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La farsa de la propia identidad (reseña de “Confesiones de una máscara”, de Yukio Mishima)

"Di una mentira mil veces y se convertirá en verdad”, es una frase que se la atribuye a Joseph Göbbels en los albores de la segunda guerra mundial, hecho histórico y frase que, casualmente, me vienen de maravilla para iniciar esta reseña.

Previamente había reseñado ya a Yukio Mishima en una lectura diametralmente distinta. Se trataba de “El rumor del oleaje”, un libro que desbordaba amor, simpleza y tranquilidad. Esta vez la experiencia fue otra con “Confesiones de una máscara”, novela de la cual traigo mi intento de reseña hoy (ahora mis escritos tienen crisis de identidad).

“Confesiones de una máscara” viene con un panorama completamente desolador, cuya atmósfera de ansiedad, confusión e inmoralidad se presenta de modo permanente en una narración en primera persona, en la cual el protagonista nos cuenta, en retrospectiva, la historia de su vida hasta el momento del episodio final (y no, no me refiero a la muerte).

San Sebastiano (oleo sobre lienzo)
de Guido Reni (Italia, 1615).
Me permito hacer algunos spoilers básicos e inofensivos solamente para aumentar curiosidades (y para darle algo de raíces a este texto). Primero, como ya lo había mencionado, el contexto de la narración se da en el marco del Japón de la segunda guerra mundial (hay varias alusiones al malestar social y personal que genera la posibilidad de la bomba atómica, por ejemplo). Hecha esta claridad, el segundo factor que pongo de presente es que, aparentemente, la crisis de identidad de nuestro protagonista está relacionada, en primer grado, con su orientación y sus deseos sexuales.

Así, de entrada, el toque que tiene la narrativa es, en una buena parte, de un carácter erótico que, a pesar de lo explícito, es absolutamente admirable. Tiene, quizás, la mejor (o una de las mejores) descripción de una escena de masturbación que haya leído hasta el momento, a propósito del deleite con la observación de la pieza artística del martirio de San Sebastián.

Si bien esta, a mi parecer, es la pieza fundamental que da pie al desarrollo del pseudo-carácter del protagonista, pongo también como uno de sus pilares cierta apetencia por instintos relacionados con la crueldad y ciertas ansias de superioridad y dominio, relacionadas con el sadismo, que también expresa deliciosamente en algunas ocasiones:

“Conduces a la víctima a una curiosa columna hexagonal, y lo haces llevando oculta, a la espalda, una cuerda. Entonces atas su desnudo cuerpo a la columna, colocándole los brazos por encima de la cabeza. Procuras que ofrezca mucha resistencia y que grite mucho. Das a la víctima una detallada descripción de su próxima muerte, y mantienes en todo momento una extraña e inocente sonrisa en tus labios. Sacas del bolsillo un cuchillo muy afilado, te acercas a tu víctima y le cosquilleas levemente, como acariciándolo, la tensa piel de su pecho con la punta del cuchillo. Da un grito de desesperación y retuerce el cuerpo en un intento de esquivar el cuchillo. Jadea, rugiendo aterrado. Le tiemblan las piernas y sus rodillas entrechocan produciendo un seco sonido. Lentamente introduces el cuchillo en el pecho. (¡Sí, ése es el indignante acto por ti cometido!). La víctima arquea el cuerpo, emite un desolado y desgarrador chillido, y un espasmo estremece los músculos alrededor de la herida. El cuchillo ha sido clavado en la carne estremecida con la misma calma con que hubiera sido enfundado. Salta un chorro de sangre burbujeante, y la sangre sigue manando hacia los suaves muslos de la víctima.”

Digna de tener en cuenta es la dualidad que surge a partir de su sentimiento permanente de culpa en cuanto a su deseo reprimido de dar rienda suelta a sus deseos reales (el cual da paso a llenar el título de la novela, con motivo de la adaptación que debe hacer de su personalidad para mostrarse adecuadamente a la sociedad- y que, de paso, me trae recuerdos del protagonista de “Indigno de ser humano” -mi reseña más visitada). Varias veces hace mención a su cobardía y al deseo de “escape”, al suicidio y temas aledaños, a su permanente sensación de inconformidad con su existencia. Al fin y al cabo, el carácter reflexivo de esta narración es lo que le dota de encanto:

“Fue un doloroso despertar. ¿Por qué tenían que cambiar las cosas? Las preguntas que me había formulado infinitas veces desde la infancia acudieron de nuevo a mis labios. ¿Por qué llevamos todos la carga del deber de destruirlo todo, de cambiarlo todo, de entregarlo todo a la caducidad? ¿Será ese desagradable deber eso que la gente llama vida? ¿O yo soy la única persona para quien es un deber? Por lo menos, no cabía la menor duda de que yo era el único que consideraba que el deber era una carga onerosa.”

Es curioso darse cuenta de las diferencias que el protagonista establece para identificar los vínculos que tiene por sus intereses relacionales en cuanto al género femenino y al masculino. Es interesante poner de manifiesto el carácter sexual, erótico, la “moralidad” de sus deseos, y su misma percepción, completamente inestable, de cada una de sus sensaciones y pensamientos al respecto.

