta conlleva no tendrían lugar. Si bien nuestro héroe nunca apela al papel del cielo (aunque admite en algún punto haber rezado), tiene muy claro que la vida no es una posesión valiosa, sino todo lo contrario. Es un sujeto que, por medio de nuevas desgracias, se familiariza de maneras diferentes con el entorno, sin que la vida logre menguar el destino al que estuvo llamado desde que su niñez. Y está totalmente convencido de su suerte.

“Ni amado, ni deseado, ni desechable, una especie de lámpara en forma de tulipán en casa de unos ciegos. Un frasco de perfume vacío. Un jarrón de cristal con palomas en la mesa de una muerta. Si hubieran existido mercadillos de personas, mi madre y mi padre me habrían cambiado por un pulverizador o, simplemente, me habrían abandonado debajo de un tenderete y habrían salido corriendo”.

Probablemente un efecto matemático logró que, una desgracia sumada a otra, dieran como resultado, al menos, ciertos sucesos afortunados. Es difícil imaginar, para quien no ha pasado por ello, la carga emocional y el telón oscuro que se abre al momento de lidiar con la enfermedad de una persona cercana (independientemente de lo querida que sea para nosotros) y su subsiguiente desahucio. Se dice que nunca se está debidamente preparado para aceptar los designios de la muerte. Y justo allí reside el corazón de esta lectura, porque es cuando nuestro héroe se percata de que él sí tiene un corazón, y uno muy sintiente, a pesar de que ello no tenga mucha relevancia.

“A veces, cuando pienso en la muerte y me pregunto qué pasa con las personas después, a continuación, al final… los recuerdos son mi respuesta. El paraíso —para mí al menos— significaría vivir una y otra vez aquellos pocos días como si fuera la primera vez. Y que Dios o algún ángel menos ocupado mantuvieran mis ficheros en repeat. Siempre he sabido que voy a ir al cielo porque pido poco y no necesito que nadie me atienda”.

Ahora, no dejo de lado las enormes referencias simbólicas que tiene este libro y la belleza de narración de la que está impregnado hasta la médula, a pesar de esa coraza tan densa que conforma la historia y a los personajes. El girasol, la bicicleta, Moira (y el significado de su nombre), la pintura, los pentágonos, las ferias del pueblo, la bañera, las salchichas y la cerveza, y lo que oculta el fondo de unos ojitos verdes:

“Los ojos de mi madre eran un despropósito.

Los ojos de mi madre eran los restos de una madre guapa.

Los ojos de mi madre lloraban hacia dentro.

Los ojos de mi madre eran el deseo de una ciega cumplido por el sol.

Los ojos de mi madre eran campos de tallos rotos.

Los ojos de mi madre eran mis historias no contadas.

Los ojos de mi madre eran las ventanas de un submarino de esmeralda.

Los ojos de mi madre eran conchas despuntadas en los árboles.

Los ojos de mi madre eran cicatrices en el rostro del verano.

Los ojos de mi madre eran brotes a la espera”.

© K. Sánchez (18/04/23)

¿Es destino o es decisión? – Reseña de “Una cuestión personal” de Kenzaburō Ōe

Introducción breve: Kenzaburō Ōe es un escritor japonés que ganó el nobel de literatura en el año 1994. Vamos ahora con el fondo del asunto, frente a lo cual sólo considero pertinente agregar que los acontecimientos aquí narrados provienen de situaciones personales que hicieron parte de la vida real del autor, esto con el nacimiento de su hijo, Hikari Oe, quien, a pesar de su discapacidad, se convirtió en compositor musical. Otras de sus obras también giran alrededor de este particular.

Es así como esta narración, publicada en 1964, parte de una situación que lleva al protagonista, a quien se le conoce como “Bird”, a replantearse toda su existencia, su sentido y su permanencia en la misma. Me permito hacer el adelanto porque no se pierde nada con ello: su esposa acaba de dar a luz a un hijo con una tremenda deformidad en la cabeza. Así, desde el principio, sale a relucir el hilo conductor de los sucesos, y este hace referencia a la manera en la que el individuo asume las condiciones complejas a las que se ve enfrentado en ciertos momentos de su vida.

Es curioso ver cómo el ser humano, dependiendo de sus debilidades, de sus costumbres, de su cultura y de su historia personal, entre otros, define sus propios métodos autodestructivo (unos más evidentes que otros, quizás). Es curioso explorar, a través de otros ojos, la importancia que tiene para cada cual los distintos ámbitos de la vida y las percepciones de los principios y la moral.

A propósito, este libro, además de captar de manera muy sincera una relación compleja con el alcohol, transmite una impresión muy clara acerca de la sensación que puede sentirse cuando, después de evitarlo, se vuelve a caer en la espiral y se teme inmensamente al resultado. Y más que eso, quedé tremendamente satisfecha al haberme encontrado aquí la mejor descripción de una resaca bastante bochornosa (así como en “Confesiones de una máscara” encontré la mejor descripción de una escena de masturbación), tanto así que puede uno sentirla en carne propia, junto con todo el dolor y la miseria que se puede llegar a sentir en esas ocasiones.

“Cuatro semanas más tarde, Bird se recuperó de una dolorosa borrachera de setecientas horas y descubrió en sí mismo, desgraciadamente sobrio, la desolación de una ciudad destrozada por la guerra. Era como un débil mental al que solo le quedara una mínima oportunidad de recuperarse, pero tenía que volver a ordenarlo todo, no solo a sí mismo sino también sus relaciones con el mundo exterior.”

No ahondaré en la relación de Bird con el sexo, pero considero que es un elemento importante para captar el sentido de la novela. Traer al discurso en qué momento el sexo puede ser un escape; cuando puede, quizás, tener una relevancia más de carácter moral –debido a la formalidad, y cómo resulta algo, en apariencia tan sencillo, trascender a varios aspectos de la cotidianidad.

De la mano de dichas consideraciones cotidianas que tendemos a normalizar (por el hecho de no sobrepensarlas innecesariamente) se presentan también nuestras ideas de escape –sean o no realizables. Bird, por ejemplo, hablaba constantemente de un viaje a África, el cual podía percibirse como un sueño, así como una fantasía de escape. Finalmente, esta idea fija resultó siendo definitoria en el momento en el que tuvo que tomar una de las decisiones más importantes de su vida, tanto así como para plantearse algunas consideraciones suicidas.

“El marido muerto soy yo, pensó Bird, y el verano que se avecina será fácil de soportar porque el cadáver de un marido muerto está tan helado como un árbol en invierno. Temblando, Bird susurró: «¡Pero yo no me suicidaré!», y se sumergió en las profundidades del sueño.”

Alainauzas, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons
Entre tanto se mueve el centro de la narración, el cual, si bien es la excusa para iniciarla, puede verse como un factor no definitorio. Es el protagonista quien, a partir de su carácter y su individualidad, le da las diferentes tonalidades al universo en el que está viviendo y, finalmente, opta por asumir las consecuencias de sus decisiones. Muy bonita me ha parecido la siguiente comparación que Bird suele hacer para referirse a su hijo:

“Mi hijo tiene la cabeza vendada como Apollinaire cuando fue herido en el campo de batalla. Mi hijo fue herido en un campo de batalla oscuro y silencioso que nunca he visto, como Apollinaire, y ahora grita sin sonidos…

De pronto, Bird comenzó a llorar. La cabeza vendada, como Apollinaire: la imagen simplificó y orientó sus sentimientos. Se dio cuenta de que estaba convirtiéndose en una gelatina sentimental; pero al mismo tiempo se sentía justificado: incluso descubrió cierta dulzura en las lágrimas.

