¿Quién tiene realmente el control? Reseña de “El asiento del conductor” de Muriel Spark

Soy lectora poco recurrente de novelas contemporáneas. Incluso, podría decir que no recuerdo cuál fue la última que leí, si no cuento las adscritas al género de terror, claro está. Pero vi las opiniones de la parte trasera del libro y me llamó la atención, además de que es una lectura corta.

Entonces investigué que Muriel Spark fue una novelista nacida en Edinburgo, que vivió entre 1918 y 2006, famosa por sus novelas, poemas y ensayos. Sólo quiero comentar que revisé un poco su biografía y vi un documental en YouTube sobre ella y quedé más encantada de lo que ya estaba. Así, si están googleando “mujeres famosas en la literatura” o “libros escritos por mujeres”, definitivamente, en su lista tiene que estar esta mujer.

Dejo también un pequeño parrafito que obtuve de la lectura de un artículo (en inglés, para quien interese) en el que se entrevistaba a Penelope Jardine, quien convivió con la escritora durante bastantes años (aunque no es dado concluir que tuvieran una relación sentimental):

“Cuando Spark "ocasionalmente clavaba la daga" era devastadora, pero, sobre todo, disfrutaba de la compañía de su amiga y la encontraba menos difícil que los demás: "Era una persona muy complicada en algunos aspectos, y muy sencilla en otros. Era bastante fácil llevarse bien con ella, muy fácil hablar con ella. No era una esnob y no era imponente con lo que hacía. De hecho, normalmente te sentías bastante bien en su presencia. Sentías que podías hacer cualquier cosa ".

👀💓Si vas a leer el libro:

Resulta un tanto retador hacer una reseña de este libro sin ser abusiva con la expectativa del lector potencial. Puedo señalar que la protagonista es una mujer de unos treinta-y-tantos años, empleada de una empresa, que se va a tomar unas extrañas vacaciones (cuyo objeto no puedo revelar). La autora hace muchas referencias a conductas, ademanes y pensamientos de Lise (la protagonista) que hacen que uno como lector se cuestione permanentemente qué tipo de situaciones se deben ocultar tras un modo de pensar y de hacer tan particular como el de ella.

El libro es enrevesado. Uno no siente en ningún momento que sepa o que tenga alguna idea del motivo que propició “el final”, ni al inicio, ni en la mitad, ni faltando dos páginas para concluir la lectura. Me refiero a “el final” (así, entre comillas), porque el narrador suelta lo que sucede en el desenlace casi desde el principio, pero no hay ninguna pista en el entramado. Así, aunque uno ya sepa en qué termina todo, nunca sabe cómo carajo llegó a suceder, y eso que uno está atento a cada personaje. Y, para colmo, la narración no va en una típica línea recta, sino que va del presente al pasado sin avisar previamente. Loquísimo.

Y es la misma sensación que me llevé al terminar el libro. Me dije a mí misma: “no entendiste, ¿cierto?”, así que fui a buscar reseñas y opiniones en la web, y di un suspiro de alivio cuando me di cuenta de que, aparentemente, muchos estaban en la misma situación que yo. Tienes que pararte a pensar y a revisar todas las piezas que pudiste obtener si deseas tener algo medianamente claro en tu cabeza.

😖Si no vas a leer el libro:

“Avanza por la calle ancha, buscando en los escaparates el vestido que necesita; el vestido necesario. Lleva los labios entreabiertos; ella, que por lo general los aprieta por la censura que a diario le merece la empresa de contabilidad en la que ha trabajado sin interrupción, si se exceptúan los meses de la enfermedad, desde que tenía dieciocho años, es decir, dieciséis años y unos cuantos meses. Cuando no está hablando o comiendo, suele tener los labios tan apretados como las rayas de un balance general, perfilados en línea recta por su anticuado carmín. Una boca juzgadora e inapelable, un instrumento de precisión, un celador minucioso (…)”.

Bueno, bueno. Entonces elaboro mejor el cuento: nuestra protagonista, Lise, tiene un ataque de llanto, un poco perturbador, en su oficina, y su jefe le indica que sería bueno que tuviera unas vacaciones. Interesantísimo (a pesar de que parezca una trivialidad) saber que Lise compró un “abrigo de rayas rojas y blancas que Lise lleva desabrochado sobre su chocante vestido de cuerpo amarillo y falda estampada en uves de color naranja, malva y azul” para irse a su viaje, bastante estrafalario y de mal gusto, pero que llamaba la atención de muchas personas (aparentemente era algo que ella buscaba por voluntad) y que se va a seguir mencionando durante toda la historia. Me tomé la atribución de dibujar el atuendo, esto a pesar de mi inexperiencia en el tema, sólo a propósito de ser más ilustrativa 😆

Atuendo de Lise, según K.
Y lamento decir los hechos que configuran el final, pero esto fue anunciado en el capítulo 3 (de 7):

“Mañana por la mañana la encontrarán muerta de múltiples heridas de arma blanca, las muñecas atadas con un pañuelo de seda y los tobillos sujetos con una corbata de hombre, en los terrenos de una villa deshabitada, en un parque de la ciudad extranjera adonde la conduce el vuelo en el que embarca ahora mismo por la puerta 14”.

Y el día de su muerte inicia cuando va a partir a su destino (no se enuncia cuál era, pero en algún lugar de la web leí que podía ser Italia, y que probablemente ella viviera en Dinamarca, y sé que esto no tiene ninguna importancia, tampoco), siendo este un día suficientemente convulso y particular. Se encuentra en el avión con dos hombres que nos interesan: un tipo de traje que le rehúye porque, según confiesa, teme a la presencia de Lise por algún motivo (incluso, se cambia de asiento), y Bill, quien coquetea con ella, le roba un beso y le cuenta que es un “gurú” de la macrobiótica que va de viaje para montar un movimiento juvenil relacionado con dicho estilo de vida. Lise acepta verse con él en las horas de la noche, a pesar de reconocer que este no era “su tipo”.

Ya en el hotel, Lise se encuentra con una anciana (la señora Fidke), con la que comparte el taxi hasta un centro comercial y decide pasar el día con ella. El modo en el que transcurren las conversaciones entre ellas es bastante raro, pues yo me quedo con la impresión de que Lise sólo hacía un monólogo, aunque a veces le prestaba atención a su compañera.

Uno de los temas de los que conversaron fue sobre un sobrino de la anciana, que venía de viaje también para el mismo lugar, a hospedarse en el mismo hotel, y que había estado en una clínica, y que había que comprarle un detalle para su llegada y que, quién sabe, podía ser “el tipo” de Lise (y todas las “y” fueron intencionales). Porque esto también se vuelve manifiesto en la historia: Lise se dio estas vacaciones porque iba en busca de alguien que fuera “su tipo”, pero es un concepto que toma formas muy diferentes a lo largo de toda la historia.

Otro vuelco da la historia cuando se presenta una protesta en la ciudad y Lise se separa de la anciana debido al caos que se generó instantáneamente, como resultado de los enfrentamientos de estudiantes con la policía. Resulta un poco sucia y desecha por todo el ajetreo, y su abrigo manchado con aceite. Se encuentra entonces en un taller de mecánica y, al ser insultada por el dueño (quien creyó que era estudiante y que, por lo tanto, era causante de los daños de la protesta), y me permito citar lo que respondió:

“—Miren mi ropa. Me la acabo de comprar. Más me valdría no haber nacido. Ojalá mis padres hubieran practicado el control de natalidad. Ojalá se hubiera inventado la píldora entonces. Estoy mareada y me encuentro muy mal”.

Lise conversa un poco con el dueño del establecimiento. Este se ofrece a llamar a primeros auxilios, a lo cual ella se niega. Sólo quiere un taxi, pero el hombre insiste hasta que ella acepta, sin mucho agrado, que la lleve en su automóvil. En el camino, este se desvía, a lo cual ella responde:

“—Deténgase ahora mismo o saco la cabeza por la ventana y pido socorro a gritos. No quiero sexo con usted. No me interesa el sexo. Mis intereses son otros, de hecho, tengo un proyecto que cumplir. Le digo que frene”.

De todos modos, Carlo (el conductor) no obedece y trata de abusar de ella, pero Lise es más hábil y logra salir del auto. Luego de algún forcejeo, sube nuevamente  y, ahora en el asiento del conductor, escapa.

Más tarde se encuentra con Bill, el gurú de la macrobiótica que le recordaba que no se debía beber más de tres vasos de líquido al día ni orinar más de dos veces (las mujeres dos veces, los hombres tres) y que su variante de la dieta le exigía un orgasmo diario. Iban en su auto, camino a una cena con una familia de otros adeptos a la macrobiótica, cuando Lise le pidió tomar cierto camino para ir al Pabellón.

Aparentemente, había algo del Pabellón que llamaba mucho la atención de Lise, aunque nunca se dijo qué era. El caso es que, estando allí, Bill también trató de forzarla a tener relaciones sexuales (sí, en la calle, detrás de unos arbustos), pero ella logró zafarse y salió en su auto, mientras algunos transeúntes llamaban a la policía para que le detuvieran.