Todos estos factores consolidan con mucha fuerza la crisis de identidad que, en todo sentido, se insertó en su personalidad y que, con motivo de las inseguridades y dudas en las que germinó; en medio de aquellas diatribas que, cuestionando las raíces de su propia moral y su percepción sobre el sentido de la existencia, dan paso a un sujeto del que el lector nunca puede tener una idea fija, pues no se sabe en qué capa de su discurso esté inmerso su verdadero “yo”:

“Incluso la excitación que en mí producía un atractivo efebo quedaba limitada al simple deseo sexual. Para dar una explicación superficial, diré que mi alma seguía perteneciendo a Sonoko. A pesar de que no tengo la intención de aceptar íntegramente el concepto a que voy a referirme, creo que el medieval esquema de la lucha entre el cuerpo y el alma puede aclarar un poco mi situación: en mi caso, mediaba un abismo, puro y simple, entre carne y espíritu. Sonoko representaba para mí la encarnación de mi amor a la normalidad en sí misma, mi amor hacia las cosas del espíritu, mi amor a lo imperecedero.”

Ahora, obviando lo icónico que resulta en cuanto a lo gay esta novela (y que, evidentemente, es lo que más salta a la vista en cualquier reseña), como yo también padezco mi propia crisis de identidad, doy un paso al lado y expongo que lo que ha rondado mi cabeza con mis reflexiones después de la lectura me lleva a hacer un símil entre la figura del protagonista (en esta fase de crisis de identidad, aclaro) y el Japón que dejó el paso de la segunda guerra mundial, que, desubicado y traumatizado con los sucesos, continúa en el declive y la paralización de su cultura por la tensión marcada con occidente (temática muy controvertida y señalada con insistencia en muchas otras obras de la literatura japonesa de la época, como, por ejemplo, “Daisuke”, de Natsume Soseki, una de mis novelas favoritas).

Entonces recuerdo también el origen del “Superflat” y a Takashi Murakami que justifica el origen de dicha corriente artística arguyendo que “Japón ha sido castrado y por eso no tenemos respeto por nuestra identidad cultural”. Me da la impression, justamente, de que el “Superflat” es una clase de materialización del protagonista de “Confesiones de una máscara”:

““Initially, ‘Superflat’ was a keyword I used to explain my work. Once I started using it, though, I found that it was applicable to a number of concepts that I had previously been unable to comprehend, including ‘What is free expression?’ ‘What is Japan?’ and ‘What is the nature of this period I live in?’” (fragmento de "WHAT IS SUPERFLAT?: A GUIDE TO TAKASHI MURAKAMI’S ART MOVEMENT").

"A flower forest", de Takashi Murakami.
Apenas normal y algo curioso es darles caracterizaciones similares a fenómenos que suceden a nivel individual y a nivel sociocultural. Me quedo, pues, con mi pregunta de por qué realmente es importante la identidad propia. ¿En qué momento puede llegar a constituir, la pregunta por el ser, un verdadero caos? La individualización de la forma que cada cual quiere ver –o que ve- frente al espejo puede desembocar en una rotunda negación o en una magnificación del propio ser (pregúntense, quizás, por trastornos de la personalidad, como el narcisismo, la disociación y las identidades múltiples, por ejemplo).

¿Hasta qué punto tiene que pagar el individuo con su propia estabilidad mental para sentirse “parte de”? Las carencias y la sociabilidad de la que está dotado el ser humano, por naturaleza, le llevan a querer validarse ante los ojos de los demás, aunque el nivel al que esto sucede y la relevancia para cada sujeto depende, también, de variables en la cultura misma.

Al menos, al día de hoy, las barreras han tendido a disminuir un poco y, aunque en cada experiencia hay múltiples factores que condicionan el ser y el deber-ser, es posible afirmar que, al menos en los espacios más cosmopolitas, se tienen puertas más abiertas para la libre expresión, y para que muchas personas tengan la opción de mostrar sus opiniones y sus preferencias (ahora, el ser y el quiero-ser, gracias a los engaños múltiples de las redes sociales… pero eso es harina de otro costal).

De todos modos, siempre estaremos expuestos a ese tipo de desviaciones. Al menos, sería lindo saltarse un poco las barreras de la moralidad impuesta sin cuestionamientos suficientes.

© K. Sánchez (29/10/22)

Reseña de “El otro”, de Miguel de Unamuno

Miguel de Unamuno siempre ha sido de mis afectos, pero esta es la primera vez que leo una de sus obras para teatro. “El otro: misterio en tres jornadas y un epílogo” es una obra bastante sencilla en su lectura “sencilla” (redundo intencionalmente), pues, si se lee sin un trasfondo existencialista, no llega a tener mayor atractivo.

El meme en el que pensaba cuando leía 😜
El protagonista de esta pieza es, precisamente, “El otro”, un sujeto llamado Cosme, quien durante toda la narración se está preguntando quién es realmente él y si, en realidad, es él mismo o es “el otro”, mientras todos los demás personajes están tratando de develar el misterio. Al hacer referencia al “otro”, se habla de su hermano mellizo, Damián, quien, aparentemente, murió por mano de Cosme, convirtiéndose tal acontecimiento en el punto que marcó su completo desquicio.

Se cuentan, entonces, los motivos por los cuales siempre hubo una rivalidad manifiesta entre los hermanos, pues Cosme señala que nunca se sintió realmente dueño de sí mismo, pues vivía prendado en la imagen de su hermano. Así, se cuenta la historia de una de estas rivalidades, la cual se manifestó en la escogencia de las parejas por parte de cada uno de ellos (Laura, esposa de Cosme y Damiana, esposa de Damián). Dichas mujeres, adicionalmente, tendrían también alguna rivalidad relacionada, precisamente, con el deseo hacia los dos hermanos.

Así, entre al entretejerse la historia se hacen numerosas referencias a la identificación propia del ser y a la creciente rivalidad entre los impulsos y la moral, lo cual se concluye, a mi parecer, en esas leves disociaciones por las que se pasa ocasionalmente cuando, de algún modo, tenemos la impresión de no reconocernos a nosotros mismos.