Como Apollinaire, mi hijo fue herido en un campo de batalla oscuro y silencioso que no conozco, y ha llegado con la cabeza vendada. Tendré que enterrarlo como a un soldado muerto en combate.

Bird continuó llorando.”

Como último escenario que pongo a disposición, quiero hacer énfasis en cómo las situaciones exteriores pueden llegar a tener una injerencia incalculable cuando, justamente, se pasa por momentos en los que es difícil captar un sentido único de la realidad. Incluso, percibí el ambiente medianamente surreal en la primera parte del libro, cuando Bird aún no había asumido el shock de la noticia recibida, y el ambiente de hospital, además, evocó en mi la sensación que tuve al leer “Encuentros secretos”, de Kobo Abe.

“—Soy obstetra. En nuestro hospital no hay especialistas en cerebro. Pero los síntomas son clarísimos: una hernia cerebral, sin la menor duda. Desde luego, sabríamos algo más si hubiésemos extraído un poco de líquido espinal de la protuberancia craneal. Pero hay riesgo de perforar el cráneo y entonces sí que habría problemas. Por eso le llevamos al hospital universitario sin tocarlo. Soy obstetra, pero me considero afortunado de haber encontrado un caso así… Espero poder presenciar la autopsia. Dará su consentimiento para la autopsia, ¿no? Probablemente en este momento le apene hablar de autopsia, pero, en fin, mírelo desde este punto de vista: el progreso de la medicina es acumulativo. La autopsia de su hijo puede permitirnos saber lo necesario para salvar al próximo bebé con hernia cerebral. Además, si me permite ser sincero, creo que el bebé estará mejor muerto, y lo mismo le ocurrirá a usted y a su mujer. Algunas personas son extrañamente optimistas en este tipo de casos, pero créame, cuanto antes muera el niño mejor para todos. No lo sé, quizá sea la diferencia de generaciones. Yo nací en 1935. ¿Y usted?”

A su vez, el ambiente de confusión que el autor genera, hace que resulte mucho más sencillo compartir la vulnerabilidad del protagonista, quien, prácticamente, queda anulado por lo desconcertante del asunto, tanto así como para dar la impresión de que se trata de una persona pusilánime, cobarde e indiferente, lo cual va tomando ciertos matices a medida que se avanza en la lectura.

De este modo, puedo asegurar que adentrarse en esta historia resulta curioso para evaluar la propia empatía hacia personas en situaciones de vulnerabilidad, así como la manera en la que solemos actuar ante situaciones que demandan cierta agitación moral y que, a la vez, nos exigen acciones inmediatas. Ser consciente de la debilidad propia, del continuo ciclado de nuestros sentimientos y emociones, y de la manera en la que todo este sustento es básico para un proceso tan interesante como el “tomar una decisión”, puede conllevar una enorme diferencia para que consideremos la existencia de un destino inevitable o el papel de una voluntad que, aunque no necesariamente incólume, sí puede ser debidamente asumida.

© K. Sánchez (23/03/06)

Mi 2022 en libros

Otro buen año de lecturas concluyó y, como la cereza del pastel, no olvidaba traer mi nuevo recuento de libros leídos en el año, siendo también que el de 2021 les resultó apropiado a varios de mis lectores para elegir sus próximas lecturas (y eso me hace sentir supremamente orgullosa, y hasta diría que importante 😀).

Así que, en vista de que fue lindo para mí también, usaré la misma dinámica esta vez, eligiendo mis lecturas icónicas de 2023 de entre un total de 57 libros leídos (admito que me faltan algunas reseñas). Repasando la lista, esto es lo que quiero destacar en esta oportunidad (les dejo los enlaces en los casos en que haya hecho reseña, por si les genera suficiente curiosidad):

  • Colección de cuentos favorita: leí colecciones maravillosas, como El Aleph (llevaba más de diez años sin leer a Borges) y El demonio del movimiento y otros relatos de la zona oscura (una colección de cuentos muy curiosos de terror de un autor polaco, y una de las pocas obras de este género que leí en 2022 –sí, me quedé corta), pero quedé fascinada con La acusación, de Bandi, que contiene algunas historias sobre el régimen de Corea del Norte. Como les comenté en la reseña, la prosa es muy limpia, el contenido es muy emocional y la crítica es asombrosa.
  • Portada de El ruletista,
    de la editorial Impedimenta
    .
    Cuento favorito: quizás podría elegir algún cuento de Borges o de Akutagawa, pero este año tuve el honor de leer El ruletista, de Mircea Cărtărescu. Es un espectáculo de obra. Tiene una cantidad de elementos oníricos que le dan un toque delicioso a esa prosa que, a pesar de lo elegante, se inmiscuye en cada una de la fibritas del cerebro del lector; juega con la miseria, los azares y los deseos del ser humano. Recomendadísimo. Lo amé.
  • Libros más decepcionantes: esta vez no pude elegir uno solo porque tenía que desahogarme. La peor prosa que leí este año fue La hiena de la Puszta, de Leopold von Sacher-Masoch –sí, muy curioso que me decepcionara tanto. En la reseña expresé mi indignación frente a una historia demasiado plana, con dramas excesivamente poco creíbles y MUY trillados y, además, horriblemente previsible: hace tiempo no me aburría tanto. Pero nada tan indignante como un poemario titulado Consecuencias de decir te quiero, de un autor llamado Manu Erena (lamento haber caído al ver una buena calificación en Amazon). Fue terrible. Fue una decepción horrible haberme encontrado con esto. Ya expresé con suficiencia mi indignación en Facebook.

