¿Realmente hay vidas dañadas? Reseña de “Indigno de ser humano”, de Osamu Dazai

Terminé la lectura de Kokoro hace un tiempo y me topé con esta recomendación, y como me gustan los dramas y los ambientes depresivos, me animé a su lectura. Lenguaje sencillo, sin necesidad de adornos excesivos, pero con pasajes que invitan al lector a la introspección constantemente. Y sí, realmente es trágico. Aunque no sorprende el final, creo que uno siempre está esperando a ver qué es aquello tan terrible que hizo el protagonista para calificarse a sí mismo como “indigno de ser humano”.

Imagen del manga "Uzumaki" de Junji Ito.
Sobre su autor, Osamu Dazai, es la primera vez que lo leo (ya había comentado que apenas estoy explorando la literatura japonesa), y me parece apropiado y suficiente comentar en este momento que hay muchos apartes de su vida que se encuentran entremezclados en esta novela.

Me he enterado de que hay un cómic de la novela, este del artista Junji Ito, y una serie de anime llamada “Aoi Bongaku”, cuyos 4 primeros episodios están basados en esta novela (los 8 restantes en otras obras de literatura japonesa, incluyendo a Kokoro).

👀💗 Si vas a leer el libro:

Es una novela corta (se lee en una tarde) con un ambiente más bien invariable, impregnado de disertaciones que evocan la desesperanza, el miedo y la frustración en general, y cómo este tipo de situaciones pueden llegar a ser tremendamente caóticas, especialmente cuando hay de por medio seres humanos de carácter más bien débil y pusilánime.

Considero que lo importante en esta obra no reside realmente en el transcurso de la historia, que se va volviendo sumamente predecible durante la trama, sino que tiene sus raíces puestas en la manera de ver el mundo y de sentir de Yozo, el protagonista. Su propia percepción es lo que forma la narración (en primera persona), lo cual resulta fundamental para entender el fondo de la historia (la cual pasa a un segundo plano): no todas las personas percibimos las cosas del mismo modo.

Creo que es un libro curioso cuando quien lo lee ha sufrido de depresión. Es más fácil ponerse en los zapatos del otro (en este caso, de Yozo) cuando uno se ha enrollado en este tipo de espirales que cada vez depredan con más voracidad los pequeños atisbos de luz que da la existencia ocasionalmente; hay momentos en los que es más fácil huir con medidas pasajeras, en vez de dar la cara a nuestros demonios. Y hay muchas personas que no logran salir con vida.

Así, si el lector está interesado en el tema y gusta de una lectura sórdidamente pesimista, desesperanzadora y brutal, llena de disertaciones crudas sobre la existencia humana, podría tener un rato agradable.

👾 Si no vas a leer el libro, te lo cuento:

Probablemente haya lectores interesados más en el desarrollo de las historias y las aventuras de los protagonistas, por lo cual me queda muy claro que esta lectura no sería apta para cualquier público, pues, como ya he dicho, su esencia está en la manera en la que Yozo plasma su manera de ver las cosas.

“Me pregunto si soy feliz. Desde pequeño me han dicho muchas veces que soy afortunado; pero mis recuerdos son de haber vivido en el infierno. Esos que me tildaron de dichoso, al contrario, parecen haber sido incomparablemente más felices que yo”.

La novela recoge acontecimientos claves desde la niñez hasta la adultez de Yozo. Se califica a sí mismo como un niño enfermizo, que solía pasar numerosos meses en cama (es posible, incluso, que su personalidad pudiera ser fruto de alguna enfermedad); temeroso de la dureza del corazón humano, constantemente preocupado por agradar a los demás, en busca de una máscara perfecta para esconder sus verdaderos sentimientos de temor. Nunca se calificó a sí mismo como un ser desalmado o criminal, que es lo que uno podría esperar cuando se encuentra con el título del libro. Al contrario, se puede afirmar que era una persona muy empática y que podía captar cuando otros tenían vidas similares a la que él llevaba:

“Existe la palabra “marginados”, que denota a los infelices, a los fracasados y a los descarriados en la sociedad humana; pero yo creo que lo soy desde el momento en que nací. Por eso, cuando me cruzo con alguien calificado de “marginado”, de inmediato siento afecto por él. Un afecto que llena todo mi cuerpo de un arrobamiento de ternura”.