Nuevamente en el asiento del conductor, Lise regresa a su hotel y allí se encuentra con el extraño sujeto de traje que sintió temor de ella en el avión. Se acerca decididamente y lo obliga a salir con ella, mientras tira de su brazo. Antes de subirse al auto, forcejea con ella. Una vez adentro, el joven le dice:

“—No se quién eres. No te he visto en mi vida —dice él.

—Eso es lo de menos. Llevo todo el día buscándote. Me has hecho perder el tiempo. ¡Menudo día! ¡Y pensar que había acertado a la primera! Esta mañana, nada más verte, supe que eras tú. Tú eres mi tipo”.

Lise sabía, según la información que le había dado la señora Fidke, que su nombre era Richard y que había estado dos años en la cárcel antes de ser ingresado en un manicomio, esto por haber acuchillado a una mujer, a pesar de no haberla asesinado. Lise tiene la certeza de que Richard, “su tipo”, era un maniaco sexual.

Salieron en el auto y Lise condujo nuevamente hasta el Pabellón, mientras ella le mencionaba muchas cosas que conocía sobre su oscuro historial. Y, como ella llevaba las riendas, le ordenó al perturbado Richard:

“—Ahora me tumbo ahí y tú me atas las manos con el pañuelo. Pondré una muñeca encima de la otra, como se debe. Luego tú me atas los tobillos con la corbata y me lo clavas. —Indica la garganta—. Primero aquí —dice antes de señalarse un punto debajo de cada pecho— y luego aquí y aquí. Después, donde te apetezca.

—No quiero —protesta él, mirándola fijamente—. No era mi intención. Yo tenía otros planes. Deja que me vaya.

Lise desenfunda el abrecartas, comprueba el filo y la punta y comenta que no son muy cortantes, pero que servirán.

—No se te olvide que es curvo.

(…)

—Nada de sexo. Puedes hacerlo después. Me atas los pies, me matas y se acabó. Los que vengan por la mañana lo recogerán.

Pese a todo, se hunde en ella al mismo tiempo que levanta el abrecartas”.

Lamento la transcripción tan larga, pero este, así como los demás apartes que decidí citar, me parecen totalmente relevantes para entender mejor la historia y las conclusiones a las que llego. Lise supo desde el comienzo exactamente lo que deseaba: morir, pero no deseaba suicidarse.

Buscaba a “su tipo”, no un novio, sino un sujeto indicado para asesinarla. ¿El motivo? Enfermedad mental. Al inicio de la reseña cité un aparte en el que el narrador señala que Lise tenía una enfermedad, mas nunca se dijo absolutamente nada sobre ello ni el tema se volvió a mencionar.

El comportamiento que se aduce a la protagonista, según lo que el narrador busca que el lector ponga bajo la mira, correspondía al de una mujer tremendamente inestable, con accesos de euforia, de llanto y de enojo sin mucha relación entre sí y que van y vienen sin previo aviso (trastorno afectivo bipolar). La insistencia en recordar la posición de sus labios, siempre rígida, para mí es signo de ansiedad constante.

A pesar de ello, se obtiene de Lise la idea de que es una mujer muy determinada y segura de sí misma, que no le teme siquiera al ridículo porque, aparentemente, nunca piensa en la opinión de los demás. También es lo suficientemente calculadora: ella misma lleva en su bolso todos los objetos que requiere para que su asesinato se lleve a cabo (el pañuelo, la corbata y el abrecartas).

La idea más espléndida que me llevo de esta lectura es que la protagonista, a pesar de su trastorno mental, y a pesar de ser mujer (digo “a pesar” debido a los episodios desafortunados que tuvo con dos hombres que, el mismo día, tratan de abusar de ella), logra apoderarse del asiento del conductor, metafóricamente, y consigue su objetivo, dirigiendo ella con una macabra genialidad todos los acontecimientos que se le van presentando.

Y bien, también llamo la atención que, en el desarrollo de esta historia, según mi concepto, no había nadie mentalmente sano. Y es que, seguramente, a la mayoría de todos nosotros, hoy en día, también nos hace falta un tornillo.

© K. Sánchez (06/10/21)

Entre la maternidad y la tragedia (Reseña de "La mujer de treinta años", de Honorè de Balzac)

 “A nosotras, las mujeres, la civilización nos trata peor de lo que nos trataría la naturaleza. La naturaleza nos impone penas físicas que ustedes no han sabido aliviar, y la civilización ha desarrollado unos sentimientos que ustedes engañan sin cesar”.

 

Hace muchos años ya, cuando tenía 15 años, leí una novela llamada Eugenia Grandet que encontré en la biblioteca de mi colegio. Era la primera vez que leía a Balzac y, efectivamente, quedé prendada de su prosa desde entonces. 15 años después habré leído unas 15 novelas suyas, y cada vez que empiezo una nueva me brillan los ojitos. Y bien, justamente, ahora, a esta edad, me he topado con La mujer de treinta años para ver qué tenía que decir uno de mis autores favoritos al respecto (el juego de números fue coincidencia: no suelo planear tan bien las cosas).

Como hasta hace poco tiempo inicié con este ejercicio de las reseñas para poner a prueba mi memoria, no tengo mis impresiones sobre los libros anteriores de Balzac. Así que veré cómo me va en este extraño intento por reseñar esta obra.

La comedia humana
(Scartol, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons)
Para los poco cercanos al autor, les comento que Honorè de Balzac fue un escritor francés del siglo XIX, uno de los mayores representantes del realismo (género del que me enamoré perdidamente) y que se propuso realizar 137 obras para un proyectó que denominó La comedia humana (aunque llegó sólo a 87) y que relatan, en general, los ires y venires de la sociedad francesa de aquellos tiempos mediante cada una de sus historias.

👀💓 Si vas a leer el libro:

La mujer de treinta años es, como bien se imagina, una obra en la que la protagonista es una mujer. En esta novela se evidencia que Balzac tenía una gran intuición y conocimiento del sexo femenino y de sus más profundos sentimientos, de lo cual hace gala tremendamente aquí, sobre todo en cuanto al tema de la maternidad y el amor. También el lector se encuentra con la lucha interna de la protagonista frente a las “leyes de la sociedad” y a las “leyes internas”, pues Julie, la protagonista, pasa por diversas tragedias que le llevan a cuestionarse su moralidad y su modo de actuar y de sentir en cada etapa de su vida.

El manejo de todas estas cuestiones es impecable, afirmación desde la cual recomiendo la lectura para quienes tengan interés en lo ya mencionado. Y bien, para el lector a quien le atraiga la tragedia también tendrá un buen ejemplar para entretenerse.

Aunque debo admitir que, entre lo que he leído de Balzac, no tiene un índice tan alto de este componente como otras (diría que se lleva un 6/10). Puede que mi percepción sea errada o yo no esté demasiado sensible estos días. Pero no puedo dejar de admirar la fuerte carga emocional que expresa en los estados anímicos de Julie y de Helene, elemento muy presente a lo largo de la obra y que la permea de emocionalidad constantemente.

“¿Quiere usted que estos árboles produzcan su follaje sin la savia que los hace crecer? ¡El alma también tiene su savia! Y en mí, la savia se ha secado en sus fuentes”.

Me quedo también con la impresión de que es una novela de alto contenido moral, pues hace mucha referencia al deber y al honor, tanto a nivel personal como a nivel social. Es cierto que Julie no tiene creencias religiosas, pero esto no interfiere de ninguna manera con su sentido del deber ni con el estricto cumplimiento de las leyes del mundo (a pesar de que estuvieran muy alejadas de sus propias convicciones).

Eso, se puede decir, está perfectamente plasmado hasta la primera parte del libro. Es que mi mente dividió el libro en dos partes: la historia de Julie hasta sus 30 años, aproximadamente, y luego, la historia de Helene, su hija. Si bien en esta segunda parte se entremezclan bastante las historias de estas dos mujeres, lo cierto es que Julie pasa a un segundo plano. Pero la novela finaliza centrándose nuevamente en ella.

Esto lo traigo a colación porque todas aquellas virtudes con las que se adornaba a Julie durante esta primera etapa de su vida se desdibujan un poco después. Cuando el relato se centra en Helene, es fácil darse cuenta de que “algo” ha sucedido con su madre, pues uno como lector puede llegar a calificar negativamente muchas de las cosas que hizo para con su hija.

Pero es momento de que el potencial lector juzgue por sí mismo, mientras me dirijo a reseñar el libro para aquellos que sólo tengan curiosidad.

👾Si no vas a leer el libro:

El relato inicia con un padre soltero y su joven hija, que acuden a una especie de espectáculo antes de que Napoleón partiera a campaña. Allí, el padre se percata de los sentimientos de su hija hacia el general d’Aiglemont, y le advierte de que no era un buen hombre para ella. A pesar de sus advertencias, Julie contrae matrimonio con él. Su padre muere poco tiempo después de este acontecimiento, pero no se dan detalles al respecto.