  • El mejor drama: yo soy una persona muy feliz leyendo dramas 💖, y siempre cuento con buena intuición para elegir unos buenísimos. Esta vez, después de un análisis exhaustivo, declaro como el mejor drama que leí en 2022 a Daisuke, de Natsume Sōseki. Es la segunda parte de una saga de novelas que se pueden considerar independientes, y que, además, resultan muy distintas entre sí. Esta me costó mucho trabajo y tardé, quizás, dos o tres meses en concluir la lectura, a pesar de que no se trata de un libro muy largo. Resultó siendo mi drama favorito, quizás porque, además de la afinidad que ya tengo con el autor, pasaba por una situación personal que me llevó a identificarme con el protagonista en su peor momento. Sufrí con él durante el último 20% de la lectura, y al final casi colapso con él. Me generó excesiva empatía.
  • El libro más complejo: limito este espacio sólo a literatura (hay libros de no ficción que me suelen resultar bastante complejos). Aspi, el libro que más se me dificultó (con una sensación muy diferente a la de Encuentros secretos, que fue el libro más difícil que leí en 2021) fue Sangre sabia, de Flannery O´Connor. En sí, siempre he tenido mis dificultades con el Southern gothic, pero este fue especialmente “difícil de agarrar" para mí. La prosa no es para nada amigable.
  • La reseña que más disfruté: justo de la mano con lo anterior, la reseña que más disfruté fue la de Sangre sabia. Tuve que leer bastantes fuentes adicionales para poder llegar al fondo de algunas cosas, me divertí viendo la adaptación cinematográfica, y como ya empezaba a hacer reseñas más experimentales, me divertí escribiéndola (una sensación parecida a la que tuve en 2021 cuando hice la reseña de El asiento del conductor).
  • Mis reseñas más leídas: i) Sanshiro, de Natsume Sōseki, ii) Lo bello y lo triste, de Yasunari Kawabata y iii) Confesiones de una máscara, de Yukio Mishima (parece que a mi público le agrada mucho, también, la literatura japonesa).
  • Romance favorito: La tregua, de Mario Benedetti (una deuda que tenía conmigo hace años). Esa relación es bonita. También fui feliz haciendo la reseña (eso pasa cuando me dejo ir).
  • Mi mayor sorpresa: después de ver tantas películas decepcionantes acerca de El hombre invisible, quedé gratamente sorprendida con la novela, justo porque la historia es muy diferente a lo que había visto. H. G. Wells, a quien leí en varias ocasiones el año pasado, logró entretenerme de buena manera con una historia a la que no le sobraba ironía, comedia y hasta elementos psicológicos. Tampoco el final me lo esperaba tan drástico. En fin, una locura. Me encantó.
  • Mi prosa favorita: quedé enamorada de Ryūnosuke Akutagawa al leer Rashōmon y otros cuentos. Es un ESPECTÁCULO como escribía este hombre.
  • Mi poemario favorito: siempre me encuentro cosas bellísimas, pero este año tuve la oportunidad de leer los Poemas de Ángel González y quedé más que satisfecha.
  • Protagonista: tres menciones en particular, porque no pude elegir uno solo: i) Georges Duroy (de Bel-Ami, de Guy de Maupassant) es un personaje súper curioso, y no me canso de repetir que parece de La Comedia Humana, ii) Jay Gatsby (de El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald) es también un personaje con una psicología muy curiosa y iii) Bird (de Una cuestión personal, de Kenzaburō Ōe), que está exageradamente bien construido y representa una cantidad de cosas simbólicas y maneras de pensar y de asumir la existencia, y me resultó muy disruptivo y genial. Los tres son maravillosos, los amé.
  • Libro de teatro favorito: El malentendido, de Albert Camus. Estructura bonita, sencilla y con un fondo con buena carga dramática. Enamoradísima de las referencias que hace a conceptos que Camus maneja en otros de sus textos y de la cantidad de metáforas que tiene.
  • No ficción/autobiográfico: Antes del fin, de Ernesto Sabato, me resultó preciosísimo (gracias a Gonza por la recomendación), con toda la variedad de temas que toca y de un modo tan familiar y tan sencillo de leer. Debo mencionar también a El país de las emociones tristes, de Mauricio GarcíaVillegas, que logra tratar, también, una buena cantidad de temáticas en un texto breve y que, sin perder el hilo conductor, expone un punto muy curioso para analizar la historia y la actualidad colombiana.
  • Filosófico/ensayo: El verano, de Albert Camus. Más allá de lo fangirl que soy, los ensayos que componen esta obra me generaron suficiente curiosidad para emprender la relectura de algunas obras del autor, y me quedé con una impresión mental muy fuerte de varios de los temas que toca aquí (así como cuando algo te resulta “revelador”, justamente).
  • Top de nuevos autores: yo sé que me costó trabajo empatizar con Los restos del día, y es que mi opinión y mis impresiones me resultaron bastante confusas al final. Pero de lo que no me cabe duda es de que Kazuo Ishiguro es un escritor brillantísimo, y la misma manera en la que juega con la estructura literaria en esta novela me lleva a decir que es el mejor autor con el que me topé en 2022 y que, definitivamente, quiero volver a leerlo (así suene contradictorio después de ver mi reseña).
  • Top de libros:
    Portada de Daisuke,
    de la editorial Impedimenta
    .
    y aquí el resultado de la decisión que me costó más trabajo, tratando de buscar el top 3 (no están en orden): i) Daisuke, del que ya mencioné anteriormente mis razones), ii) El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Ţîbuleac, que es de carácter tremendamente personal y, a pesar de la crudeza del protagonista, no puede evitar uno sentir empatía por él y iii) Una cuestión personal, de Kenzaburō Ōe, que es un libro que también trata con maestría los abismos más hondos en los que puede llegar a caer el ser humano cuando se encuentra en medio de un dilema, y de las maneras en las que las opciones pasan todas frente a nuestros ojos antes de tomar una decisión –sin mencionar lo que puede costar esto último.

Como dato curioso sólo quiero mencionar que este año no leí a Balzac 😓 (o, bueno, inicié la lectura de Esplendores y miserias de las cortesanas, pero hace rato no la retomo).

Por otra parte, sólo lamento mis indecisiones (a veces no puedo escoger sólo un libro), pero me siento bastante orgullosa de lo amplio de mi espectro de lecturas (cosa que, en buena parte, también agradezco a Ax). Y lamento no tener listas todavía las reseñas de dos de mis libros del top del año pasado. Ya vienen, ya vienen.

Sigo explorando en 2023 y, como es acostumbrado, quedo atenta a sus sugerencias para seguir leyendo cosas maravillosas 💗.

© K. Sánchez (15/01/23).

La farsa de la propia identidad (reseña de “Confesiones de una máscara”, de Yukio Mishima)

"Di una mentira mil veces y se convertirá en verdad”, es una frase que se la atribuye a Joseph Göbbels en los albores de la segunda guerra mundial, hecho histórico y frase que, casualmente, me vienen de maravilla para iniciar esta reseña.

Previamente había reseñado ya a Yukio Mishima en una lectura diametralmente distinta. Se trataba de “El rumor del oleaje”, un libro que desbordaba amor, simpleza y tranquilidad. Esta vez la experiencia fue otra con “Confesiones de una máscara”, novela de la cual traigo mi intento de reseña hoy (ahora mis escritos tienen crisis de identidad).

“Confesiones de una máscara” viene con un panorama completamente desolador, cuya atmósfera de ansiedad, confusión e inmoralidad se presenta de modo permanente en una narración en primera persona, en la cual el protagonista nos cuenta, en retrospectiva, la historia de su vida hasta el momento del episodio final (y no, no me refiero a la muerte).

San Sebastiano (oleo sobre lienzo)
de Guido Reni (Italia, 1615).
Me permito hacer algunos spoilers básicos e inofensivos solamente para aumentar curiosidades (y para darle algo de raíces a este texto). Primero, como ya lo había mencionado, el contexto de la narración se da en el marco del Japón de la segunda guerra mundial (hay varias alusiones al malestar social y personal que genera la posibilidad de la bomba atómica, por ejemplo). Hecha esta claridad, el segundo factor que pongo de presente es que, aparentemente, la crisis de identidad de nuestro protagonista está relacionada, en primer grado, con su orientación y sus deseos sexuales.