A medida que crecía se encontraba cada vez con que el ser humano era peor de lo que imaginaba. Incluso narra haber sido víctima de abuso por parte de una criada cuando era niño. Aprendió entonces, desde una corta edad, a ocultar sus sentimientos y pensamientos reales haciendo reír a los demás con múltiples bromas intencionales (y le causaba un horrible pánico cuando sospechaban que todo era una actuación). Pero de este modo logró sobrellevar la vida en la niñez y en la adolescencia, siendo la pintura el único mensaje que traducía su realidad, a pesar de que nunca hizo públicas sus creaciones por miedo a levantar sospechas ante otros sobre su verdadero ser.

Quiso estudiar pintura en la universidad, pero al ser otro el designio de su padre, no tuvo problema en obedecer. Fue a Tokio entonces para hacer sus estudios universitarios y convertirse en funcionario. Así llegó la época de las malas decisiones, de esas que no tienen vuelta atrás: prostitutas, tabaco y alcohol, esto en compañía de un hombre llamado Horiki, también estudiante, que le enseñó este mundo y gozó a sus expensas.

De mucha importancia saber que, en muchas ocasiones, a las personas a las que les cuesta sentirse tranquilas para expresarse, relacionarse con otros y no sentir presión en el intento, les viene muy bien el alcohol debido a sus efectos desinhibitorios, que crean una atmósfera de alegría pasajera. Por la misma razón, estas son personas con alguna potencialidad para hacerse adictas, por ejemplo, al alcohol, el cual encontró en Yozo a una víctima perfecta.

A propósito de este tipo de conductas autodestructivas, Yozo resultó tomando todo el dinero que le daban sus padres para satisfacer sus deseos y, de paso, siendo usado por Horiki para el mismo fin. Siendo hijo de una familia bien acomodada, vivía en una posada con menos de lo necesario, y buscaba dinero sólo para comprar sake barato. La adicción era brutal e inminente.

Es también curioso conocer cómo transcurrió su vida con las mujeres. Muchas se enamoraban de él, quien parecía no darse cuenta o decidía ignorarlas conscientemente. No estaba hambriento de sentimientos de amor ni buscaba una relación de pareja, aunque hubo mujeres presentes en muchos acontecimientos importantes en su vida. Y las mujeres solían sentir hacia él algún tipo de cariño parecido a aquel que lleva a querer proteger a otros (un instinto maternal, podría ser).

Conoció a una mujer llamada Tsuneko, que, según su percepción, era tan miserable como él, y fue el único momento de su vida en el que sintió algo como el amor:

“Aunque esa mujer no dijo: “¡qué tristeza!”, su cuerpo estaba envuelto en una profunda tristeza silenciosa, una corriente de miseria de unos tres centímetros que circulaba sobre ella. Al acercarme a ella, mi cuerpo quedaba también envuelto en esa corriente, mezclándose con la de mi punzante melancolía “como una hoja muerta que se pudre en el fondo del agua”. Por fin me había librado del miedo y la angustia”.

Y en una noche que pasaron juntos decidieron suicidarse en conjunto lanzándose al mar en Kamakura (episodio con raíces autobiográficas). Tsuneko murió y a Yozo lo llevaron al hospital, lo cual generó un alborozo en la prensa local porque él venía de una familia de renombre. Cuenta haber llorado mucho después de lo sucedido, aunque tuvo suerte de que le diagnosticaran una dolencia pulmonar y le dejaran libre de asuntos judiciales luego de lo sucedido.