Una vez iniciada la vida matrimonial, Julie se da cuenta de que no era nada parecido a lo que ella esperaba (un fenómeno similar al sucedido con Madame Bovary, lo cual relaté en la correspondiente reseña, sólo que las dos mujeres tenían personalidades muy distintas), lo cual le generó una enorme tristeza y desencanto por la vida en general:

“Una vez sola, por la noche, en la habitación a donde me habían llevado con ceremonia, pensé en alguna travesura para intrigar a Víctor; y mientras lo esperaba sentía en el corazón unas palpitaciones semejantes a las que sufría antiguamente, durante el día solemne del 31 de diciembre, cuando entraba a escondidas en el salón donde se amontonaban los regalos. Cuando entró mi marido, y me buscó, la risa ahogada que dejé escapar bajo las muselinas que me envolvían fue el último estallido de aquella dulce alegría que animara nuestros juegos infantiles…”

Entonces la vida de Julie cambió radicalmente, e inmediatamente se empezó a notar en su semblante y en su comportamiento. Siendo una mujer hermosa y con gran aptitud para el canto, no se relacionaba en sociedad ni acudía a bailes y a otro tipo de entretenciones comunes en el París de esa época. Su marido no era ajeno a esto y, así, pasó de amarla ardientemente a aburrirse de ella. No tardó en tener un amorío con otra mujer, ni Julie tardó en darse cuenta.

Dado este escenario, el siguiente momento importante de su vida es cuando se introduce al relato la figura de Lord Grenville (quien era médico), personaje que estaba enamorado de Madame d’Aiglemont desde hacía buen tiempo, pero nunca había sido digno siquiera de una mirada suya. Este conoció a su marido debido a cuestiones de política y, en un momento, decidió ofrecerle ayuda para curar a su mujer, puesto que se atribuía que, según su comportamiento y su semblante, debía tener una seria enfermedad. Julie también aceptó.

Reconozco que en este punto esperaba encontrar, tal vez, algún cambio en la mentalidad de Julie que la llevara a tener un amorío con Lord Grenville, pues a estas alturas de la historia se notan los constantes dilemas morales que tiene la protagonista frente a lo que la sociedad exige de la mujer en contraposición a lo que ella misma quiere. Pero no fue así. Julie permaneció fiel a su matrimonio (no se puede decir que haya sido fiel a su marido) sólo por el influjo de las convenciones sociales. No pasó absolutamente nada entre ellos, aunque ambos se profesaban un amor inmenso.

Así, al ver el peligro que conllevaba el estar cerca de su amado, decidió separarse de él. Le dijo que nunca más volviera a verla, pero que se llevara la seguridad de que le sería fiel, pues ella no correspondía a su marido en ningún modo, esto a pesar de que a los ojos de la sociedad se comportara como una buena mujer e, incluso, gracias a ella su esposo hubiere llegado a alcanzar la fortuna que tuvo. Ese mismo orgullo la llevó a salir a flote en ese momento.

“Entonces resolvió luchar con su rival, mostrarse ante la sociedad, brillar en ella, fingir un amor por su marido que ya no podía sentir, seducirlo; después, cuando lo hubiera sometido a su poder mediante estos artificios, ser coqueta con él, tal como esas amantes caprichosas que se complacen en torturar a sus enamorados. Aquel odioso manejo era el único remedio posible para sus males. Así se haría dueña de sus sufrimientos, los ordenaría a su gusto, y los haría más escasos subyugando a su marido, domándolo bajo un despotismo terrible. No tuvo ya ningún remordimiento en imponerle una vida difícil”.

En este punto había, tal vez, alguna esperanza para Julie, quien, además, tuvo una hija llamada Helene. Pero no tardó en deshacerse ese leve atisbo de felicidad. Hubo un desgraciado acontecimiento en el que Lord Grenville, a pesar de la advertencia de Julie, volvió a verla, y ese fue el último día de la vida de su enamorado, pues este, por salvar su honor, se escondió fuera del tocador de Julie y amaneció sin vida. Víctor nunca supo lo que sucedió. Y sí, durante buena parte de la novela uno se hace a la idea de que es un hombre bastante torpe.

Luego de la muerte de su amor, Julie se aisló en una propiedad sola con su hija y su estado de salud decayó nuevamente, por obvias razones. Considero este uno de los momentos más importantes del relato, pues aquí Julie se cuestiona nuevamente su moral y aquella extraña costumbre de seguir las leyes de la sociedad, pero, adicionalmente, inicia su aversión hacia su propia hija, pues ella era consciente de que uno de los motivos para no haber cedido a escaparse con Grenville era su papel como madre. La vida de Julie se tiñe de negro.

“El grande, el verdadero dolor, sería pues un mal lo bastante mortífero para abrazar a un tiempo el pasado, el presente y el futuro, no dejar entera ninguna parte de la vida, desnaturalizar el pensamiento para siempre, inscribirse inalterablemente en los labios y la frente, aflojar o romper los resortes del placer, poniendo en el alma un principio de desagrado por cualquier cosa de este mundo (…)

Aunque se sentía joven, la masa de sus días sin gozo le caía sobre el alma, se la aplastaba, y la envejecía antes de tiempo. Con un grito de desesperación, preguntaba al mundo qué le daba a cambio del amor que la había ayudado a vivir y que había perdido”.

Aquí incluso hay un relato de cómo un sacerdote trató de convencerla para convertirse a la religión, sin éxito alguno al considerar que no había esperanza en un sujeto como ella, a quien siempre se retrató como una mujer muy racional y objetiva, consciente del destino y de la sociedad en la que se desenvolvía.

Durante esta época conoció a otro hombre, tal vez su segundo amor, el diplomático Vandenesse, quien estaba absolutamente asombrado de ella y la amó conociendo su pasado, su constante sentimiento de culpa y esa viveza mental que poseía a pesar de las circunstancias.

Según se entiende, tuvo un hijo de Vandenesse. Aquí llega otro momento importante en la novela, pues es cuando Balzac introduce a la historia la importancia de los treinta años en una mujer. Destina varias hojas a hacer una descripción muy precisa de esto, pero puedo resumirlo burdamente al decir que, en su concepto, la mujer antes de los 30 es inocente e inexperta, y así tiene ciertos encantos en correspondencia con esta etapa, en la que apenas vislumbra una mínima parte de la vida. Mas una vez superada esta edad, se está ante una mujer que tiene experiencia, que ya ha aprendido muchas cosas con el matrimonio, que ya no idealiza, que ve la vida desde una perspectiva muy particular según lo vivido y que tiene lo suficiente para formarse un concepto del mundo y de la vida, lo cual la hace particularmente vivaz y complementa su belleza, esto a pesar del paso de los años.

Aquí se ve a una Julie feliz, plena y enamorada. Y aparece en escena Helene, una niña de unos 7 años que, por el contrario, parece muy desdichada. Tiene un hermano al que envidia debido a que su madre le prefiere (evidentemente, al ser hijo del ser amado). Y en una salida al campo se presenta un acontecimiento que marcará la vida de las dos mujeres: Helene empuja a su hermano menor y, sin intención, le lanza por una pendiente y cae a un río, donde se ahoga y muere.

La historia tiene entonces un vuelco y aquí se da más protagonismo a Helene. La aversión que su madre tenía hacia ella se incrementó y, según parece, se volvió sumamente fría y dura con ella. Es entonces cuando se ve desfigurado ese carácter tan firme y tan correcto con el que se había presentado anteriormente, pues, si bien el relato se paraliza durante varios años, solo queda al lector el trabajo de deducción.

Es como si sólo Julie hubiera vivido por norma y se hubiera dedicado (tal vez inconscientemente) a odiar a su hija, pues su presencia le recordaba los peores momentos de su vida. Y fue así como, debido al cruel trato prodigado por su madre, Helene vivió en una terrible depresión y odiándose a sí misma. Viene una época de alguna “normalidad” que no se relata, pero se entiende que Julie tuvo tres hijos más con su esposo.

Se narra un acontecimiento en el que un hombre joven entra a casa de la familia a pedir asilo, esto luego de haber asesinado a un sujeto de renombre. Al enterarse (máximo una hora después), Víctor se dispone a despedirlo inmediatamente de su casa, pero Helene expresa su deseo de irse con él, pues esto sería al menos mejor que la muerte que quería darse en ese momento. Y así sucedió, pues partió con él y no lograron encontrarla, aunque Víctor se percató de que su madre había tenido alguna extraña influencia en todo lo sucedido durante esa velada (no entraré en detalles).

Años después, debido a los extraños saltos que da la vida, Víctor se fue a recuperar su fortuna (sí, la perdió, junto con la de su mujer) en viajes en barco hacia Latinoamérica. En un intempestivo encuentro en el que casi muere a manos de la tripulación de otro barco, se encuentra sorpresivamente con que el capitán de este era el “raptor” de su hija Helene, quien le perdonó la vida y le llevó con su hija, quien había viajado con él durante todos aquellos años y que, efectivamente, tenía todos los lujos que cualquiera pudiera imaginar, además de felicidad y cuatro preciosos hijitos.