Así, de entrada, el toque que tiene la narrativa es, en una buena parte, de un carácter erótico que, a pesar de lo explícito, es absolutamente admirable. Tiene, quizás, la mejor (o una de las mejores) descripción de una escena de masturbación que haya leído hasta el momento, a propósito del deleite con la observación de la pieza artística del martirio de San Sebastián.

Si bien esta, a mi parecer, es la pieza fundamental que da pie al desarrollo del pseudo-carácter del protagonista, pongo también como uno de sus pilares cierta apetencia por instintos relacionados con la crueldad y ciertas ansias de superioridad y dominio, relacionadas con el sadismo, que también expresa deliciosamente en algunas ocasiones:

“Conduces a la víctima a una curiosa columna hexagonal, y lo haces llevando oculta, a la espalda, una cuerda. Entonces atas su desnudo cuerpo a la columna, colocándole los brazos por encima de la cabeza. Procuras que ofrezca mucha resistencia y que grite mucho. Das a la víctima una detallada descripción de su próxima muerte, y mantienes en todo momento una extraña e inocente sonrisa en tus labios. Sacas del bolsillo un cuchillo muy afilado, te acercas a tu víctima y le cosquilleas levemente, como acariciándolo, la tensa piel de su pecho con la punta del cuchillo. Da un grito de desesperación y retuerce el cuerpo en un intento de esquivar el cuchillo. Jadea, rugiendo aterrado. Le tiemblan las piernas y sus rodillas entrechocan produciendo un seco sonido. Lentamente introduces el cuchillo en el pecho. (¡Sí, ése es el indignante acto por ti cometido!). La víctima arquea el cuerpo, emite un desolado y desgarrador chillido, y un espasmo estremece los músculos alrededor de la herida. El cuchillo ha sido clavado en la carne estremecida con la misma calma con que hubiera sido enfundado. Salta un chorro de sangre burbujeante, y la sangre sigue manando hacia los suaves muslos de la víctima.”

Digna de tener en cuenta es la dualidad que surge a partir de su sentimiento permanente de culpa en cuanto a su deseo reprimido de dar rienda suelta a sus deseos reales (el cual da paso a llenar el título de la novela, con motivo de la adaptación que debe hacer de su personalidad para mostrarse adecuadamente a la sociedad- y que, de paso, me trae recuerdos del protagonista de “Indigno de ser humano” -mi reseña más visitada). Varias veces hace mención a su cobardía y al deseo de “escape”, al suicidio y temas aledaños, a su permanente sensación de inconformidad con su existencia. Al fin y al cabo, el carácter reflexivo de esta narración es lo que le dota de encanto:

“Fue un doloroso despertar. ¿Por qué tenían que cambiar las cosas? Las preguntas que me había formulado infinitas veces desde la infancia acudieron de nuevo a mis labios. ¿Por qué llevamos todos la carga del deber de destruirlo todo, de cambiarlo todo, de entregarlo todo a la caducidad? ¿Será ese desagradable deber eso que la gente llama vida? ¿O yo soy la única persona para quien es un deber? Por lo menos, no cabía la menor duda de que yo era el único que consideraba que el deber era una carga onerosa.”

Es curioso darse cuenta de las diferencias que el protagonista establece para identificar los vínculos que tiene por sus intereses relacionales en cuanto al género femenino y al masculino. Es interesante poner de manifiesto el carácter sexual, erótico, la “moralidad” de sus deseos, y su misma percepción, completamente inestable, de cada una de sus sensaciones y pensamientos al respecto.

Todos estos factores consolidan con mucha fuerza la crisis de identidad que, en todo sentido, se insertó en su personalidad y que, con motivo de las inseguridades y dudas en las que germinó; en medio de aquellas diatribas que, cuestionando las raíces de su propia moral y su percepción sobre el sentido de la existencia, dan paso a un sujeto del que el lector nunca puede tener una idea fija, pues no se sabe en qué capa de su discurso esté inmerso su verdadero “yo”:

“Incluso la excitación que en mí producía un atractivo efebo quedaba limitada al simple deseo sexual. Para dar una explicación superficial, diré que mi alma seguía perteneciendo a Sonoko. A pesar de que no tengo la intención de aceptar íntegramente el concepto a que voy a referirme, creo que el medieval esquema de la lucha entre el cuerpo y el alma puede aclarar un poco mi situación: en mi caso, mediaba un abismo, puro y simple, entre carne y espíritu. Sonoko representaba para mí la encarnación de mi amor a la normalidad en sí misma, mi amor hacia las cosas del espíritu, mi amor a lo imperecedero.”

Ahora, obviando lo icónico que resulta en cuanto a lo gay esta novela (y que, evidentemente, es lo que más salta a la vista en cualquier reseña), como yo también padezco mi propia crisis de identidad, doy un paso al lado y expongo que lo que ha rondado mi cabeza con mis reflexiones después de la lectura me lleva a hacer un símil entre la figura del protagonista (en esta fase de crisis de identidad, aclaro) y el Japón que dejó el paso de la segunda guerra mundial, que, desubicado y traumatizado con los sucesos, continúa en el declive y la paralización de su cultura por la tensión marcada con occidente (temática muy controvertida y señalada con insistencia en muchas otras obras de la literatura japonesa de la época, como, por ejemplo, “Daisuke”, de Natsume Soseki, una de mis novelas favoritas).

Entonces recuerdo también el origen del “Superflat” y a Takashi Murakami que justifica el origen de dicha corriente artística arguyendo que “Japón ha sido castrado y por eso no tenemos respeto por nuestra identidad cultural”. Me da la impression, justamente, de que el “Superflat” es una clase de materialización del protagonista de “Confesiones de una máscara”:

““Initially, ‘Superflat’ was a keyword I used to explain my work. Once I started using it, though, I found that it was applicable to a number of concepts that I had previously been unable to comprehend, including ‘What is free expression?’ ‘What is Japan?’ and ‘What is the nature of this period I live in?’” (fragmento de "WHAT IS SUPERFLAT?: A GUIDE TO TAKASHI MURAKAMI’S ART MOVEMENT").

"A flower forest", de Takashi Murakami.
Apenas normal y algo curioso es darles caracterizaciones similares a fenómenos que suceden a nivel individual y a nivel sociocultural. Me quedo, pues, con mi pregunta de por qué realmente es importante la identidad propia. ¿En qué momento puede llegar a constituir, la pregunta por el ser, un verdadero caos? La individualización de la forma que cada cual quiere ver –o que ve- frente al espejo puede desembocar en una rotunda negación o en una magnificación del propio ser (pregúntense, quizás, por trastornos de la personalidad, como el narcisismo, la disociación y las identidades múltiples, por ejemplo).

¿Hasta qué punto tiene que pagar el individuo con su propia estabilidad mental para sentirse “parte de”? Las carencias y la sociabilidad de la que está dotado el ser humano, por naturaleza, le llevan a querer validarse ante los ojos de los demás, aunque el nivel al que esto sucede y la relevancia para cada sujeto depende, también, de variables en la cultura misma.

Al menos, al día de hoy, las barreras han tendido a disminuir un poco y, aunque en cada experiencia hay múltiples factores que condicionan el ser y el deber-ser, es posible afirmar que, al menos en los espacios más cosmopolitas, se tienen puertas más abiertas para la libre expresión, y para que muchas personas tengan la opción de mostrar sus opiniones y sus preferencias (ahora, el ser y el quiero-ser, gracias a los engaños múltiples de las redes sociales… pero eso es harina de otro costal).