No siendo capaz de mantenerse por sí mismo, ya que su adicción no se lo permitía, encontró personas que lo mantuvieron. Así, su próxima relación con una mujer se dio debido a esta necesidad. Ya que tenía alguna habilidad para el dibujo, gracias a ella logró que publicaran algunas tiras cómicas obscenas de su autoría en periódicos de bajo rango. Entonces podía comprar su propio sake y seguir retorciéndose en su propia miseria diariamente:

“Por la ventana se veía una cometa atrapada entre los cables eléctricos, azotada y rasgada por el viento polvoriento de primavera; y aun así parecía aferrarse a los cables, agitándose como en movimientos afirmativos. Cada vez que la veía no podía evitar sonrojarme con una sonrosa amarga. Incluso se me aparecía entre sueños”.

Tuvo otra relación importante con una mujer llamada Yoshiko, a quien se describe como una mujer joven, ingenua y muy confiada (tanto que nunca llegó a dudar siquiera de Yozo). Y así, un pequeño relámpago de felicidad le iluminó brevemente: quiso casarse con ella y tratar de buscar así “la felicidad”. Así lo hizo, a pesar de lo complicado que fuera en la práctica.

Aparece nuevamente Horiki buscando dinero para beber y, como es evidente, Yozo no es de esas personas que puedan decir no, lo cual es más impensable si se trata de alcohol. Este aparecía y desaparecía constantemente, mas esta vez Yozo se atreve a pensar lo siguiente:

“Tuve un sobresalto. En el fondo, Horiki no me trataba como a un ser humano sino como a un deshonrado que escapó a la muerte, un fantasma imbécil, un cadáver viviente; y su amistad sólo consistía en utilizarme al máximo para sus placeres. Por supuesto, estos pensamientos no fueron nada agradables; pero, pensándolo bien, era comprensible que Horiki me viese de esa manera, ya que desde niño era indigno de ser humano, y quizá fuera muy razonable que hasta él me despreciara”.

Así es. También es típico de perfiles de baja autoestima justificar a las personas que les maltratan. Y bien, a falta de tragedias y malos ratos, para completar este recorrido lleno de desgracias, un hombre violó a Yoshiko en su propia casa, mientras él estaba presente, bebiendo con Horiki. Es también de no creer su reacción, pues no hizo absolutamente nada, además de sentarse a llorar y seguir bebiendo.

Después de la deshonra cometida, el matrimonio empezó a decaer, pues Yoshiko vivía ahora fundida en sobresaltos y temores permanentes, e incluso se sentía atemorizada en presencia de Yozo; ya no sonreía y andaba muy ensimismada, como avergonzada. Yozo, a su vez, se refiere a este momento como decisivo en su vida, relatando que a partir de ello perdió totalmente la seguridad en sí mismo y su temor hacia la humanidad creció de un modo insuperable.

Días después trató de suicidarse con una sobredosis de medicamentos, pero no lo consiguió. Y no había pasado mucho tiempo cuando empezó a vomitar sangre. Se preocupó por su salud y fue a una farmacia cercana, cuya dueña era una mujer lisiada que, también, se sintió atraída por ese no-sé-qué que tenía Yozo y que tan útil era para endulzar a las mujeres. Le recetó entonces algunos medicamentos, indicándole que no volviera a beber y que, a cambio, podría inyectarse morfina.

Error evidente y ya se vislumbraba más próximo el muro de este callejón sin salida: efectivamente, Yozo dejó el licor y se hizo adicto a la morfina. A pesar de que cada día necesitaba más, la mujer de la farmacia conseguía las que él le pedía, y ya su deuda era enorme con ella. Como último recurso, escribió una carta a su padre buscando dinero, pero nunca recibió respuesta.