Entonces aquí el lector apresurado diría: “¡oh, pues al menos alguien ha tenido un final feliz!” Pero recordemos que la historia puede cambiar su tinte en una página, que fue lo que aquí sucedió. El barco donde navegaban Helene y su familia naufragó, y sólo ella pudo escapar con un hijo de brazos. Llegó en un terrible estado a una posada donde, también casualmente, se encontró con su madre. Fue imposible salvarles y fue así como Julie vio morir a Helene, su primera hija.

Pero las desgracias para Julie no paran. Muere su esposo y otros dos hijos suyos, quedándole sólo su hija menor, Moïna, a quien se pinta como una niña mimada y voluntariosa. Siendo Moïna su única esperanza, esta le da todo el dinero que posee para su dote y logra casarla con un hombre bien acomodado.

Pero las cosas no funcionan bien, y aquí se marca otra etapa fundamental en la vida de Julie: su vejez. Con apenas cincuenta años, aparenta tener muchos más. Carga con todos los pesares del pasado, con todas aquellas decisiones que no fueron bien tomadas, con su afán por cumplir siempre las normas de la sociedad y demás. Y ahora suma a su larga lista de penas el rechazo y los malos tratos de Moïna (que siempre los recibió con la cabeza baja, incapaz de corregirle o llevarle la contraria en ningún aspecto, llegando incluso a temerle), además de su preocupación al ver que su comportamiento no estaba siendo el adecuado para una dama de su nivel (aparentemente, tenía un amorío justamente con un hijo de M. de Vandenesse).

Y fue así como, luego de una discusión con su hija, el impacto que esta tuvo sobre su estado ya tan alterado le provocó la muerte. Creo que, después de todo este hilo de angustias, se demoró bastante en ceder a su petición.

Balzac's statue in the Cimetière du Père-Lachaise 
(Coyau / Wikimedia Commons)
Es clave tener en cuenta que Julie siempre se arrepintió de no haber obedecido a su padre, pues fue quien le advirtió de no contraer matrimonio con Víctor. Y también es básico reconocer que la existencia de Helene, su primera hija, siempre fue un elemento que ella tomó como disruptivo, pues no la separaba de las continuas desgracias que le acaecían. No sé si entendible sea o no, pues no soy madre, pero hay que prestarle mucha atención a lo fundamental que resulta el significado y la vivencia de la maternidad en el desarrollo de toda la historia.

Y me despido con un fragmento de esta novela y que encaja perfectamente en la mayoría de obras de Balzac (casi siempre al final se dan este tipo de referencias):


“Entre estos dos corazones, hay un solo juez posible. ¡Y este juez es Dios! Dios, que suele depositar su venganza en el seno de las familias, y usa eternamente a los hijos contra las madres, a los padres contra los hijos, a los pueblos contra los reyes, a los príncipes contra las naciones, a todo contra todo; substituyendo en el mundo moral los sentimientos por los sentimientos, tal como las hojas jóvenes empujan a las viejas en primavera; actuando con vistas a un orden inmutable, con un objetivo que sólo Él conoce. Sin duda, todo va a parar a su seno, o mejor aún, a él regresa”.

© K. Sánchez (24/09/21)

El corazón de la angustia (reseña de Kokoro, de Natsume Soseki)

Siguiendo con mi ciclo experimental de literatura japonesa, en la que apenas estoy incursionando, me llamó la atención la lectura de Kokoro (traducido como “corazón” al español), obra de Natsume Soseki (1867-2916), el cual es uno de los escritores de más renombre en la historia de dicho país. Y es que es imposible ponerlo en duda, dado que su imagen apareció en los billetes de 1000 yenes:

Portrait of Kinnosuke Natsume (pen name: Sōseki Natsume)

Es importante resaltar la influencia que tuvo la literatura inglesa en su obra, esto debido a que estudió Lengua Inglesa en Londres, y donde adquirió algunas experiencias que marcaron el estilo y el fondo de su producción literaria. También es importante tener en cuenta que esta obra está ambientada en la era Meiji (esto es, la “Era del culto a las reglas”).

Si vas a leer el libro 💗:

En este caso, no puedo hacer ningún tipo de incursión abusiva en la trama. Puedo decir que la historia se divide en tres partes, pues, inicialmente, el narrador de la historia, un joven universitario que vive en Tokio y es mantenido por sus padres, conoce a un hombre al que denominará como “Sensei” a partir de ese entonces, a quien empezó a frecuentar (diría yo que obsesivamente) debido a su carácter enigmático, independientemente de que éste le tratare de modo un tanto soso y despectivo en ocasiones.

En la segunda parte de la historia, el narrador relata algunos sucesos en relación con una enfermedad que su padre padece, así como el ambiente que se empieza a vislumbrar a partir de haberse graduado de la universidad. El papel que juegan en la psique del narrador algunas conversaciones sostenidas con su Sensei empiezan a tener mayor relevancia.

Y en la tercera parte, Sensei se decide a contar su historia, la cual es la base del libro en estricto sentido, pues luego de este relato no se menciona lo sucedido finalmente con el narrador principal. Es aquí donde el nombre del libro cobra sentido y donde esa sensación de inconcreción dispuesta a lo largo de la obra llega a su cumbre y estalla.

Si no vas a leer el libro 👹:

En este caso, comenzaré la reseña del libro a partir de la tercera parte, esto es, cuando Sensei se dispone, finalmente, a contar su historia al narrador principal por medio de una carta, luego de haber evadido siempre, durante su amistad, tratar cualquier tema que tuviera que ver con su pasado.

Sensei decide acceder a este desahogo, según lo entendí, para evitar que su joven amigo incurriera en errores similares a los que él cometió en su juventud y que, desgraciadamente, cubrieron el resto de su vida de una amarga sombra de la cual nunca se pudo deshacer. Esa es la segunda razón por la cual decide contar su historia: porque nunca había tenido la ocasión de contársela a nadie, y ya no había nada que perder debido a que había tomado la decisión de suicidarse una vez enviada la carta.

Tengo que confesar que, durante la primera y segunda parte del libro, me resultó un poco difícil compaginarme con el libro, pues se denota bastante el carácter sobrio y reservado del narrador (notoria influencia de la tradición), que manejaba una prosa sin ningún tipo de adorno. Iba siempre al punto (capítulos cortos) y no se vislumbraba pista alguna sobre el nudo de la historia.

Así, al iniciar la tercera parte y ver que Sensei tenía el propósito de suicidarse, hay una motivación más clara para continuar la lectura. Y bien, trataré de contar la historia de Sensei resumidamente.

La personalidad de Sensei estuvo muy marcada por dos episodios clave: primero, una traición sufrida a raíz de la ambición de un tío suyo y de su familia, quienes, a la muerte de sus padres, trataron de quedarse con la mayor parte de sus bienes (y lo lograron). Al darse cuenta del verdadero propósito de sus parientes, Sensei, que ya estaba estudiando en la universidad, empezó a adquirir un carácter bastante desconfiado. Finalmente, decidió enfrentar a sus parientes y tomó decisiones drásticas: pidió el dinero que le quedaba de su herencia y decidió no volverlos a ver nunca. Resalto este párrafo en el que expresa su sentir después de lo sucedido al respecto:

“Aún no he tenido ocasión de cobrarme mi venganza, pero creo que estoy haciendo algo mucho más grande que vengarme solo contra una persona concreta. No solo he aprendido a odiarlos a ellos, sino a la humanidad entera a la que ellos pertenecen, y a quien representan. Eso ya es venganza suficiente para mí”.

El segundo episodio clave de su vida tiene su inicio en el momento en el que decide ir a vivir a la casa de la viuda de un militar (Okusan), quien tenía una joven hija (Ojyosan), mientras culminaba sus estudios en la universidad. Se adaptó a la vida con las dos mujeres, lo cual le brindó cierta sensación de tranquilidad, y resultó enamorándose de Ojyosan (al estilo japonés de la época, claro, es decir, sin decir absolutamente nada a nadie ni mostrar una sola gota de emoción), pero decidió mantenerlo en secreto debido a que se le dificultaba leer el comportamiento tanto de la madre como de la hija.

En este momento entra en escena un amigo de la infancia de Sensei, a quien se le llamará K a lo largo de la historia. K es descrito como una persona de unos ideales bastante ascéticos, al haber sido criado por un monje budista, y que era guiado por sus propósitos de “esfuerzo y abstinencia”. Siempre fue admirado por Sensei, quien lo consideraba una persona de gran inteligencia y de una moral muy elevada.

Sensei se entera de que K, quien también está cursando sus estudios en la universidad en esta época, ha tenido algunas dificultades familiares y percibe en él un aspecto algo enfermizo y que, a la larga, podría resultar perjudicial para su salud. Por lo tanto, lo convence para que vaya a vivir con él a la casa de Okusan, esto con el objetivo de mejorar su estado de ánimo y suavizar un tanto su carácter.

Una vez instalados ambos en la misma casa, Sensei se da cuenta de que, si bien su propósito inicial empieza a dar frutos (pues ahora se relaciona más con las mujeres de la casa y ya no se encuentra tan ensimismado como de costumbre), nace también una preocupación: siente celos de K, pues sospecha que está tratando muy íntimamente con Ojyosan, su enamorada.