“EL OTRO: (Sollozando.) Le llevo dentro, muerto, ama. Me está matando…, me está matando…, me está matando… Acabará conmigo… Abel es implacable, ama, Abel no perdona. ¡Abel es malo! Sí, sí; si no le mata Caín, le habría matado a Caín. Y le está matando…, me está matando Abel. Abel ¿qué haces de tu hermano? El que se hace víctima es tan malo como el que se hace verdugo.

Hacerse víctima es diabólica venganza. ¡Ay, ama!”

Esto, como decía, en razón de las decisiones propias y el impacto que generan las consecuencias de cada una en nuestra existencia, y la constante evaluación de nuestros propios actos en términos de “bien” y “mal”, que, para el caso, se denotan en las frecuentes referencias a Caín y a Abel y las divagaciones sobre estos, así como a la vida y a la muerte y al juicio personal sobre dichos conceptos.

“DAMIANA: La tumba es cuna y la cuna tumba. La que da vida a un hombre para que sueñe la vida —sólo el sueño es vida— da muerte a un ángel que dormía la terrible felicidad eterna…, eterna por vacía. La cuna es tumba, el seno materno es sepulcro”.

En conclusión, me parece una buena experiencia de lectura para cuando se quiere un libro para una sola tarde. Hay mucho que discutir respecto a temáticas como la percepción de uno mismo, el auto-sabotaje, la conciencia, la moral occidental, entre otros muy interesantes.

😵 Dato curioso: me sentí gratamente sorprendida al leer el fragmento que cito a continuación, porque me trajo a la mente una canción que dice, casi exactamente, lo mismo:

“EL OTRO: (…) Y entonces sentí que se me derretía la conciencia, el alma; que empezaba a vivir, o mejor a desvivir, hacia atrás, a redro tiempo, como en una película que se haga correr al revés… Empecé a vivir hacia atrás, hacia el pasado, a reculones, arredrándome… Y desfiló mi vida y volví a tener veinte años, y diez, y cinco, y me hice niño, ¡niño!, y cuando sentía en mis santos labios infantiles el gusto de la santa leche materna…, desnací…, me morí… Me morí al llegar a cuando nací, a cuando nacimos…”.

La canción es de Shining y se titula “The Eerie Cold (Samvetskvalens Ballad)” (pueden escucharla, no es ruidosa; es, más bien, bastante sentida, y es un intrumental muy bonito; la narración inicia en el minuto 4:00):

“I think we ought to start our life old
And we have all the pain, and we're feeble
And we look at our friends, and they're feeble, they're hundreds
But every day we get younger
And we have something to look forward to
No need to kill yourself, there's... hope.
And then when you reach 20, 19, 12, 10
Everyday is really a new day
And it's really a miracle
And then you're a baby, and you don't know your life is ending
You just suck on your mother's tit
And then you die”.

Traducción al español:

“Pienso que deberíamos empezar nuestras vidas desde viejos
cuando tenemos todo el dolor y somos débiles
y vemos a nuestros amigos, y son débiles; son cien
pero todos los días somos más jóvenes
y tendríamos algo por lo que esperar
si necesidad de suicidarnos, hay... esperanza.
Y después llegas a los 20, 19, 12, 10
cada día es realmente un nuevo día
y es realmente un milagro
y entonces eres un bebé y tú no sabes que tu vida está terminando
tú sólo succionas la teta de tu madre
y entonces mueres”.

Si es una coincidencia, es una coincidencia muy interesante 😎

© K. Sánchez (17/06/22)

Reseña de “La puerta” de Natsume Sōseki (y opinión de la trilogía que cierra con esta novela)

Llevaba varios meses leyendo la trilogía de este autor, que iniciaba con “Sanshiro”, continuaba con “Daisuke” y finalizaba con La puerta. Voy a iniciar haciendo con la reseña acerca de “La puerta” y, después, daré mi opinión acerca del conjunto que conformaron las tres novelas.

Utagawa Hiroshige, CC0, via Wikimedia Commons
“La puerta” tiene un carácter muy distinto a sus antecesoras. Esta vez el protagonista es un hombre llamado Sosuke, de mediana edad (se podría decir que es de la misma edad o un poco mayor que Daisuke, el protagonista de la segunda novela), casado y que lleva una vida más que modesta. Tiene problemas económicos, debe luchar para que su pobre salario le alcance para lo necesario, y vive en un estado de constante desesperación, nostalgia y frustración. Se trata de la materialización de un personaje que, a pesar de que no es viejo, no espera absolutamente nada de su vida, pues ha perdido todas las expectativas que pudiere haber tenido de la misma.

A diferencia de las novelas que le preceden, en esta no se hacen referencias de carácter artístico, político o intelectual: el ambiente fue creado a propósito de adentrar al lector en la misma burbuja en la que Sosuke se refugió, junto con su esposa, cuando determinó que su vida no tenía un propósito establecido, sin darle espacio siquiera para albergar ningún tipo de resentimiento, esto es, lejos de todo aquello que pudiera darle una percepción de lo que sucedía afuera, a ese mundo que le había rechazado. Nuestro protagonista, esta vez, es un exiliado de las alas de la sociedad, a pesar de que en su juventud contó con condiciones muy favorables para haber logrado algún tipo de felicidad.