De todos modos, siempre estaremos expuestos a ese tipo de desviaciones. Al menos, sería lindo saltarse un poco las barreras de la moralidad impuesta sin cuestionamientos suficientes.

© K. Sánchez (29/10/22)

Reseña de “La acusación- Cuentos prohibidos de Corea del Norte” de Bandi

Si bien vengo desde hace buen tiempo leyendo bastantes libros japoneses, no había tenido previamente ningún tipo de acercamiento a literatura que viniera de Corea. Y justo me encontré con esta maravillosa y fuertísima obra que, nada más y nada menos, viene de Corea del Norte.

Al iniciar me encontré con esta belleza de prefacio y supe que no tardaría mucho tiempo en terminar la lectura del libro: 


Cabe resaltar que “Bandi”, evidentemente, corresponde a un seudónimo, y que el autor tuvo que hacer un montón de maromas para sacar el texto de su país de origen y que se lograra su publicación.

Ahora, como resulta de mi interés que muchos de ustedes sientan curiosidad por acceder a la obra, procederé a hablar de cada uno de los cuentos que la componen de modo muy breve y sólo para generar interés, incluyendo mi calificación:

La fuga del norte: ⭐⭐⭐⭐⭐

El primer cuento de la colección da cuenta de que, si bien es terreno desconocido, el autor es bastante hábil para la redacción. Sutil, intenso e impactante, y no genera ninguna dificultad para la lectura. Toda esa visión desoladora del porvenir está surcada por los afectos, así como por más desgracias, tal como una matrioska. Hermosísimo de este cuento cómo se trata la figura femenina, las anécdotas y la percepción que se tiene de la misma. Precioso y desgarrador.

“Es, ciertamente, una forma muy arriesgada de huir. Podemos caer abatidos por los tiros de los agentes de las patrullas marítimas, o las olas y el viento de una tempestad se nos pueden tragar como a una hoja. Pero es preferible morir a continuar con el sufrimiento de esta vida miserable. He aquí por qué hemos decidido irnos sin vacilar, aunque sea a costa de jugarnos el pellejo. Con un poco de ayuda del destino seremos capaces de empezar una nueva vida. De lo contrario, solo deseamos que nuestro barco sacudido por el oleaje se convierta en el símbolo de la condena de este país, que no es más que un desierto yermo y sin esperanza.”

La ciudad del fantasma: ⭐⭐⭐⭐

No sé si a esto pueda llamarle sátira porque me resulta demasiado directo: aquí la historia se basa en la fobia de un pequeño a los retratos de Marx y de Kim Il-sung, lo que trajo algunos problemas a sus padres. Es curioso ver el desarrollo. Contiene una metáfora bellísima que me llamó mucho la atención.

Practising a torch march on Kim il-sung square -Nicor, CC BY-SA 3.0
<https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0>,
via Wikimedia Commons

Vida del caballo Tesoro: ⭐⭐⭐⭐⭐

Aquí una metáfora más perfecta que la del anterior cuento y que permea todo el desarrollo de la historia, y que hace referencia a la figura de un olmo. El resultado final es espectacular y totalmente desgarrador, pues se relaciona con aquellas quimeras que nos mantienen vivos, que nos esforzamos por mantener en un pedestal y que, cuando caen, terminan derrumbando toda nuestra existencia. Una joya es este cuento.

“Nada en el mundo es comparable a la decepción y al remordimiento que supone tomar conciencia de que todas las esperanzas y convicciones —como las que un día llevaron a Seol Yong-su a unir su dedo meñique con el de Yeong-il y afirmar «¡Lo pro-me-to!»— no son nada más que un espejismo. De ahí que Seol Yong-su no pueda achacar nada a nadie, sino que deba abrazar el sufrimiento solo y sentir su dolor hasta el tuétano.”

Tan cerca, tan lejos: ⭐⭐⭐⭐⭐

Acerca de las desgracias de un hombre que trata de ir a visitar a su madre, quien se encuentra gravemente enferma. A pesar de que le niegan la autorización para movilizarse, decide hacer el intento. No termina nada bien. Me deslumbró el simbolismo relacionado con las alondras:

“—Ah, ¿por qué están aquí? —dijo Myeong-cheol contemplando la jaula con las alondras que, como antes, colgaba del porche.

—Volvieron dos días después de que tú las soltases. Colgué de nuevo la jaula y entraron…

—Pobrecillas, a ellas también las han domado —murmuró Myeong-cheol como si escupiese cada una de las sílabas.

Las alondras continuaban cantando como si le estuviesen diciendo «A ti también te amansaron y por eso has vuelto».”

La capital del infierno: ⭐⭐⭐⭐

Si bien puede tratarse de una historia relativamente sencilla en su desarrollo, el objetivo de la misma es digno de apreciarse: la manera en la que el líder vende su supuesta magnanimidad ante el pueblo, y este, a pesar de que sabe que todo es falso, se ve obligado a sonreír, a alabar, y a seguir agachando la cabeza entre toda la mierda que tiene que comer. Resalto la historia que se cuenta al final:

“—Érase una vez una colina cercada por diez hileras de vallas. Dentro vivía un brujo rodeado de miles de esclavos. Pero la cosa más sorprendente era que tras las diez hileras de vallas no se oía nada más que risas. Se oían las risas fuese otoño, invierno, primavera o verano. Y eso sucedía porque el viejo brujo tenía hechizados a sus esclavos. ¿Y por qué los tenía hechizados de tal forma? Porque quería ocultar que los estaba maltratando y engañar de este modo a la gente que vivía fuera de la colina y hacerles creer que en aquel lugar todo el mundo era feliz. Había ordenado construir diez hileras de vallas para que nadie procedente de los pueblos vecinos pudiese entrar y ver lo que pasaba. Piénsalo. Cuando la gente que vivía en la colina se hacía daño o estaba triste y lloraba, lo que salía de su boca eran grandes carcajadas. ¿Cómo era posible que existiese una magia tan cruel, una colina tan terrorífica?”.

El escenario: ⭐⭐⭐

Acerca de un problema familiar por malas interpretaciones. Me agrada la posibilidad de interpretaciones del final de la historia.

“Entonces a Yeong-pyo le parece ver que se aproxima un actor de entre los árboles que quedan al otro lado del «escenario». La obra que se representa es la de un personaje que después de haber cometido un crimen imperdonable se coloca la punta de la pistola en la sien y toma una decisión.”

La seta roja: ⭐⭐⭐⭐

Es la historia más elaborada del libro. Se entrelazan varios sucesos en los que se demuestra, nuevamente, que el poder siempre se sale con la suya, pues no hay más opción. Las víctimas no merecen nada más que la humillación y la muerte, todo como consecuencia de librarse de sus cadenas (al interior). La metáfora de la seta roja me pareció espectacular.

P.D.: en esta ocasión también debo agradecer a Ax, mi compañero de lectura, que siempre me hace más amenos todos los ratos de discusión sobre las cosas nuevas que vamos conociendo.