Es así como la historia se ve teñida en su totalidad por una sensación de ansiedad y angustia latente que no se separará tampoco del lector hasta el final del libro. Sensei empieza a luchar con sus pensamientos y a reproducir ideas en su cabeza en relación con los celos que siente, y es allí donde se manifiesta del todo su carácter ansioso, así como esa conciencia de su cobardía y de su carácter pusilánime, lo cual seguramente estaba ligado a la decepción que le generó el episodio de la traición de su tío.

No era capaz de manifestar sus sentimientos por Ojyosan a K, ni a Okusan. Estaba encerrado y no lograba proceder de ningún modo, y su relación con K era cada día más tensa a pesar de que nunca tuvieron ningún tipo de discusión o malentendido. Por su parte, K conservaba su impasibilidad de siempre, lo cual exasperaba más a Sensei, quien, por orden de su carácter desconfiado, creía que le estaban ocultando algo.

En medio de esta situación, K se sinceró con Sensei y le confesó sus sentimientos: estaba enamorado de Ojyosan y sentía una enorme angustia por ello, pues esto contrariaba sus principios morales, lo cual le generaba un terrible malestar. Si bien Sensei ya estaba lo suficientemente trastornado, entró en pánico al haber escuchado esta confesión. Tuvo una extraña discusión extraña con K, luego de la cual manifestó haberse sentido como un canalla, pues trató de disuadirle de que esta situación ponía en riesgo su propia moral.

Seguidamente, decidió actuar rápido y hablar con Okusan para pedirle la mano de Ojyosan. Esta aceptó inmediatamente. Ahora la dificultad residía en contarle esta novedad a K, a quien nunca le había dicho nada sobre sus sentimientos por Ojyosan.

Resulta que Okusan se adelantó y le comentó primero a K sobre el compromiso. Según esta, K no se mostró sorprendido y tomó la noticia de modo muy tranquilo, como era de esperarse en él. Sensei se sintió avergonzado por no habérselo comentado antes directamente, y aspiraba hablar con él pronto. Desgraciadamente, aquí viene el segundo acontecimiento clave en la vida de Sensei: antes de poder hablar con K, este se suicidó.

El suicidio de K dejó a Sensei de una pieza. Se debatía entre el sentimiento de culpa debido a que, probablemente, este se habría quitado la vida al conocer de su compromiso con Ojyosan, o en razón de la discusión que tuvieron previamente sobre la falta a sus principios morales, o por motivos que tal vez eran ajenos a este y que nunca podría llegar a conocer. A continuación, transcribo la nota que K le dejó a su amigo antes de ponerle fin a su vida:

“He decidido quitarme la vida a causa de la debilidad de mi voluntad y por haber perdido la esperanza de llegar a ser lo que deseo. Te agradezco que te hayas ocupado de mí y te ruego que dispongas de mi cuerpo sin vida encargándote de todo, que me disculpes ante la señora por todas las molestias causadas y que informes de esta muerte a mi familia.

¿Por qué he vivido hasta ahora? Hace tiempo que tenía que haber muerto”.

Confieso que esta última frase me puso la piel de gallina. No es difícil darse cuenta de que K vivía seriamente trastornado, tal vez debido a su exigente carácter, al no considerar que encajara completamente en los elevados ideales espirituales que habían dirigido su vida. No es difícil aquí denotar la decepción que le embargaba de sí mismo y suponer que había vivido en una depresión constante.

El suicidio de K generó entonces un problema aún mayor que la desconfianza: el sentimiento de culpabilidad. Sentir que por cobardía faltó a su propio honor al no confesar sus sentimientos por Ojyosan a su amigo, y aceptar que debido a su egoísmo prefirió actuar en aras de conseguir su objetivo, a pesar de que para ello tuviera que pasar por encima de su amigo. Escribe lo siguiente al respecto:

“Y cada vez que alguien preguntaba en voz alta por las razones de la muerte de K, yo sentía una punzada en mi interior y escuchaba una voz amenazante en mi cabeza: «¿Por qué no confiesas de una vez que eres tú el culpable?».

De todos modos, la boda con Ojyosan se llevó a cabo y los tres se fueron a vivir a una nueva casa para olvidar los acontecimientos de los últimos días. El paso del tiempo sólo acrecentaba más la pena de Sensei, quien nunca fue capaz de deshacerse del peso con el que cargaba al sentirse responsable por la muerte de su amigo. Se volvió más taciturno y sombrío con el transcurso de los años, siendo siempre para Ojyosan un misterio aquello que le atormentaba (pues, tal como dice Sensei en su testamento, no estaba de acuerdo con la idea de poner esta carga también sobre su esposa ni mancharla con esta confesión y pidió que nunca se le contara nada al respecto después de conocida su historia). Trató de refugiarse también en el alcohol y en los libros, pero de ningún modo encontró alivio para la culpa que generó dentro de sí la muerte de K.

Y así, después de tratar de lidiar con su vida de algún modo y de sobreponerse a esos aplastantes sentimientos, terminó por darse por vencido:

“Como el viento gélido del invierno que te atraviesa el cuerpo, se apoderó de mi la intuición de que me encontraba caminando por el mismo sendero que él (…) De ahí la idea de quitarme la vida, solo iba un paso. Decidí continuar con mi vida como si ya estuviera muerto”.

Retrato de Su Wu, del artista Watanabe Kazan (1793-1841).
También considero importante mencionar que, en varios momentos del libro, se hace referencia al seppuku (suicidio ritual) practicado en aquella época, esto para aliviar deshonras cometidas en algún momento (por ejemplo, se menciona el suicidio del artista Watanabe Kazan y del general Nogi) así como la idea del junshi (la inmolación del siervo junto a su señor, puesto que en el escenario del libro sucedió la muerte del Emperador). Podría significar la causa última por la cual Sensei decidió terminar con su vida, seguramente.

¿Y mi opinión? 🤓

Las últimas dos horas que destiné a finalizar la lectura del libro transcurrieron en una angustia terrible y, aún después de haber concluido, quedé con una sensación de desasosiego increíble (cosa que me recordó un poco a cuando terminé la lectura de La muerte de Iván Ilitch), y esa sensación extraña de no poder (ni querer) expresar ese sentimiento final. Sólo queda una inclinación natural a pensar y a quedarse en las razones de la historia (que no puedo decir que sea justamente un deseo).

Considero que un lector que haya experimentado fuertes sentimientos de ansiedad y de angustia en su vida diaria (sí, no soy la excepción) puede compaginarse fácilmente con la lectura, pues desde el comienzo da algunas luces de misterio y de “encubrimiento” intencional que, tal como una premonición, señalan que esto no va a terminar en nada bueno.

Eso fue precisamente lo que me encantó del libro: pude sentir esa zozobra hasta la médula. Y bueno, todo se encuentra tan bien entretejido en cuanto a la personalidad de Sensei, que resulta fácil entonces entender la lentitud de las dos primeras partes de la historia, y uno llega a comprender que esta situación podría haberle sucedido a cualquiera que tuviere una mínima debilidad en su carácter. Y sí, porque a mi parecer todo el entramado de la historia se va dando por ese debate entre el hacer y el no-hacer que denota la pusilanimidad de Sensei, y esa inseguridad de fondo que le hace dudar de los demás y hasta de sí mismo, hasta perder de algún modo el sentido más claro de la realidad.

Y es que eso es bonito. Sentirse identificado en la propia debilidad con otros seres (ficticios o no) es una muestra suficiente de humanidad, y esto nos recuerda que, en muchas ocasiones, independientemente de nuestras intenciones, cada acción que realizamos puede tener mayor trascendencia de la que estamos dispuestos a aceptar.

© K. Sánchez (11/08/21)

¡Arde, bruja, arde! O Las muñecas de Madame Mandilip (reseña del libro)

¡Arde, bruja, arde! (1932) Es una novela de Abraham Merrit, escritor estadounidense nacido a finales del siglo XIX, quien se destacó en los géneros de fantasía y ciencia ficción (sí, también me gusta la fantasía como género literario y la ciencia ficción cuando es amiga del terror) 👻. Inicialmente, el nombre del texto iba a ser Las muñecas de Madame Mandilip, pero por cuestiones de marketing se descartó este título (claro, nombrar brujas ardiendo suena más macabro, supongo).

En su experiencia profesional, el autor tuvo la oportunidad de involucrarse con temas de corte arqueológico, motivo por el cual su obra está permeada por toques relacionados con culturas y razas antiguas, temática que entremezcla exitosamente con el horror, la fantasía y el ocultismo, llegando a tener influencia, incluso, sobre autores como H.P. Lovecraft.

Hacía buen tiempo que no me dedicaba a leer ninguna historia de este género 👹, y en una búsqueda no muy ardua me encontré con este título y me llamó la atención, incluso por el hecho de que tiene una segunda parte (la cual estoy apenas leyendo) llamada ¡Arrástrate, sombra, arrástrate!