“El hecho de que hubieran logrado disfrutar de cierta paz se debía exclusivamente al poder curativo del tiempo, esa bendición de la naturaleza. Y si en alguna ocasión sucedía que escuchaban una voz a lo lejos que les acusaba de haber cometido un pecado, esa voz era tan tenue, tan distante, tan ajena a sus intereses cotidianos, que la impresión que producía en ellos no podía ser nombrada con palabras tan terribles como sufrimiento o miedo. Por otro lado, como no tenían fe para reconocer a Dios o como para alcanzar a Buda, mantenían su mirada fija el uno en el otro. Atrapados en su mutuo abrazo, formaban un círculo que les protegía del exterior. De esa manera, su vida diaria acabó por encontrar cierto equilibrio en medio de una atmósfera de melancolía. En ella saboreaban una especie de dulce tristeza. Ninguno de los dos sabía gran cosa de arte o filosofía, de modo que disfrutaban de esa fruta agridulce sin darse cuenta realmente de lo que tenían, sin regocijarse”.

El lapso en el que se desarrolla la historia es bastante corto, y la misma no ofrece muchas situaciones de importancia trascendental. Apenas dos, si no me equivoco: un factible reencuentro que pone de cabeza el mundo de Sosuke y amenaza con destruir la relativa tranquilidad que trataba de mantener, y la decisión que toma a partir de ello para tratar de encontrarse a sí mismo. Por lo demás, el resto de la historia contextualiza al lector en las situaciones que se han dado para que Sosuke sea la persona que se nos presenta en el momento en que se desarrolla la trama.

Dentro de esta historia que se presenta sobre las circunstancias previas, la que considero más importante y que, en realidad, considero la columna vertebral de la trama, es la relación de Sosuke y su esposa, Oyone (lo cual también es algo completamente nuevo en relación con las dos historias anteriores). A pesar de la vida tan simple que lleva la pareja y del modo en que la sociedad los ha relegado, su amor (que puede ser calificado como simple o desabrido, incluso) les da un respiro a pesar de las dificultades y les mantiene incólumes ante las constantes desdichas que les acechan.

La pareja afrontó situaciones muy complejas y, aún en este rezago de la sociedad, pasaron por la pérdida de varios hijos, dificultades en sus familiares, enfermedades y su desesperanza ya acostumbrada. Y es justo el mismo amor y el aprecio de Sosuke hacia Oyone lo que llevó a este, finalmente, a asumir ciertas dificultades en soledad, para evitar generarle mayores desdichas a ella (a pesar de que era una mujer muy serena y sensata).

“Al darse cuenta de su estado, se compadeció de sí mismo, sin poder dejar de escuchar el paso de las horas en el reloj del salón. En un principio fueron unas cuantas campanadas en rápida sucesión. Más tarde escuchó solo una: el ruido sordo de una única campanada que parecía arrastrarse eternamente por la casa como si se tratara de la cola de un cometa arrastrado por todo el universo. El eco resonó largo tiempo en sus oídos. Más tarde, el reloj dio las dos con su sonido melancólico. Tumbado en la cama, decidió que debía encontrar la manera de tomar las riendas de su vida. Casi sin darse cuenta, el reloj estaba dando las tres. Poco después fueron las cuatro, las cinco, las seis… A lo largo de aquella noche tuvo la impresión de estar entrando a formar parte de un mundo mucho más extenso. El cielo se expandía y se contraía como una pelota colgada de una cuerda elástica. Y, como las olas, la tierra se movía adelante y atrás en el espacio, describiendo un formidable arco. Eran cerca de las siete cuando despertó repentinamente de su sueño. Vio el rostro sonriente de Oyone, que estaba arrodillada a su lado, al igual que todas las mañanas, mientras un sol radiante ahuyentaba de sus ojos el oscuro mundo de los sueños”.

Así, cuando la trama llega a su punto álgido, el protagonista se percata de su pobreza espiritual (que le atormentaba, seguramente, más que la económica) y de su falta de carácter y piensa, entonces, en la idea de la puerta y de si, en algún momento de su vida, logrará cruzar ese umbral para encontrarse consigo mismo y descubrir, quizás, un camino para soportar su existencia humana.

😵 ¿Cómo se enlaza, entonces, la trilogía?

Es sorprendente lo diferentes que son entre sí las tres narraciones, pero lo más curioso es que este factor es el que las une, precisamente. No hay personajes en común en ninguna de las historias (era algo que yo estaba esperando), ni paisajes o algún punto en particular. Considero que es una sucesión de maneras de ver la vida, que podrían tomarse a partir de la edad, las decisiones y el paso del tiempo.

Sanshiro, la primera historia, presentaba un ambiente lleno de gracia e inocencia: el joven de provincia que va a Tokio para iniciar sus estudios universitarios, y empieza a conocer un mundo que no tenía idea de que existía, y que estaba impregnado de relaciones sociales y de personas que eran muy difíciles de entender para la simpleza y la pureza del protagonista. El escenario, que estaba muy bien dotado de apuntes de corte literario y artístico. Y la percepción y el primer acercamiento que tiene Sanshiro con las mujeres y el amor, que le resulta tan complejo en su abordaje, esencialmente por la joven de la cual se enamora. En resumen, fue una historia encantadora y muy tranquila, y su final, si bien puede dejar un sinsabor, es bastante realista y, a mi parecer, “adecuado”.

Descriptor básico de la primera novela: inocencia 💖

Viene luego Daisuke, de lectura mucho más compleja porque el abordaje se da esta vez desde la profunda individualidad del protagonista y sus constantes cavilaciones respecto al tema social y económico, pasando así, esta vez, a dejar el trasfondo artístico de Sanshiro para inmiscuirse más en cuestiones filosóficas y existencialistas. Se puede decir, entonces, que es una segunda etapa: la mediana edad, en la cual el personaje principal ya ha asumido un carácter propio para plantarse frente al mundo que le rodea y a las imposiciones que se le tratan de destinar en virtud de su rol. Aquí ya no hay apuntes graciosos, todo parece un desierto. En cuanto a las relaciones con el género femenino, esta vez el asunto es más difícil porque, de por medio, hay una mujer casada. El punto álgido de la novela hace referencia a las decisiones y a la manera de asumirlas. El final, en esta ocasión, resultó tremendamente trágico, bochornoso y desesperanzador.