Y la historia se cierra aquí cuando lo llevan al manicomio. Fue retirado por uno de sus hermanos después de la muerte de su padre. Yozo hace referencia a que éste había sido el causante de todo su sufrimiento (aunque no se hacen referencias explícitas a esto durante toda la narración). Fue llevado a vivir a una casa a las afueras de un pueblo, con una mujer mayor a su servicio. Cuenta, entonces, haber perdido cualquier deseo de luchar o de sufrir a partir de todo aquello:

“En mi existencia ya no existe la felicidad o el sufrimiento. Todo pasa. Esa es la única verdad en toda mi vida, transcurrida en el interminable infierno de la sociedad humana. Todo pasa. Este año cumpliré veintisiete. Tengo ya tantas canas que aparento haber pasado los cuarenta”.

No se dice nada acerca de su muerte ni de lo sucedido a partir de ello. Sólo queda el vacío en el corazón de quien lo lee, de quien medita largamente en las constantes confesiones del autor; de aquel a quien no le puede quedar más que la plena certeza de que, probablemente, en este mundo hay vidas que, por alguna razón, están dañadas 💔

© K. Sánchez (22/10/21)

Reseña de "Los tres impostores" de Arthur Machen

Esta obra me llamó muchísimo la atención y me pareció sumamente divertida, tanto por su forma como por su contenido. No había tenido ocasión de leer un libro que estuviera formado por relatos de horror independientes (todos de muy buena calidad, tengo que admitirlo) que sirvieran como excusa para entretener al lector, porque no tienen absolutamente nada que ver con la “carne” del relato como tal.

Si bien la historia de base resulta muy sencilla, esto no significa que se pueda descalificar por este motivo. No hay que prestar excesiva atención para entender lo sucedido, aunque uno tiende a desconfiar y a volverse paranoico al leer este tipo de libros.

Así, el astuto relleno de la historia central se encuentra conformado por varias mini-historias:

- La novela del valle oscuro
- La novela del sello negro
- La novela de la doncella de hierro
- La novela del polvo blanco

Todas con buena carga de horror, de diferentes tipos, pero la segunda y la cuarta me parecieron maravillosamente logradas (pronto les obsequio una en el blog), esto sin dejar de reconocer la bellísima pluma de Machen para darle entera pulcritud a lo sobrenatural, a lo angustiante e, incluso, a lo repugnante.

Estas narraciones son contadas por diferentes interlocutores, los cuales cuentan con algún interés especial dentro del tema central. Cada personaje cobra interés especial y todo logra tener sentido luego de que se narra “La historia del joven de anteojos” y, para cerrar, se debe regresar al inicio del texto para poder decir "ya terminé la lectura". Esa jugada siempre me parece brillante cuando se sabe hacer.

📚 Comentarios para el potencial lector:
  • La recomiendo para quienes gustan del cuento y del horror (sobrenatural y psicológico).
  • Es una apuesta muy interesante por la manera en la que se entremezclan los cuentos en la historia, sin ninguna necesidad de limitarse a una colección.
  • Impresionante y siempre recomendada la literatura de Machen. Seguro agrade a lectores de H.P. Lovecraft, entre otros.

© K. Sánchez (22/10/21)

Reseña de “Las tinieblas” de Leonid Andréiev (1906)

Se trata de una novela corta bastante acalorada por la misma frustración que destila cada uno de sus párrafos. Transcurre, sencillamente, en una conversación entre un revolucionario y una prostituta.

En esta narración lo más trascendente, según mi concepto, es lo relacionado con la percepción que tienen de sí mismos los protagonistas y sus dilemas morales, su modo de expresarlos y la manera en la que se ven representados en la sociedad (o la impresión que se han llevado de sus roles).