Nota: hago esta reseña varios meses después de concluir la lectura, así que es probable que incurra en algunas imprecisiones.

😍 Si vas a leer el libro:

Este libro no es muy extenso y es súper digerible. Nada de romanticismo, de técnicas literarias complejas ni de darle muchas vueltas al asunto. Es de esos textos que te mantienen ávido de curiosidad de principio a fin (a veces hace falta leer historias que se mueven rápido, sobre todo para las personas que tienden a aburrirse pronto con los libros o que no son lectores muy frecuentes). Si te sientes identificado y quieres una historia emocionante para desoxidar un poquito, te recomiendo este libro.

La historia del libro se encuentra enmarcada en un capítulo particular de la historia del doctor Lowell, hombre de mediana edad, quien era un reconocido médico especialista en neurología y trastornos cerebrales. Un día recibe en el hospital a un hombre que había sido víctima de una extraña y perturbadora parálisis, el cual fue llevado allí por un mafioso apellidado Ricori, quien le ofrece una enorme cantidad de dinero por salvar a su servidor, o, al menos, por descubrir de qué se trataba el extraño mal que le había atacado tan repentinamente.

A partir de este suceso, la historia empieza a tener un matiz de suspenso, intriga y, más tarde, de terror, pues el doctor Lowell empieza a investigar la causa de este mal, pues nunca en su vida había sido testigo de un trastorno con estas características tan singulares.

😓 Si no vas a leer el libro:

Entonces retomemos desde el párrafo anterior. El doctor Lowell quedó tan perturbado con el extraño caso (se trataba de una parálisis en la que la persona quedaba totalmente perdida en una mueca de horror y no respondía a ningún estímulo exterior, lo cual le llevaba a la muerte en un espacio de pocas horas, caracterizándose también por un rigor mortis excesivamente rápido y porque, además, ciertas células del cuerpo presentaban una fosforescencia que nunca se logra explicar) que decidió escribir a otros médicos preguntando si habían tratado a pacientes con síntomas similares.

Mientras transcurría su investigación, tuvo contacto mucho más frecuente con Ricori, quien estaba convencido de que lo sucedido tenía relación con el “arte negro” (como se le va a denominar definitivamente) y la brujería, ideas que eran drásticamente rechazadas por el doctor Lowell, en correspondencia con su papel como científico. Ricori también empezó a investigar por su parte, conociendo este de manera estrecha la vida de su servidor fallecido, y fue así como luego fue llevado por McCann (quien era el servidor más leal de Ricori) a la casa de Lowell, luego de haber sido, nada más y nada menos, "apuñalado por una muñeca" 😒.

Por obvias razones, Lowell no creyó en lo más mínimo esta versión de los hechos, y su primera reacción fue sospechar que McCann y el conductor habían sido cómplices de asesinato. Mientras, Lowell trata de actuar con cautela, pues no le es dado fiarse de una historia fantástica de muñecas asesinas, pero también es consciente de todos los acontecimientos extraños que han sucedido y de las múltiples pruebas extrañas que ha visto de que, en realidad, algo muy particular podría estar pasando.

Para ganar la confiabilidad de Lowell y descubrir al atacante de su jefe, McCann toma cartas en el asunto y busca a la hermana del primer fallecido, quien le da información relevante sobre un caso similar, y es de donde obtienen entonces el dato de que, muy seguramente, las muñecas fabricadas por una mujer conocida como Madame Mandilip 👀podrían tener alguna relación con ambos casos de muerte.

Así, Lowell y los sirvientes de Ricori dan con el lugar donde Madame Mandilip tenía una tienda en la cual vendía muñecas fabricadas por ella misma, y empiezan a vigilarlo día y noche hasta que obtienen varios datos sobre quiénes lo habitan (Madame y una joven de aspecto enfermizo) y sus costumbres.

Luego de la muerte, por causas similares, de una de sus enfermeras (fundamental en la historia porque señala el modus operandi de Madame Mandilip, quien atrae a algunas personas y les ofrece realizar una muñeca con la réplica de su propia imagen, hipnotizándoles para tal fin y, una vez terminada su obra, la persona muere y pasa a ocupar el cuerpo de la muñeca, la cual es comandada por su fabricante), Lowell decide ir personalmente a la tienda, donde se hace pasar por otra persona para ver qué tan cierta podía ser toda la información que conocía sobre esta mujer.

En las visitas que hace a Madame Mandilip se percata de que, efectivamente, es hipnotizado al entrar; incluso esta tiene la capacidad de cambiar su apariencia física para ganar la confianza y la admiración de las personas de su interés. Además, vio la muñeca de su enfermera, lo cual le deja ya un mínimo porcentaje de duda sobre las hipótesis de Ricori y McCann (independientemente de que una parte de sí se resista a aceptar lo que él considera como fantástico).

Siendo conocida por la bruja la artimaña de Lowell, envía a sus muñecas a asesinarlo esa misma noche 🔪. Si bien Lowell sale ileso, las muñecas le arrebataron la vida de su médico acompañante al atacarle directamente y dejar caer sobre este una enorme lámpara, tal como se ve en la siguiente ilustración (y donde se puede tener una idea del tamaño de las muñecas).

Por cierto, las ilustraciones son geniales. Todas de Virgin Finlay.
La captura es de mi Kindle.
Una vez Ricori se repone del ataque, deciden enfrentar a la bruja. En este último episodio soportan un ataque de esta mediante hipnotismo que, a mi parecer, fue narrado de modo suficientemente descriptivo. Aquí, la muñeca de la enfermera, a la cual se describió como la única que lograba resistirse al mandato de la Madame, logró ayudarles en su escape del encantamiento a cambio de su propia vida. Y es así como, finalmente, lograron producir un incendio y fue así como la bruja ardió, dando fin a la historia y descubriéndose el misterio.

💅 Mi opinión sobre la lectura:

La historia estuvo bien estructurada, a pesar de todo el entramado que se da por las investigaciones que van realizando los personajes para descubrir el misterio, así que no hay lugar a confundirse porque todo es bastante claro. Tampoco me parece que hayan sobrado personajes o que el autor se haya detenido en diatribas innecesarias (lo único que se ve un poco en relación con este punto son las consideraciones ocasionales de Lowell, quien se niega a dar crédito a la posibilidad de la existencia del mencionado “arte negro”, incluso después de enfrentar a Madame Mandilip personalmente).

Considero que fluye maravillosamente por la mezcla entre terror y misterio. La narración no tiene pausas innecesarias y se centra únicamente en los sucesos, así que no hay tiempo para detenerse en descripciones de paisajes o de personajes (las que hay son apenas suficientes); los caracteres de cada uno de estos se develan a lo largo de la historia y apenas en lo sustancial. Así que pueden estar seguros de que es una de esas historias que atrapa con facilidad, sobre todo para lectores con poca paciencia.

© K. Sánchez (11/08/21)

Cuando la fantasía sabotea la realidad (reseña del libro Madame Bovary)

Una de mis últimas lecturas, la cual tenía pendiente desde hacía muchos años ya (desde que estaba en el colegio, para ser sincera), me estaba martillando la cabeza desde el año pasado nuevamente porque, como dije en un post anterior, inicié con un ciclo de ‘chicas malas’, en el cual he leído La dama de las camelias, Manon Lescaut, Trilby y ahora, indefectiblemente, tenía que leer esta obra por las referencias que tenía de la Madame que aquí se presenta.

Imagen tomada de Flick.
Madame Bovary es una obra de Gustave Flaubert (tengo entendido que la más conocida junto con ‘La educación sentimental’), escrita a mediados del siglo XIX. Además me iba muy bien porque tengo cierta fijación excesiva con los franceses de la época y el realismo, siendo asidua lectora de Balzac, enamorada de Stendhal y con lecturas recientes de Charles Nodier, por ejemplo.

He leído algunas fuentes en la web en las que dicen que el personaje de Emma Bovary estuvo basado en determinadas mujeres (o probablemente, digo yo, en una mezcla de todas) que se relacionaron con el autor. En lo personal, el contenido de este artículo me pareció sumamente ilustrativo a ese respecto.

Si vas a leer el libro 😍:

No voy a cometer la canallada que hizo el personaje que escribió la introducción de la versión que leí, porque, desgraciadamente, decía lo que iba a pasar al final (fue como una cuchillada, en realidad). En resumen (resumen sin spoilers), Madame Bovary es una chica llamada Emma que contrae matrimonio con un médico llamado Charles Bovary, quien, según parece, es un hombre bastante simple, sonso y falto de carácter.

Por el contrario, Emma era una mujer de ideales bastante altos, quien fantaseaba con la vida de la alta sociedad en París, con los romances de las novelas de la época. También muy instruida e inteligente, así como atractiva. Después de casarse, no tarda mucho tiempo en reconocer su enorme insatisfacción, pues el matrimonio no es lo que ella había imaginado. Desde ese momento empiezan sus aventuras (eres libre de tomar el término como mejor te convenga y seguramente no vas a malinterpretarlo), pero ese sentimiento de hastío e inconformidad nunca llega a desaparecer, provocándole cada vez mayores decepciones.