Descriptor básico de la segunda novela: angustia 😰

Y se cierra la trilogía con La puerta, que nos ofrece una narración de menor complejidad que las dos anteriores (fluye con mucha más facilidad y, así mismo, los personajes son mucho más “simples”, de algún modo), y que puede tomarse como la siguiente fase de la vida. Se trata también de un hombre de mediana edad, mas este nos trae la novedad de que está casado, creándose así un nuevo panorama frente a las relaciones con el género femenino a comparación de las dos lecturas anteriores.

Como mencioné, curiosamente, esta relación es el punto central de la trama, pues es un factor que moldea el actuar de Sosuke, el protagonista. Referencias artísticas, literarias, políticas o filosóficas ya no hay: esta vez se llena el ambiente de la misma falta de interés y presunta ignorancia a la que voluntariamente se ha sometido el protagonista para soportar su existencia. El final no resultó como los dos anteriores, tampoco. Podría ser, tal vez, una suerte de “final feliz” que, de todas maneras, te deja la inquietud de “esto no será para siempre”.

La tormenta que había amenazado con caerle encima se había alejado sin rozarle siquiera, pero tenía la impresión de que en el futuro se vería obligado a enfrentarse a situaciones parecidas. El destino se la tenía guardada. Era su obligación capear el temporal, ese era su destino y tenía que acostumbrarse a convivir con él”.


Descriptor básico de la tercera novela: frustración 😔

Ahora, bien podría decirse que la relación de Sosuke y Oyone sería, en algún universo, el resultado de que Daisuke y Michiyo hubiesen logrado concretar su relación, pues, al fin y al cabo, en ambas parejas se da la situación de la “deshonra”, la cual conlleva(ría) el exilio de los amantes y el rechazo de la sociedad debido a sus acciones.

También puedo decir que el carácter de los tres protagonistas tiene un factor común que es su falta de carácter. Todos con cierta carga de cobardía que les impide tomar decisiones y enfrentar la vida en muchos aspectos, convirtiéndose en víctimas de su propia pusilanimidad (que trata de disfrazarse con una “falta de interés” también en las tres novelas).

En conclusión, teniendo en cuenta los factores que mencioné, la lectura de esta trilogía da mucho que pensar respecto a la individualidad del ser humano partiendo de las circunstancias que le rodean y del escenario en el que tiene que desenvolverse. Independientemente de sus situaciones iniciales, de su patrimonio, de la favorabilidad de su posición social, de sus intereses (o desintereses) y de su personalidad, las decisiones que toma cada cual y la manera en la que se perciben y se manejan las relaciones sociales. Hombres muy diferentes pueden cruzarse en puntos muy similares, independientemente de lo anterior, siendo la individualidad misma y la capacidad para hacerse, rehacerse y entender la existencia lo determinante para cada final posible.

© K. Sánchez (09/06/22)

Reseña de “Último día de un condenado a muerte”, de Víctor Hugo

“Pues sí, ¡procurador del rey! ¡Y la constitución! ¡Y la libertad de prensa! Sin embargo, convendrá en que es odioso que un poeta quiera suprimir la pena de muerte. ¡Seguro que durante el antiguo régimen iban a permitir publicar un libro contra la tortura…! Pero después de la toma de la Bastilla, se puede escribir de todo. Los libros hacen un mal terrible”.

Una horca en París evoca el Día Mundial contra la
Pena de Muerte
(Diario de León, 11/10/11).
Di con esta lectura apenas como iniciación a la obra de Víctor Hugo. Si bien tengo entendido que la temática que aquí aborda es bandera en todos sus escritos, me siento satisfecha de haberle conocido de este modo, especialmente en razón de las afinidades teóricas (académicas) que tiene este discurso con mis intereses y conocimientos.

Es un libro realmente corto. Se encuentra dividido en dos partes:

1. La condena.

Se narra la historia, en primera persona, de un hombre joven, bien educado, con una familia formada y de una posición relativamente bien acomodada, quien fue condenado a muerte, aparentemente, por un homicidio. De acuerdo con esto, debía morir en la horca.

Así, cuenta desde el momento en el que fue sentenciado hasta que llega al centro de la plaza, justo antes de su ejecución pública. Se tiene entonces una narración supremamente directa y cruda, mas no se deja extrañar en ningún momento la elegancia de la prosa.

“¡Pues bien! Tengamos coraje frente a la muerte, tomemos esta espantosa idea con ambas manos y mirémosla a la cara. Pidámosle cuentas de lo que es, sepamos lo que nos reclama, démosle la vuelta en todos los sentidos, deletreemos el enigma, y miremos de antemano nuestra tumba.

Me parece que, en cuanto se cierren mis ojos, veré una inmensa claridad y abismos de luz por los cuales mi espíritu rodará sin fin. Me parece que el cielo será luminoso por su propia esencia, que los astros serán en él manchas oscuras, y que en lugar de ser, como son para los ojos vivos, lentejuelas de oro sobre terciopelo negro, parecerán puntos negros sobre un telón dorado.

O acaso, miserable de mí, será un horrible abismo, profundo, con paredes tapizadas de tinieblas, por el cual caeré sin cesar mientras veo formas removerse en la sombra”.