© K. Sánchez (01/09/22)

El miedo de tentar al destino (reseña de “La tregua” de Mario Benedetti)

Teniendo conocimiento de lo icónico que es este título en la literatura latinoamericana y en la obra de Benedetti, llevaba en mi lista de lectura, quizás, unos diez años. Ahora que estoy haciendo un acercamiento un poco más insistente a las letras hispanas, tenía que pasar por la experiencia. Ya había tenido la oportunidad de leerle en su obra “Primavera con una esquina rota”, por lo cual ahora me hago una idea más completa de su estilo en general, y no podría decir que me decepcione de ninguna manera.

Portada del libro de la editorial Alfaguara
(edición de 2019).
No me faltan ganas de hacer un resumen general de la obra, porque el argumento me parece maravilloso para trabajarlo de esta manera y hacer ciertos apuntes importantes de acuerdo con la historia, pero, para esta ocasión, nuevamente mantendré la política de no-spoilers, sin que ello implique una vista superficial.

😎Básicos del libro: la lectura es sencillísima. Me atrajo mucho la practicidad porque, como está narrado a modo de diario, la mayor parte de los días traen anécdotas muy precisas y que no ocupan más de cinco minutos en su lectura, entonces, como se puede retomar y dejar con tanta facilidad, se termina el libro rápidamente.

Además, el estilo de Benedetti aquí, en correspondencia con el personaje principal, se siente bastante cercano a pesar de que, en sí, se trata de un hombre que no es precisamente “emocional” en primer plano, a pesar de que resulte cediendo un poco, a lo largo de la historia, a expresar con algo más de claridad sus pensamientos y sus sentimientos en cuanto al amor, a la vida y a las relaciones sentimentales a su edad.

Eso también, considero, es un punto interesante: verlo desde una versión primaria del ocaso de la vida de un hombre, a mediados del siglo XX en una ciudad latinoamericana (la novela se desarrolla en Montevideo, precisamente), quien está cercano a pensionarse y que, además, ha vivido gran parte de su vida en soledad a partir de la muerte de su esposa, y que, por determinadas razones, se dedicó, a partir de ello, a un intento frustrado de crianza de sus hijos y a su trabajo, básicamente.

Así se tiene un cuadro particular de nuestro protagonista, quien, después de veinte años, entra en un proceso de enamoramiento y… bien, ahí viene el fondo de la historia.

😍El fondo de la historia: si bien el escenario general es el que acabo de tratar de establecer, hay algunas cuestiones que alimentan la narrativa de una manera bastante provechosa y que hacen que el libro pase de ser solamente “un momento de un diario” a lo que puede clasificarse como “algo que vale la pena leer”.

Dejando de lado el desarrollo de lo que ya mencioné, el formato de diario en la literatura es precioso por la sensación de intimidad que deja: en el diario uno no se detiene para impresionar a nadie o para adornar con exceso lo que quiere expresar, así que se abre paso a la autenticidad plena. Y esta novela es un fiel intento de diario, porque uno se convence de que así fue.

Así como hay cosas que uno trata “de frente” con uno mismo y sin tanto recelo, hay otras que, por determinadas razones, uno se oculta voluntariamente o trata con menor importancia, como para que no se materialicen tanto las angustias, las sospechas o hasta las mismas esperanzas. Y más si se trata de personas que viven un tanto alejadas del reconocimiento de sus propias emociones o las tratan con cierta prevención, tal vez porque uno llega a sentir que está siendo demasiado transgresivo con la pasividad de su existencia.

“Pero quedó demostrado que Dios era incorruptible. Todavía el 6 de julio me permití anotar: «De pronto tuve conciencia de que ese momento, de que esa rebanada de cotidianidad, era el grado máximo de bienestar, era la Dicha», pero en seguida yo mismo me di bofetadas de alerta. «Estoy seguro de que la cumbre es un breve segundo, un destello instantáneo, y no hay derecho a prórrogas». Lo escribí fallutamente, sin embargo; ahora lo sé. Porque en el fondo yo tenía fe en que hubiera prórrogas, en que la cumbre no fuera sólo un punto, sino una larga, inacabable meseta. Pero no había derecho a prórrogas, claro que no.”

Entonces habrá detalles que se reconozcan directamente, otras de modo frío y sin gran descripción, y habrá espacio para otros que tengan enorme trascendencia por lo que signifiquen para cada cual en el transcurso de sus días. Por ejemplo, Martín, nuestro protagonista, hace referencia a su situación familiar y a la vida de sus hijos, manifestando también algunos puntos controversiales para la época; habla de situaciones de algunos de sus amigos y de la manera en la cual se relaciona con estos, lo cual también le lleva a recordar algunas anécdotas de su infancia. Se reconstruye suficientemente (no de manera exhaustiva) el contexto que justifica su personalidad.

Pero el centro de la novela es la historia de amor, y es en la que menos quiero inmiscuirme. Es el punto que siempre causó más reticencia, incertidumbre y ansiedad a Martín, quien, a pesar de presentarse como un sujeto al que no le interesaban los “asuntos del corazón”, resultó completamente enamorado, en un lapso bastante corto, y no precisamente por causa de un amor a primera vista.

El despliegue más bonito de la obra viene justamente con el reconocimiento del estado de enamoramiento del protagonista, porque es encantador ese temor con el que se acerca al tema y, así, como quien no quiere la cosa, resulta pensando tanto en ello que se ve obligado a admitir que, a sus años y en su situación, quiere “sentar cabeza” y atreverse a probar el amor después de que, según su concepto, había pensado que era algo que ya no tenía cabida para él (y que tampoco añoraba). A pesar de todos los miedos posibles, de todas las probabilidades catastróficas y escenarios poco alentadores, decidió tentar al destino.

“Martes 9 de julio

¿Así que tengo miedo de que dentro de diez años ella me ponga cuernos?”

Se siente, entonces, demasiado, el cambio que tiene él mismo en su discurso a partir de dicho acontecimiento. Y sí, uno se identifica, porque la vida cambia de perspectiva cuando se abre el corazón con consciencia, tanto como para esperar las afrontas que vengan de afuera y para estar dispuesto, a futuro, a luchar contra las incertidumbres y dificultades que se presenten. Pero esas sombras se hacen un poquito menos turbias porque tienen, de fondo, esa lucesita del amor que no las hace ver tan terribles.

Sin embargo (y a modo de reflexión a partir de lo leído –y de lo vivido), esto es lo que hace parte de la decisión personal al admitir y aceptar el amor, incluyendo lo que conlleva la declaración del mismo (ser rechazado o aceptado), su denominación (sea un noviazgo o una relación informal), su materialización (desde los aspectos sexuales hasta los puramente sentimentales y las ramitas que se despliegan allí, en cuanto a ese tipo particular de amistad que, necesariamente, surge de una relación) y los modos de exteriorizarlo y proyectarlo a futuro, dependiendo siempre, reitero, de la decisión propia. Claro está, media necesariamente la decisión de la contraparte, que, para este caso, si bien tenía arandelas curiosas (muy justificables), nunca resultó ser algo inmanejable.