Si bien el papel del hombre revolucionario se pone en total contraposición con el de la prostituta, esto es algo que no se desentraña del todo en el texto. Simplemente se pone de presente la imagen que cada uno tiene de sí, de la bondad o maldad que han interiorizado según su papel (o entre el ser “honrado” y ser “canalla”) y, seguramente, según sus propios ideales. Es una viva imagen de aquellos momentos de caos en los que hasta la propia percepción sufre un colapso y termina autodestruyéndose:

“(…) Su vida, incomprensible; su obra, inútil, privada de sentido. Era como si alguien con manos de hierro hubiera quebrado su alma como se quiebra un palo contra la rodilla. No hacía mucho tiempo que estaba en aquella habitación, unas horas apenas que había llegado de fuera, de su mundo; pero le parecía que llevaba en aquel lugar toda su vida, al lado de una mujer medio desnuda, oyendo música y ruido de espuelas. Tenía la sensación de no haber salido jamás de aquella casa. No sabía si se encontraba en la cúspide de la vida o en un abismo; lo único que sabía era que estaba contra todo aquello que aún seguía siendo su vida, su alma”.

La fuerza de los sentimientos de los protagonistas se expresa vívidamente desde sus mínimos comportamientos y actitudes, habiendo en un corto lapso episodios de llanto, gritos, golpes, risas nerviosas, silencios, humillaciones, desvaríos y hasta muestras de afecto. Pero algo de lo que uno queda seguro es que cada una de estas muestras está saturada de una profundidad indecible:

“Esta actitud le desconcertó completamente. No sabía ya qué hacer. Aquello era estúpido, imprevisto, caótico. Encogiéndose de hombros, volvió a guardar en el bolsillo el revólver inútil y empezó a recorrer el cuarto a grandes pasos. Dio varias vueltas. Liuba seguía llorando. De pronto, se detuvo ante ella con las manos en los bolsillos y la miró. Lloraba frenéticamente, desesperadamente, con sollozos que parecían la exteriorización de unos sufrimientos inhumanos, como se llora por una vida perdida o por algo aún más importante que la vida. Todo su cuerpo se sacudía con pequeños estremecimientos, como si la quemaran lentamente”.

El texto está plagado de miedo y de una histeria contenida, que apenas se desborda suavemente. Es una narración que recuerda al lector la fragilidad de la propia estima y de sus ideales, siempre dependiendo de la percepción individual que sirve de antesala a cada una de las existencias humanas. Al fin y al cabo, la naturaleza está tan rellena de luz como de tinieblas:

“—Bebo a la salud de los ciegos de nacimiento. Saquémonos los ojos porque da vergüenza mirar a aquellos que no ven. Si nuestros ojos no pueden servirnos de linternas para iluminar las tinieblas de la vida, arranquémoslos y ¡viva la noche! Si todo el mundo no puede entrar en el paraíso, no lo quiero para mí. ¡Abajo la luz, vivan las tinieblas!”

📚 Comentarios para el potencial lector:
  • Buena idea si se busca un libro para leer en un par de horas.
  • Es interesante por el trasfondo psicológico de la conversación que se da entre los personajes. Si lo que el lector busca es paisajes e historias de fondo, aquí no las hay.
  • Nada idealista y más bien pesimista. Aunque lo que más resalto es la desfiguración de la percepción (tanto propia como del mundo) que se da constantemente a lo largo de la historia.
© K. Sánchez (06/10/21)

¿Quién tiene realmente el control? Reseña de “El asiento del conductor” de Muriel Spark

Soy lectora poco recurrente de novelas contemporáneas. Incluso, podría decir que no recuerdo cuál fue la última que leí, si no cuento las adscritas al género de terror, claro está. Pero vi las opiniones de la parte trasera del libro y me llamó la atención, además de que es una lectura corta.

Entonces investigué que Muriel Spark fue una novelista nacida en Edinburgo, que vivió entre 1918 y 2006, famosa por sus novelas, poemas y ensayos. Sólo quiero comentar que revisé un poco su biografía y vi un documental en YouTube sobre ella y quedé más encantada de lo que ya estaba. Así, si están googleando “mujeres famosas en la literatura” o “libros escritos por mujeres”, definitivamente, en su lista tiene que estar esta mujer.