Nos encontramos en esta historia con una personalidad femenina bastante curiosa, apasionada e intensa, sumamente memorable para cualquier lector, pues escapa totalmente de lo que uno esperaría de una mujer en el siglo XIX.

Si no vas a leer el libro 🙉:

Seguramente ya leíste el párrafo anterior. Pues bien, no puedo dejar pasar el hecho de que me gustó bastante la manera en la que inició el libro, pues se narra una anécdota de Charles Bovary en el salón de clases, un joven que va a la escuela por primera vez, y de allí se parte para hablar de sus padres (curiosa la figura del señor Bovary, a quien se pinta como un borracho, insensible y de escasa moral) y de cómo resultó siendo médico, después de haber tenido varios altibajos en el proceso.

Tal como lo dije anteriormente, no queda duda de que el tipo era bastante sonso y simplón, sin grandes aspiraciones y de un carácter sumamente endeble. Su primer matrimonio fue con una mujer mucho mayor que él, quien, a pesar de no resultarle atractiva en ningún sentido, resolvió casarse con ella por consejo, pues se decía que era una mujer adinerada. Vivió buen tiempo bajo el yugo de esa relación sin gota de satisfacción, pero, de algún modo, la quería (probablemente, digo yo, por la estabilidad que le proporcionaba, porque era una relación absolutamente plana en su amargura):

“Cuando todo hubo acabado en el cementerio, Charles volvió a casa. No encontró a nadie abajo; subió al primer piso, al dormitorio, vio su vestido que seguía colgado al pie de la trasalcoba; entonces, apoyándose en el secreter, permaneció hasta la noche sumido en una dolorosa ensoñación. Después de todo, le había querido”.

Como era médico en un pueblo, tenía que viajar con frecuencia a visitar a los enfermos que le requirieren. Así fue a parar un día a la hacienda en la que vivía el señor Rouault, viudo, con su hija, Emma, quien logró captar su interés. Así, de algún modo, lograron atraerse lo suficiente y, luego de la muerte de la primera esposa de Bovary, no pasó mucho tiempo hasta que Charles pidió su mano. Emma había fantaseado mucho tiempo con el matrimonio y con el amor de su vida (tal como sucedía en las novelas que venía leyendo desde que estaba en el instituto, historias con las que fantaseaba constantemente), por lo cual acogió la idea de muy buena manera.

En estos primeros meses de matrimonio, hubo una ocasión en la que la pareja fue invitada a una fiesta en el castillo de un personaje muy influyente. Emma quedó ENCANTADA con todo aquello (¡era justo como lo había leído en las novelas!), a pesar de que se puede ver en la narración de este episodio que, obviamente, ella no era una mujer de sociedad (aunque se rescataba su gusto para vestir y su esbeltez):

“Se suscribió a La Corbeille, revista para mujeres, y al Sylphe des Salons. Devoraba, sin saltarse nada, todas las reseñas de estrenos de teatro, carreras y fiestas de sociedad, se interesaba por el debut de una cantante, por la apertura de una tienda. Estaba al tanto de las modas nuevas, de la dirección de los buenos sastres, de los días de Bois o de Ópera. Estudió en Eugène Sue las descripciones de mobiliario; leyó a Balzac y a George Sand buscando satisfacciones imaginarias a sus apetencias íntimas. Llevaba el libro incluso a la mesa y pasaba las hojas mientras Charles comía y le hablaba”.

Después de este momento, Emma no pudo volver a ser una esposa conforme. Admitió que había sido demasiado estúpida al haber aceptado casarse con Bovary, y sus fantasías con los lujos, los romances apasionados y la vida parisina se avivaron como nunca. Por su parte, Bovary era cada día más feliz con ella, pues el sólo hecho de contemplarla para él era ya como haber logrado todos los sueños de su vida. Para ser más ilustrativa cito los siguientes párrafos, el primero relativo a los sentimientos de Charles y el segundo a los de Emma:

“No podía resistirse al deseo de acariciar continuamente su peine, sus sortijas, su chal; a veces le daba sonoros besos en las mejillas, o besitos en hilera por todo su brazo desnudo, desde la punta de los dedos hasta el hombro; y ella lo rechazaba entre risueña y enfadada, como se hace con un niño que se te cuelga encima.

Antes de casarse, ella había creído estar enamorada; pero, como la dicha que debía resultar de ese amor no llegó, pensaba que tenía que haberse equivocado. Intentaba saber qué se entendía exactamente en la vida por las palabras felicidad, pasión y ebriedad, que tan hermosas le habían parecido en los libros”.

En este punto, Bovary decide cambiarse de casa para complacer a Emma, a quien veía muy meditabunda e irritable la mayor parte del tiempo. Así, llegaron a un pueblo llamado Yonville, guiado el médico esencialmente por Homais, un farmacéutico que requería de su sombra para poder ocultar algunos movimientos políticamente incorrectos (por no decir ilegales) que había realizado con anterioridad, cuyo carácter ambicioso y egocéntrico tiene mucha influencia en el desarrollo de la historia, aunque no ahondaré en ello.

Importante aquí el hecho de que Emma llegó embarazada a Yonville, lo cual no cambió en absoluto su modo de ver la vida, ni fortaleció de ninguna forma la relación de pareja. Incluso, se puede ver cómo siempre rechazó a su hija (a quien nombró Berthe por haber sido un nombre que oyó en la fiesta a la que acudió en el castillo) ni tuvo ningún miramiento con ella.

Pasado el tiempo, empezó a tener una relación muy estrecha con un joven estudiante de Derecho llamado León, pero nunca se atrevió a decirle absolutamente nada, y cuando León le dijo cuánto la amaba, ella lo rechazó sin ninguna pena. Es curioso, porque a pesar de la manera en la que se describía su mente, llena de deseos de tener un apasionado romance y de soñar con él, no dio ni la más mínima pista sobre sus emociones al respecto, sino que se dedicó a sentir intensamente su dolor por estar enamorada de otro hombre, lo cual se confundía indefinidamente con un hastío que era muy típico en su modo de ver la vida.

“Lo que la exasperaba era que Charles no parecía sospechar su suplicio. La convicción que su marido abrigaba de hacerla feliz le parecía un insulto estúpido, y su seguridad en ese punto, ingratitud. ¿Para quién era honrada? ¿No era él el obstáculo a toda felicidad, la causa de toda miseria, y como el puntiagudo hebijón de aquella compleja correa que la ataba por todas partes?”.

Pero, finalmente, al no recibir ninguna respuesta favorable por parte de Emma, León desesperó con la situación y abandonó Yonville. En este momento Emma empezó a decaer, cosa que Bovary, desde ese entonces, estuvo seguro de que su mujer tenía algún tipo de trastorno del sistema nervioso. En mi concepto, Emma tenía ciertas fluctuaciones particulares que se veían motivadas según las influencias directas que considerara más novelescas. Pasaba por periodos de ira incontrolable, luego era sumisa y trataba de ser una buena mujer, luego volvía a recordar la frustración que le generaba su matrimonio y su vida (tan alejada del real lujo de París), y así, sucesivamente.

Aquí aparece otra figura fundamental en la vida de Emma: Rodolphe, un hacendado del pueblo que llegó a ser su primer amante. También me pareció muy interesante la narración del momento en que logró seducirla, pues ella hizo un enorme esfuerzo, primero, por evitar que se diera la situación en que estuvieran solos y, segundo, para resistirse a sus encantos. Así, no se podría decir que Emma fuera una mujer abiertamente malintencionada, pues aparentemente trató de respetar su matrimonio (independientemente de que no la hiciera feliz). Pero, finalmente, cayó y empezó un romance que le devolvió toda aquella ‘chispa vital’ que tanto había deseado, acrecentando, a su vez, el desprecio que sentía por su esposo.

Después de varios años de romance intenso con Rodolphe y con cero sospechas por parte de Bovary (esta otra característica muy típica de él: nunca llegó a dudar de su esposa), se empezó a develar otro rasgo particular de Emma: se enamoró profundamente de su amante y tenía conductas mediante las cuales se podía ver que quería ‘tenerlo sólo para ella’, lo cual era ciertamente molesto para Rodolphe, quien desde el principio la había querido sólo para un romance carnal. A propósito cito el siguiente fragmento, de una conversación entre ambos:

“Además, tenía ideas raras.

—Cuando den las doce de la noche —le decía—, ¡tienes que pensar en mí!

Y si él confesaba que no lo había hecho, le hacía abundantes reproches que siempre terminaban con la eterna pregunta:

—¿Me quieres?

—¡Pues claro que te quiero! —respondía él.

—¿Mucho?

—¡Desde luego!

—¿Y no has querido a otras, verdad?

—¿Crees que era virgen cuando me conociste? —exclamaba él riendo.

Emma lloraba, y él se esforzaba por consolarla, adornando con bromas sus protestas de amor”.