Así (a pesar de lo inverosímil que resulta que haya escrito esto en el momento antes de su muerte, lo cual puedo calificar como un error), en el recorrido que hace de sus días, pone de manifiesto el carácter inhumano de la pena de muerte en general, así como de la crueldad en los tratos que recibían quienes eran condenados al encierro y a trabajos forzados. En el intermedio, además de buscar hacer sentir al lector la irracionalidad de tales decisiones, entrelaza una cantidad de disertaciones llenas de angustia y contradicciones que reflejan la alteración profunda por la que pasa el protagonista:

¡Ay! ¿Qué hace la muerte con nuestra alma? ¿Qué naturaleza le deja? ¿Qué puede darle, qué puede quitarle? ¿Dónde la pone? ¿Le presta ojos de carne de vez en cuando, para mirar hacia la tierra y llorar?

Debo admitir que, si bien todo el texto está lleno de referencias desesperanzadoras y crueles, el final me llegó a envolver de tal manera que sentí mucha ansiedad desde que le transportan del centro penitenciario hasta que llega al centro de La Greve (la plaza) para el momento de su ejecución (¡me estaba ahogando!). Me gustó el impacto emocional de esa parte final (a pesar de que no narran el momento preciso de la ejecución, y eso era algo que yo esperaba con ansias).

Y bien, en resumen, esta es la parte sensibilizadora de la obra, pero es la menos importante…

2. El prefacio: el discurso contra la pena de muerte.

…porque aquí es donde reside la fuerza del discurso, incluyendo dentro de este, a grandes rasgos (apenas para que tenga un buen punto entre lo general y lo específico), un ataque muy bien fundamentado a la sociedad y al sistema penal de la Francia de la época, haciendo una apología al abolicionismo de la pena de muerte y, de fondo, a una “transformación completa de la penalidad” con un enfoque con raíz humanista, haciendo apreciaciones muy importantes acerca de todo el contexto. En síntesis:

“Declara, pues, o más bien reconoce abiertamente, que Último día de un condenado a muerte no es otra cosa que un alegato, directo o indirecto, como se quiera, a favor de la abolición de la pena de muerte. Lo que lo ha llevado a escribirlo, lo que quisiera que la posteridad viese en su obra, si alguna vez se ocupa de algo tan simple, no es la defensa especial, y siempre fácil, y siempre transitoria, de tal o cual acusado en concreto, sino la defensa general y permanente de todos los acusados presentes y futuros; es la cuestión de derecho más importante para la humanidad, alegada y defendida a viva voz ante la sociedad, que constituye la gran corte de casación; es este fin supremo de no recibir, abhorrescere a sanguine, establecido para siempre ante cualquier proceso criminal; es la sombra y la cuestión fatal que palpita oscura en el fondo de todas las causas capitales bajo el triple espesor del pathos, con los que se cubre la sangrienta retórica de las gentes del rey; es la cuestión de vida y muerte, digo yo, desvestida, desnuda, despojada de los sonoros enredos del tribunal, brutalmente actualizada, y colocada donde es necesario verla, donde es necesario que esté, donde está de verdad, en su verdadero ámbito, en su ámbito de horror, no en el tribunal, sino en el patíbulo, no entre los jueces, sino con los verdugos”.

Así, para quien esté interesado y no desee pasar por la primera parte del libro, perfectamente puede venir a esta y obtener toda su esencia. Además de lo que ya mencioné, el autor también hace referencia a fenómenos como, por ejemplo, la trascendencia de la pena más allá del individuo procesado, la insensibilidad del pueblo frente a la tortura y la muerte (para el que no constituía nada más allá de un buen espectáculo) y de los operadores de la justicia penal, y, en general, apreciaciones muy interesantes acerca del castigo, lo cual hace de Víctor Hugo una figura literaria digna de resaltar en cuanto al derecho penal en la revolución francesa y el abolicionismo de la pena de muerte (contra el cual, aún hoy en día, seguimos luchando).

© K. Sánchez (11/04/22) 

Reseña de “El verano” de Albert Camus

Hasta el momento no me había encontrado con una obra de Camus que estuviera dotada de un carácter manifiestamente personal. En los textos que conforman este libro, escritos a mediados del año 1950, Camus hace referencia a muchas impresiones que tiene, para el momento de plasmarlo en letras, acerca de lugares, pensamientos y experiencias en su pasado, enlazadas de modo encantador con el absurdo que representa su filosofía, y que dota a sus disertaciones de un ánimo que se mueve constantemente entre lo reflexivo, lo artístico y la nostalgia.

Como es de esperarse, constantes alusiones a Grecia y a su mitología (que, tengo que admitir, me quedo corta en muchas ocasiones porque no tengo suficiente recorrido al respecto). Reconozco que una de las fuerzas más grandes que tienen estos textos está muy relacionada con los paisajes descritos (impresión particular) y, especialmente, con la significación simbólica del verano.

Todos estos textos tienen un no-se-qué que me resulta muy encantador, ya que encontré contrastes que me resultaron en emociones muy vívidas en demasiados momentos de la lectura:

El Minotauro o el alto de Orán (1949), Pequeña guía para ciudades sin pasado (1947) y Retorno a Tipasa (1953) son los textos en los que se denota un mayor énfasis en lo que evocan ciertos lugares para el autor, teniendo en cuenta las experiencias de lo ya vivido en comparación con lo actual.

De Prometeo en los infiernos (1946) y El exilio de Helena (1948) no puedo decir mucho a fondo, pues, como mencioné, es trascendental para su entera compresión tener claridad en cuanto a muchos puntos de la mitología griega.

El enigma (1950) –mi favorito de la colección- y El mar, aún más cerca (1953) son textos que, primero, alabo ¡porque tienen una prosa bellísima! El encanto de la sensibilidad absurda, llena de aparentes contradicciones en sí misma, dotada de un carácter excesivamente humano, me resultó fascinante.