Dejo también un pequeño parrafito que obtuve de la lectura de un artículo (en inglés, para quien interese) en el que se entrevistaba a Penelope Jardine, quien convivió con la escritora durante bastantes años (aunque no es dado concluir que tuvieran una relación sentimental):

“Cuando Spark "ocasionalmente clavaba la daga" era devastadora, pero, sobre todo, disfrutaba de la compañía de su amiga y la encontraba menos difícil que los demás: "Era una persona muy complicada en algunos aspectos, y muy sencilla en otros. Era bastante fácil llevarse bien con ella, muy fácil hablar con ella. No era una esnob y no era imponente con lo que hacía. De hecho, normalmente te sentías bastante bien en su presencia. Sentías que podías hacer cualquier cosa ".

👀💓Si vas a leer el libro:

Resulta un tanto retador hacer una reseña de este libro sin ser abusiva con la expectativa del lector potencial. Puedo señalar que la protagonista es una mujer de unos treinta-y-tantos años, empleada de una empresa, que se va a tomar unas extrañas vacaciones (cuyo objeto no puedo revelar). La autora hace muchas referencias a conductas, ademanes y pensamientos de Lise (la protagonista) que hacen que uno como lector se cuestione permanentemente qué tipo de situaciones se deben ocultar tras un modo de pensar y de hacer tan particular como el de ella.

El libro es enrevesado. Uno no siente en ningún momento que sepa o que tenga alguna idea del motivo que propició “el final”, ni al inicio, ni en la mitad, ni faltando dos páginas para concluir la lectura. Me refiero a “el final” (así, entre comillas), porque el narrador suelta lo que sucede en el desenlace casi desde el principio, pero no hay ninguna pista en el entramado. Así, aunque uno ya sepa en qué termina todo, nunca sabe cómo carajo llegó a suceder, y eso que uno está atento a cada personaje. Y, para colmo, la narración no va en una típica línea recta, sino que va del presente al pasado sin avisar previamente. Loquísimo.

Y es la misma sensación que me llevé al terminar el libro. Me dije a mí misma: “no entendiste, ¿cierto?”, así que fui a buscar reseñas y opiniones en la web, y di un suspiro de alivio cuando me di cuenta de que, aparentemente, muchos estaban en la misma situación que yo. Tienes que pararte a pensar y a revisar todas las piezas que pudiste obtener si deseas tener algo medianamente claro en tu cabeza.

😖Si no vas a leer el libro:

“Avanza por la calle ancha, buscando en los escaparates el vestido que necesita; el vestido necesario. Lleva los labios entreabiertos; ella, que por lo general los aprieta por la censura que a diario le merece la empresa de contabilidad en la que ha trabajado sin interrupción, si se exceptúan los meses de la enfermedad, desde que tenía dieciocho años, es decir, dieciséis años y unos cuantos meses. Cuando no está hablando o comiendo, suele tener los labios tan apretados como las rayas de un balance general, perfilados en línea recta por su anticuado carmín. Una boca juzgadora e inapelable, un instrumento de precisión, un celador minucioso (…)”.

Bueno, bueno. Entonces elaboro mejor el cuento: nuestra protagonista, Lise, tiene un ataque de llanto, un poco perturbador, en su oficina, y su jefe le indica que sería bueno que tuviera unas vacaciones. Interesantísimo (a pesar de que parezca una trivialidad) saber que Lise compró un “abrigo de rayas rojas y blancas que Lise lleva desabrochado sobre su chocante vestido de cuerpo amarillo y falda estampada en uves de color naranja, malva y azul” para irse a su viaje, bastante estrafalario y de mal gusto, pero que llamaba la atención de muchas personas (aparentemente era algo que ella buscaba por voluntad) y que se va a seguir mencionando durante toda la historia. Me tomé la atribución de dibujar el atuendo, esto a pesar de mi inexperiencia en el tema, sólo a propósito de ser más ilustrativa 😆

Atuendo de Lise, según K.
Y lamento decir los hechos que configuran el final, pero esto fue anunciado en el capítulo 3 (de 7):

“Mañana por la mañana la encontrarán muerta de múltiples heridas de arma blanca, las muñecas atadas con un pañuelo de seda y los tobillos sujetos con una corbata de hombre, en los terrenos de una villa deshabitada, en un parque de la ciudad extranjera adonde la conduce el vuelo en el que embarca ahora mismo por la puerta 14”.