Se complica aquí el asunto cuando Emma le pide a Rodolphe que se escapen. Existía un inconveniente: la pequeña Berthe. Pues Emma decidió que la llevarían con ellos. Y bien, hicieron el plan respectivo y fijaron la fecha y el modus operandi. Pero claro, hay que reconocer que uno como lector se aterra al pensar que Rodolphe estuviera dispuesto a perder así su soltería, pero la respuesta a esto se da la mañana del día en el que planearon el escape: él le envía una carta en la que le dice que no puede hacerlo, y se pierde durante un tiempo.

Cuando Emma lee la carta, el mundo se le viene abajo. Incluso estuvo a punto de lanzarse desde el último piso. Aquí se ya demasiado hace evidente que Madame Bovary tenía un fuerte trastorno de la personalidad. Esa constante insatisfacción, esos cambios frecuentes en su misma rutina, ese afán por llenar su vida con todo aquello que ella deseaba, a pesar de que su realidad no era suficiente para obtenerlo; esa emocionalidad tan fuertemente arraigada que la llevaba a vivir con tanta intensidad, el estar cerca del suicidio cuando ve frustrados sus planes, sus afectos desbordados y su carencia de empatía, que se ve enmarcada por su enorme egoísmo, no me muestran más que a una mujer que vivía más de la fantasía que de la realidad, y muy tendiente a la insatisfacción (invito al lector a referirse al concepto de “bovarismo” en psicología):

“Se había apoyado contra el marco de la buhardilla, y releía la carta con risitas de rabia. Pero cuanto más fijaba su atención en ella, más se confundían sus ideas. Volvía a verle, le oía, le rodeaba con sus brazos; y los latidos del corazón, que la golpeaban bajo el pecho como fuertes golpes de ariete, se aceleraban uno tras otro, a intervalos desiguales. Paseaba los ojos a su alrededor deseando que la tierra se hundiera a sus pies. ¿Por qué no acabar? ¿Quién la retenía ya? Era libre. Y avanzó, miró los adoquines diciéndose: «¡Vamos! ¡Vamos!»”.

A pesar de que he leído varias reseñas en las que el enfoque es el carácter revolucionario de Emma por atreverse a soñar en grande y a salir del típico rol de la mujer, en mi opinión no lo encuentro orientado por esta parte, ya que veo la novela como una obra que se refiere más a un retrato del mundo interior que como a un sujeto valiente, atrevido o ejemplar (como sí se puede decir de Trilby, quien, efectivamente, sí puedo decir que se salía de lo convencional y puede calificarse como un buen ejemplo de liberación femenina para la época, a pesar del desenfreno con el que vivió en cierta época y de su carácter ciertamente servil). Yo veo a Emma más como una víctima de sus propias circunstancias.

Continuando con la narración, Emma cayó en una depresión muy fuerte cuando Rodolphe la abandonó. A partir de ello, cuando empezó a recuperarse, tuvo otro giro interesante porque trató de ceñirse ahora a la religión para hallar consuelo, y así mismo su carácter se suavizó y tendió a la abnegación y un poco a la austeridad. Pero fue un mundo que no logró encantarla lo suficiente. No duró mucho tiempo en esta onda hasta que volvió a desear el mundo maravilloso de las novelas que frecuentaba.

En su intento por levantar su ánimo, Bovary decidió llevarla al teatro, y allí se encontraron justamente con León. Esto dio pie para que, finalmente, terminaran teniendo un romance muy intenso (la constante para Emma). Para mantenerlo, Emma tuvo que mentir bastante y, además, meterse en problemas de dinero (pues para mantener un romance en París era necesario tener un armario acorde, viajar constantemente y, para que el espíritu se mantuviera, tener una casa llena de cada lujo de vanguardia), pues, mediante manipulaciones, logró administrar los bienes de su esposo, quien nunca sospechó de su carácter dilapidador a pesar de lo evidente que pueda parecer para uno como lector.

Pero pasado un tiempo se cansó de León. Después de una discusión por un encuentro desafortunado, Emma dejó de quererlo de la misma manera, y sus sentimientos hacia él cambiaban continuamente. Por su parte, León perdió totalmente el interés en ella. Hasta que, en uno de esos tempestuosos días, al regresar a París recibió una orden de embargo dictada por la autoridad judicial. Todo iba, como se dice, “de mal en peor”. Sus continuos sinsabores se multiplicaban y no paraban de abrumarla sus altas expectativas, que cada vez eran sólo fantasías totalmente frustradas por la realidad, porque Madame Bovary nunca aprendió a soñar del modo correcto:

“¡Qué importaba! No era feliz, no lo había sido nunca. ¿De dónde venía aquella insuficiencia de la vida, aquella podredumbre instantánea de las cosas en que se apoyaba? Pero si en alguna parte había un ser fuerte y bello, una naturaleza valerosa, plena a un tiempo de exaltación y de refinamientos, un corazón de poeta bajo una forma de ángel, lira de cuerdas de bronce que tocara hacia el cielo epitalamios elegiacos, ¿por qué no había de encontrarlo ella por azar? ¡Oh, qué imposible todo!

Además, nada valía el esfuerzo de una búsqueda; ¡todo mentía! Cada sonrisa ocultaba un bostezo de aburrimiento, cada alegría una maldición, todo placer su hastío, y los mejores besos no dejaban en los labios más que un irrealizable anhelo de una voluptuosidad más alta”.

Decidió pedir dinero a León en su próxima visita a París, pero en vista de que no tenía la intención de conseguirlo para ella (obviamente no lo tenía), se enojó de tal manera que decidió no volver a verlo (cosa que a él no le importó mucho, ya que no mucho tiempo después resultó casado con otra mujer). Al regresar a Yonville, incluso trató de pedir dinero a un hombre rico, quien sólo trató de obtener favores sexuales de ella sin tener éxito. Más indignada aún, tuvo que recurrir a un último recurso: pedirle dinero a Rodolphe, su primer amante.

Evidentemente tuvo una respuesta negativa. Y la cuestión es que, después de esta última humillación (ella, acostumbrada siempre a obtener lo que quería de modo sencillo), fue directamente a la casa de Homais, el farmacéútico, y chantajeando a su criado tuvo acceso a un pequeño recipiente de arsénico. Una vez lo consumió, su agonía duró largo tiempo y, a la vez, inició la de su esposo.

La morte de Madame Bovary - Imagen de ©SuperStock/Leemage

El pobre hombre, realmente, empezó a morir lentamente. Además de haber perdido a su mujer amada, estaba arruinado, había dejado de trabajar y había perdido contacto con su madre y con todo el mundo. Para completar su desgracia, este hombre, que nunca se había atrevido a dudar dee la fidelidad de su mujer, descubrió las cartas que se había escrito con León y el mismo retrato de Rodolphe, aunque esto no le sorprendió del todo (muy propio de un carácter tan débil), y, según mi impresión, hasta lo justificó:

“(…) hubo un instante incluso en que Charles, lleno de una furia sombría, clavó sus ojos en Rodolphe, quien, en una especie de espanto, se interrumpió. Pero no tardó en reaparecer la misma lasitud fúnebre en su rostro.

—No le guardo rencor —dijo.

Rodolphe había enmudecido. Y Charles, con la cabeza entre las manos, repitió con voz apagada y con el acento resignado de los dolores infinitos:

—¡No, ya no le guardo rencor!

Y añadió incluso una gran frase, la única que jamás dijera:

—¡La culpa es de la fatalidad!”

Así, esta suma de desgracias le llevó a morir también, aunque no se precisan suficientes detalles. Berthe lo encontró muerto.

Y bien, la cereza en el pastel es que el dichoso Homais se salió con la suya y todas sus canalladas le ayudaron a ser un hombre famoso y de buena reputación, a pesar de sus métodos poco éticos. Y, claro, Lhereux (patrocinador de la ruina de los Bovary, conocedor del punto débil de Emma, a quien no mencioné anteriormente) también obtuvo una buena tajada de la desgracia de estos sujetos. A pesar de que este modo de narración está diametralmente alejado del de Balzac, puedo decir, alegremente, que sus finales sí van por la misma línea: la cruda realidad y los finales que no son tan bonitos.

Y a propósito del tema de la redacción y demás que no he tocado por haberme embelesado narrando la historia, tengo que admitir que desde que comencé a leer el libro me resultó muy acogedor. Es fácil quedarse leyendo largo rato y no sentir agotamiento mientras se contextualiza la historia, lo cual me resulta muy llamativo. Es una lectura que, si bien no tiene excesiva finura y tiene bastantes anotaciones críticas, resulta muy suave, en general, y el enfoque en general está en Emma y en su propia perspectiva (que es interesantísima en todos los aspectos, lo cual hace que sea un personaje de lo más pintoresco y memorable), así que no hay que olvidar “ponerse en los zapatos” de los demás personajes para encontrar una lectura mucho más enriquecedora.

© K. Sánchez (12/04/21).

La inherente miseria humana y el papel de la fatalidad – Reseña de “El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes”, de Tatiana Tibuleac

Esta lectura (de Tatiana Țîbuleac, novela escrita en 2016) tiene mezcladas una buena cantidad de cosas complicadas y súper. Ofrece, además d...