“En la medida en que es posible, a mí me hubiera gustado ser, por el contrario, un escritor objetivo. Llamo objetivo a un autor que se propone temas sin tomarse jamás a sí mismo como objeto. Pero el furor contemporáneo de confundir al escritor con su tema sería incapaz de admitir esa relativa libertad del autor. Así se convierte uno en profeta del absurdo. Y, sin embargo, ¿he hecho yo otra cosa que razonar sobre una idea que he encontrado en las calles de mi tiempo? Que haya alimentado esa idea (y que una parte de mí siga alimentándola), con toda mi generación, no hace falta decirlo. Simplemente, he tomado respecto a ella la distancia necesaria para tratarla y discernir su lógica. Cuanto he podido escribir desde entonces lo muestra suficientemente. Pero es más cómodo explotar una fórmula que un matiz. Se ha elegido la fórmula: aquí estoy, igual de absurdo que antes”.

© K. Sánchez (06/04/22)

Reseña de “Siddhartha”, de Herman Hesse

Llevaba más de diez años sin leer a Hesse, desde El lobo estepario. De este último me había llevado una muy buena impresión, así que, sin dudarlo, empecé a leer Siddhartha, pero debo admitir que no tenía ni la más mínima idea de que era este tipo de libro. Pero lo interesante es que, aunque yo esperaba algo totalmente diferente, me llevé la sorpresa más grata de la vida al encontrarme lo que podría tomar como una especie de biblia. Sí, así de grandioso fue.

Infructuoso sería detenerme en resumirles la historia, porque doy fe de que lo lineal aquí queda en un segundo plano. Es apenas la consecución en la línea del tiempo de cómo y en qué momento aprendió el protagonista cada cosa. Esto, evidentemente, le da sentido y lo diferencia de cualquier texto filosófico o religioso (en el sentido de que sólo se refieren al discurso y a la reflexión), pero tú aquí no vienes por la historia, sino por la sabiduría que te va llenando con cada aparte que lees, que cobra la apariencia casi un texto sagrado, pero que toca temas complejos de un modo muchísimo más digerible.

Así que, lo primero que quiero resaltar del relato es que es exageradamente fácil de leer. Eso me parece hermoso porque estamos ante un texto que puede ser de acceso para personas que no están muy acostumbradas a la lectura. Tiene algunos términos que, posiblemente, no se entenderán si el lector no tiene conocimientos básicos sobre el budismo, pero basta con googlear algunas referencias a deidades, conceptos clave (las cuatro nobles verdades, el sendero óctuple, etc.).

Siddhartha Gautama meditating-
Original picture taken by Sacca, CC BY-SA 3.0,
via Wikimedia Commons.
Para mi caso, supongo que el hecho de tener buen asidero teórico sobre el budismo y las religiones orientales me ha sido de gran ayuda para explotar la lectura al máximo, pero lo cierto es que no es necesario ser un experto para sacarle gran provecho a la lectura.

Como resumen ejecutivo, puedo contarles que la historia está basada en la vida de Siddhartha (¡ojo! no se trata de la vida de “Buda” -Siddharta Gautama-, pero sí tiene alguna relación), el hijo de un brahmán que, desde temprana edad, fue admirado por todos debido a su gran entendimiento y sabiduría. Este decidió, insatisfecho, optó por cambiar su rumbo varias veces en su vida buscando conocer la verdad última de la existencia, llegando a explorar y a entender, por medio de la propia vivencia, las cadenas que atan al ser humano y que son el origen del sufrimiento mismo.

“Solo una meta se perfilaba ante Siddhartha: quedarse vacío, despojarse de su sed, de sus deseos, de sus sueños, de sus penas y alegrías. Deseaba morir para sí mismo, no ser más él, hallar paz y tranquilidad en su corazón vacío, permanecer abierto al milagro despersonalizando el pensamiento. Cuando venciera y aniquilara a su Yo, cuando todos los impulsos y pasiones enmudecieran en su corazón, tendría que despertar lo Último, lo más íntimo del Ser, lo que ya no es el Yo, sino el gran Misterio”.

Así, recorriendo ese camino, se encontró con algunas personas a las que tomó por maestros (personas del común), de quienes tomó enseñanzas que le fueron muy valiosas en los distintos momentos de su vida y que, finalmente, le aportaron enormes conocimientos para llegar a esa tan anhelada verdad suprema. De especial importancia entre los personajes considero a Govinda, un hombre de gran nobleza y bondad; a Vasudeva, que me ha dejado encantada con su conocimiento del fluir de las aguas (que me recuerda un concepto que hace parte de mi propia filosofía de vida, y que encuentro íntimamente asociado también con el taoísmo) y a Kamala, figura a la que resalto porque, siendo una cortesana, Siddhartha la tomó como ejemplo para aprender acerca del “arte del amor” (haciendo referencia a un amor sexual, pero que es íntegro). Me quedo con este aparte, que me pareció muy significativo:

“—¿Por qué habría de temer a un samana, a un necio samana del bosque que solo ha vivido entre chacales y no tiene la menor idea de lo que es una mujer?

—¡Oh! El samana es fuerte y nada lo amedrenta. Podría forzarte, hermosa muchacha. Podría raptarte o hacerte daño.