“«A ese otro planteo, la imaginación popular, que suele ser pobre en denominaciones, lo llama una Aventura o un Programa, y es bastante lógico que usted se asuste un poco. A decir verdad, yo también estoy asustado, nada más que porque tengo miedo de que usted crea que le estoy proponiendo una aventura. Tal vez no me apartaría ni un milímetro de mi centro de sinceridad, si le dijera que lo que estoy buscando denodadamente es un acuerdo, una especie de convenio entre mi amor y su libertad. Ya sé, ya sé. Usted está pensando que la realidad es precisamente la inversa; que lo que yo estoy buscando es justamente su amor y mi libertad. Tiene todo el derecho de pensarlo, pero reconozca que a mi vez tengo todo el derecho de jugármelo todo a una sola carta. Y esa sola carta es la confianza que usted pueda tener en mí».”

Así, la otra cara de las cuestiones que dependen de una persona se refleja, justamente, en el azar, que no depende más que del destino y sus mandatos; de esa esfera gigantesca de la fatalidad que siempre nos acompaña y nos rodea y que, casualmente, tendemos a ignorar por la misma inercia que viene del simple hecho de contar con una vida y cierto tiempo para actuar. De la manera en la que se afronten los dictados de dicha providencia se desprenderán, entonces, las decisiones que tomaremos después, dependiendo solamente de cómo nos permitamos cicatrizar las heridas a las que, sin remedio, estamos expuestos por la vulnerabilidad propia que tiene sus raíces en esos corazones demasiado humanos y que, seguramente por eso, tienen trozos de divinidad perdidos y enterrados en el fondo.

“Pero a mí me falta decisión, me falta estar seguro. ¿Usted ha pensado alguna vez en el suicidio? Yo sí. Pero nunca podré. Y eso también es una carencia. Porque yo tengo todo el cuadro mental y moral del suicida, menos la fuerza que se precisa para meterse un tiro en la sien. Tal vez el secreto resida en que mi cerebro tiene algunas necesidades propias del corazón, y mi corazón algunas exquisiteces propias del cerebro».”

© K. Sánchez (26/07/22)

Reseña de “Rashōmon y otros cuentos” de Ryūnosuke Akutagawa

Después de la trilogía de Natsume Sōseki (Sanshiro, Daisuke 💘 y La puerta) quise oxigenarme, en cuanto a mi ciclo de lectura de obras japonesas, con algunos cuentos. Así, me pareció entonces que esta era una ocasión propicia para darle una lectura más cercana a Ryūnosuke Akutagawa (de quien quedé muy interesada luego de leer a Osamu Dazai), y a quien había tenido la oportunidad de leer en algunos cuentos cortos ocasionalmente, sin que me hubiera significado demasiado maravilloso.

Ahora, para mi propia sorpresa y satisfacción, esta colección de cuentos me ha resultado ES-PEC-TA-CU-LAR. Akutagawa tiene un estilo que no había encontrado previamente en autores japoneses -lo que no significa que se desprenda del estilo típico de estos, claro. A pesar de la barrera emocional que se impone como tal en este tipo de literatura, no podría decir que Akutagawa tenga personajes “planos” o que requieran un acercamiento más profundo con el lector: logra trascender perfectamente lo que podría, inicialmente, considerarse un impedimento.

En 'Rashomon' (1950) de Akira Kurosawa.
Amé su simbolismo. Me resultó muy grato tratar de descifrar el fondo de sus historias. Me encantó la crudeza y la dosis de surrealismo que incluye, así como ese tono descarnado que tiene, y esas “chispitas” de lirismo con las que salpica hasta lo más macabro.

Estas son mis breves opiniones sobre cada historia:

  • Rashômon: lindo trasfondo. Me gustan los elementos simbólicos que protagonizan la historia, más que los personajes mismos (que también me resultaron llamativos a pesar de su escasa descripción). El escenario es espectacular.

🌟🌟🌟🌟🌟

  • La nariz: lo gracioso es la seriedad con la que maneja esa sátira tan poderosa.

🌟🌟🌟

  • Kesa y Moritô: adoré la técnica de la narración (narrar desde el punto de vista de ambos personajes). Muchas emociones entre líneas.

🌟🌟🌟🌟

  • En el bosque: la misma técnica narrativa de “Kesa y Moritô”, pero con más personajes. Me pareció mucho más atractivo el fondo de la historia.

🌟🌟🌟🌟

"De todos modos, para poseer a la mujer había que eliminar al hombre. Pero le aclaro, señor, que yo mato con katana, y no como ustedes, que matan con el poder, con el dinero, hasta con el pretexto de hacer un favor. Es cierto que no derraman sangre y sus víctimas siguen viviendo; pero así y todo son muertos, sombras de vivos. Si medimos los alcances del delito, es muy difícil fijar quién es más criminal, yo o ustedes. [Sonríe con ironía]."

  • El biombo del Infierno: llevaba mucho tiempo sin enamorarme de un cuento. Esto es espectacular: la temática es preciosísima, da para varias interpretaciones a lo largo del texto, es exageradamente cruel, macabro y hermoso al mismo tiempo. Es una genialidad.

🌟🌟🌟🌟🌟

"Pero éste, a su vez con los labios apretados y sonriendo a intervalos con sarcasmo, no apartaba la vista del carruaje. Y en medio de las llamas… ¡Ay! No tengo fuerzas para daros los detalles del suplicio. La blancura de su rostro ahogado por el humo, los largos cabellos en desorden arrebatados por las llamas y sus hermosas ropas ardiendo como una tea… Imposible concebir una visión más despiadada. Sobre todo, cuando el viento cesó por un instante, el humo se desplazó hacia el lado opuesto a donde nos hallábamos, y pudimos ver con verdadero horror cómo en medio de esa hoguera, que parecía despedir chispas de oro, agonizaba una bella criatura forcejeando dolorosamente por quitarse las cadenas de su cuerpo. El espectáculo mostraba con elocuencia los tormentos del Infierno. Un estremecimiento nos sacudió a todos."

  • Un cuerpo de mujer: sólo es una perspectiva curiosa.

🌟🌟

  • Sennin: no me resultó lo suficientemente interesante.

🌟

Así, les ofrezco mi lista de opiniones para que, en caso de que quieran conocer al brillante, maravilloso y espectacular Ryūnosuke Akutagawa 😍 (sí, ya estoy plenamente convencida de que lo es), elijan con tranquilidad según mi humilde concepto, cualquiera de las historias que conforman la colección.

😎Bonos extra: recomendadísima la adaptación de Akira Kurosawa (de “Rashômon” y “En el bosque”) y esta reseñita de la misma para que le echen un ojo.

Superpoderes peligrosos (reseña de "El hombre invisible" de H. G. Wells)

De H. G. Wells tengo recuerdos maravillosos desde que leí "La máquina del tiempo". Si bien no soy tan allegada a la ciencia ficción, ni mucho menos a la ficción distópica (y que, para adentrarme más en el ambiente, terminé leyendo también “El señor de las moscas”), hace mucho tiempo tenía la curiosidad de hacer esta lectura.

Tenía la impresión de que, tal como en las adaptaciones cinematográficas de “El hombre invisible”, el trasfondo de la historia estaría más guiado hacia el suspenso o hacia el error. Me encontré con algo completamente distinto y eso, definitivamente, llenó mis expectativas.

Charlie, con disfraz de "El hombre invisible"
en escena de "Marriage story"
(captura de decider.com)

Con razón del permiso que me concede el título para hacer ciertos spoilers, sí se trata de un hombre que se vuelve invisible, esto a partir de experimentos científicos que tuvo la oportunidad de realizar con ocasión de su profesión. Ahora, ¿qué hay de curioso en todo el asunto? Es normal haberse preguntado, en algún momento de la vida, qué se sentirá ser invisible y cómo, de ser el caso, se aprovecharía tal “superpoder”. Pues, es momento de ver una ficción que trata el asunto con todos sus pormenores.

La primera parte del libro, paradójicamente, la encontré totalmente graciosa. Si bien el trasfondo misterioso que conlleva el saber de un hombre que tiene que vendarse la cara, ponerse unos extraños lentes oscuros, cubrirse con un sombrero y evitar, a toda costa, ser observado con mayor interés (imposible con tal vestimenta, claro, además del extraño equipaje con el que viajaba, sin mencionar su temperamento, siempre alterado y explosivo), los primeros episodios en los que se narra su escape y su intento de adaptación en el pequeño y poco supersticioso (¿?) poblado de Sussex.

Así, entre los diversos episodios que se dan a partir de estas interacciones, llama mucho la atención la actitud y las hipótesis curiosas e inocentes de los habitantes del pueblo, que trataban de averiguar el motivo de la misteriosa actitud del recién llegado, quien, además, aprovechando su invisibilidad y tratando de lidiar con las penosas consecuencias de la misma, entraba a las casas de los vecinos para tomar algo de dinero y poder continuar con sus experimentos.

“—Le agradecería que no me metiera los dedos en el ojo —dijo la voz de la figura invisible con tono enfadado—. La verdad es que tengo todo: cabeza, manos, piernas y el resto del cuerpo. Lo que ocurre es que soy invisible. Es un fastidio, pero no lo puedo remediar. Y, además, no es razón suficiente para que cualquier estúpido de Iping venga a ponerme las manos encima. ¿No creen?”.

La segunda parte del libro (no es que esté dividido formalmente así) la encontré con un sentido ya mucho más angustiante y hasta existencialista, si se me permite usar el término de un modo un tanto laxo. En este momento, Griffin (el hombre invisible) se encuentra con un viejo compañero de universidad, Kemp, a quien procede a narrar su historia para darle razón del motivo de su invisibilidad y de cómo había ido a parar a una situación tan insoportable en el momento actual: no contaba con dinero para continuar sus investigaciones y, al momento, la invisibilidad resultaba ya más un inconveniente que una ventaja.

“Perdí el conocimiento y me desperté, sin fuerzas, en la oscuridad. Los dolores habían cesado. Pensé que me estaba muriendo, pero no me importaba. Nunca olvidaré aquel amanecer, y el extraño horror que sentí, al ver que mis manos se habían vuelto de cristal, un cristal como manchado, y al ver cómo cada vez eran más claras y delgadas, a medida que el día avanzaba, hasta que al final logré ver el desorden en que estaba mi cuarto a través de ellas. Lo veía a pesar de que cerraba mis párpados, ya transparentes. Mis miembros se tornaron de cristal, los huesos y las arterias desaparecieron, y los nervios, pequeños y blancos, también desaparecieron, aunque fueron los últimos en hacerlo. Apreté los dientes y seguí así hasta el final. Cuando todo terminó, sólo quedaban las puntas de las uñas, blanquecinas, y la mancha marrón de algún ácido en mis dedos. Traté de ponerme de pie. Al principio era incapaz de hacerlo, me sentía como un niño de añales, caminando con unas piernas que no podía ver. Estaba muy débil y tenía hambre. Me acerqué al espejo y me miré sin verme, sólo quedaba un poco de pigmento detrás de la retina de mis ojos, pero era mucho más tenue que la niebla. Puse las manos en la mesa y tuve que tocar el espejo con la frente. Con una fuerza de voluntad enorme, me arrastré hasta los aparatos y completé el proceso. Dormí durante el resto de la mañana, tapándome los ojos con las sábanas, para no ver la luz; al mediodía, me desperté, al oír que alguien llamaba a la puerta. Había recuperado todas mis fuerzas”.

Al adentrarse en la historia de Griffin se encuentra el lector con un personaje totalmente desadaptado, carente de empatía y hasta de sensibilidad, la cual se había exacerbado mucho más con la toma de ciertos medicamentos, todo lo cual había sucedido con el propósito de la búsqueda del perfeccionamiento de sus experimentos.

A pesar de la desdicha que narra el protagonista (muy sentido, si se me pregunta, y que comenta muchos momentos en los cuales es inevitable reconocer su soledad y su desventura), esto no era óbice para que dudara en robar, asesinar a otras personas, producir gran cantidad de daños y aprovecharse del dominio que le daba su nuevo estado. Y, justo esto último, puede decirse, propició tal nivel de complacencia en nuestro protagonista que, realista o no, se propuso dominar y aterrorizar al mundo.

“—Le prometo que ya no es un ser humano —dijo Kemp—. Estoy tan seguro de que implantará el Reinado del Terror, una vez que se haya recuperado de las emociones de la huida, como lo estoy de estar hablando con usted. Nuestra única posibilidad de éxito es adelantarnos. Él mismo se ha apartado de la humanidad. Su propia sangre caerá sobre su cabeza”.

En este momento borré la línea en la cual les comentaba el final de la historia para darle más fuerza a mis argumentos previos, pero siento que no es necesario hacerlo (no me esperaba ese final, tampoco, así como sé que ustedes no esperaban que yo escribiera todo esto para, entonces, no decidirme a decirles cómo terminaba la historia para este extraño sujeto).

En general, me gusta mucho el manejo que Wells hace con la ciencia ficción porque no llega a ser excesivo con la terminología (que es algo que, por ejemplo, me ha alejado de autores como Leopoldo Lugones cuando trata de involucrar conceptos de física y de química de modo tan estricto que un lector “común y corriente” pierde el hilo de la narración) y, aunque tampoco sea totalmente reduccionista, se entiende cuando trata de explicar algún fenómeno en el campo de la ciencia –independientemente de su realidad, claro–, y las personas del común no corremos espantadas.

Además de este punto a favor, siempre he considerado que la prosa de Wells es muy amigable para el lector en general, y me siento especialmente atraída hacia ella porque no se queda solamente en lo sorprendente de la historia, pues lo que hay escondido entre sus líneas da también cuenta de que dota a sus personajes de una consciencia honda, y que siempre constituye un grato detalle para los que vamos buscando algo más que una historia emocionante. Es curioso pensarlo desde la perspectiva en la que, quizás, hasta el vacío tiene sus significados y quizás, es otro modo de plantearse que “lo esencial es invisible a los ojos”, como bien dijo Antoine de Saint-Exupéry.

P.D.: todas las películas que conozco sobre "El hombre invisible" son terribles. Ninguna para recomendar.

© K. Sánchez (03/07/22)

La inherente miseria humana y el papel de la fatalidad – Reseña de “El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes”, de Tatiana Tibuleac

Esta lectura (de Tatiana Țîbuleac, novela escrita en 2016) tiene mezcladas una buena cantidad de cosas complicadas y súper. Ofrece, además d...