—No, samana, no es eso lo que temo. ¿Acaso un samana o un brahmán han temido alguna vez que alguien pudiera asaltarlos y robarles su erudición, su piedad o sus pensamientos más profundos? No, pues forman parte de sí mismo y él da solo lo que quiere dar y a quien le place dárselo. Lo mismo ocurre con Kamala y los placeres del amor. Bella y encarnada es la boca de Kamala; pero intenta besarla contra su voluntad y no obtendrás de esa boca, que tantas delicias sabe prodigar, ni una sola gota de dulzura. Tienes facilidad para aprender, Siddhartha, pues aprende también esto: el amor se puede mendigar, comprar, recibir como regalo o recoger en la calle, ¡pero robarlo es imposible! Has elegido un camino equivocado. No, sería lamentable que un joven tan hermoso como tú empezara tan mal”.

Así, en medio de sus anécdotas y sus reflexiones, la narración de la vida de Siddhartha trae a colación temas como el sentido de la vida, la existencia misma, los placeres, los vicios, el dinero y los lujos, amistad y el amor en general. Me quedo con la idea de que sería muy provechoso darle una relectura durante cada cierto tiempo. Y bien, para quienes no saben acerca del budismo y les causa curiosidad aprender sobre su filosofía, este texto es excelente para llevarse una idea muy bien ilustrada sobre este.

© K. Sánchez (13/02/22)

Reseña de “El Aleph” (colección de cuentos de Jorge Luis Borges)

Yo había tratado de leer a Borges cuando tenía 16 años, pero no me molesta admitir que no me sentí preparada para ello (así como más recientemente me sucedió con el Ulises de James Joyce). Excesivas referencias que no me eran familiares ni conocidas, que me sonaban supremamente lejanas, y una prosa que no me resultaba del todo digerible. Abandoné.

Más de diez años después volví a intentarlo y, aunque no me separo totalmente de lo que dije anteriormente, al menos fui capaz de entender, al menos globalmente, todas las temáticas aquí tratadas, y de quedar con la sensación de “bueno, esta vez entendí un poco más”.

Sé que mi esfuerzo por hacer una reseña es totalmente en vano, pero no puedo dejar que esta ocasión pase sin que conste al menos un recuerdo por escrito de la impresión que me ha dejado esta vez, quizás, con el objetivo de comparar a futuro lo que he captado cuando haga una relectura (definitivamente, es uno de esos libros que quiero releer, y no por el simple placer de degustar la prosa, sino porque soy consciente del cambio de significados que puedo obtener tiempo después por el contenido más simbólico y trascendental que en el texto se irradia permanentemente).

MoRDi CuaC, CC BY-SA 2.0, via Wikimedia Commons
La edición que tuve el gusto de leer está conformada por 17 cuentos. La entrada del libro con “El inmortal” es espectacular. Este cuento contiene, quizás, la mayoría de los elementos y conceptos que luego se examinarán desde diferentes perspectivas en los siguiente, y así ya uno sabe en qué terreno se está metiendo. La historia es asombrosa, tanto por los elementos fantásticos con los que cuenta, así como por la manera en la que logra aterrizarlos para que esa misma fantasía se sienta como toda una realidad.

Como no me voy a detener en cada uno de los relatos, ya que me parece carente de sentido hacer una narración plana de estos relatos, sí me gustaría destacar que, desde mi lectura, sentí profunda conexión y admiración en cuanto a las ideas que, sin cesar, se van construyendo en uno como lector al cierre de cada texto. Conceptos como la temporalidad y su trascendencia, muy orientados hacia la idea del tiempo cíclico en contraposición con el lineal; otras contraposiciones relativas a dios y a la religión, a lo global y a lo individual, a la objetividad y a la subjetividad, al todo y a la nada, a la realidad y a la fantasía.

Resalto también la estrategia del cambio de perspectivas que se vio en cuentos como “Deutsches Requiem” y “La casa de Asterión”; la relevancia del elemento arquitectónico en “El inmortal”, “Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto”, “El Aleph” y, nuevamente, en “La casa de Asterión”; la imperfección de la palabra para expresar lo absoluto en “El Zahir”, “La escritura del dios” y, evidentemente, en “El Aleph”; el envidiable manejo de la historia y la cultura en relatos como “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”, “Los teólogos”, “La busca de Averroes” y “El hombre en el umbral” y, como último elemento, para no alagar la lista, el amplio conocimiento del sujeto desolado y atormentado por la incertidumbre, como se puede ver también en “El inmortal”, “La casa de Asterión” y “La espera”.

Y bien, el cierre de la colección se concreta magistralmente con “El Aleph”. Así como en “El inmortal”, se traen a colación muchas semillitas que se dejaron plantadas a lo largo del texto y aquí se le pone la cereza al pastel. Como construcción literaria me pareció completísimo, tiene tonalidades muy diversas; evoca una cantidad de emociones distintas; tiene algo de sátira, de romance, de filosofía, de ciencia, de historia. Me quedé con un parrafito que leí con total apasionamiento y que guardaré con mucho cariño (hasta lo transcribí y amé leerlo en voz alta).

No me puedo quedar sin decir que, justo después de esta lectura, inicié con Siddhartha de Herman Hesse y me he sentido más que satisfecha debido a que encuentro maravillosamente representada la idea del Aleph en la Unidad que se maneja en este último; esa carencia de expresión del absoluto por medio de la palabra, esa manera en la que se desdibujan los límites de la existencia para formar aquello que nos trasciende…

Posdata: agradezco enormemente a mi compañero de lectura, quien me ayudó mucho a aterrizar gran cantidad de elementos que encontré en este libro, así como a expandirlo a perspectivas y comparaciones de las que inicialmente no me percaté :)

La inherente miseria humana y el papel de la fatalidad – Reseña de “El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes”, de Tatiana Tibuleac

Esta lectura (de Tatiana Țîbuleac, novela escrita en 2016) tiene mezcladas una buena cantidad de cosas complicadas y súper. Ofrece, además d...