Y el día de su muerte inicia cuando va a partir a su destino (no se enuncia cuál era, pero en algún lugar de la web leí que podía ser Italia, y que probablemente ella viviera en Dinamarca, y sé que esto no tiene ninguna importancia, tampoco), siendo este un día suficientemente convulso y particular. Se encuentra en el avión con dos hombres que nos interesan: un tipo de traje que le rehúye porque, según confiesa, teme a la presencia de Lise por algún motivo (incluso, se cambia de asiento), y Bill, quien coquetea con ella, le roba un beso y le cuenta que es un “gurú” de la macrobiótica que va de viaje para montar un movimiento juvenil relacionado con dicho estilo de vida. Lise acepta verse con él en las horas de la noche, a pesar de reconocer que este no era “su tipo”.

Ya en el hotel, Lise se encuentra con una anciana (la señora Fidke), con la que comparte el taxi hasta un centro comercial y decide pasar el día con ella. El modo en el que transcurren las conversaciones entre ellas es bastante raro, pues yo me quedo con la impresión de que Lise sólo hacía un monólogo, aunque a veces le prestaba atención a su compañera.

Uno de los temas de los que conversaron fue sobre un sobrino de la anciana, que venía de viaje también para el mismo lugar, a hospedarse en el mismo hotel, y que había estado en una clínica, y que había que comprarle un detalle para su llegada y que, quién sabe, podía ser “el tipo” de Lise (y todas las “y” fueron intencionales). Porque esto también se vuelve manifiesto en la historia: Lise se dio estas vacaciones porque iba en busca de alguien que fuera “su tipo”, pero es un concepto que toma formas muy diferentes a lo largo de toda la historia.

Otro vuelco da la historia cuando se presenta una protesta en la ciudad y Lise se separa de la anciana debido al caos que se generó instantáneamente, como resultado de los enfrentamientos de estudiantes con la policía. Resulta un poco sucia y desecha por todo el ajetreo, y su abrigo manchado con aceite. Se encuentra entonces en un taller de mecánica y, al ser insultada por el dueño (quien creyó que era estudiante y que, por lo tanto, era causante de los daños de la protesta), y me permito citar lo que respondió:

“—Miren mi ropa. Me la acabo de comprar. Más me valdría no haber nacido. Ojalá mis padres hubieran practicado el control de natalidad. Ojalá se hubiera inventado la píldora entonces. Estoy mareada y me encuentro muy mal”.

Lise conversa un poco con el dueño del establecimiento. Este se ofrece a llamar a primeros auxilios, a lo cual ella se niega. Sólo quiere un taxi, pero el hombre insiste hasta que ella acepta, sin mucho agrado, que la lleve en su automóvil. En el camino, este se desvía, a lo cual ella responde:

“—Deténgase ahora mismo o saco la cabeza por la ventana y pido socorro a gritos. No quiero sexo con usted. No me interesa el sexo. Mis intereses son otros, de hecho, tengo un proyecto que cumplir. Le digo que frene”.

De todos modos, Carlo (el conductor) no obedece y trata de abusar de ella, pero Lise es más hábil y logra salir del auto. Luego de algún forcejeo, sube nuevamente  y, ahora en el asiento del conductor, escapa.

Más tarde se encuentra con Bill, el gurú de la macrobiótica que le recordaba que no se debía beber más de tres vasos de líquido al día ni orinar más de dos veces (las mujeres dos veces, los hombres tres) y que su variante de la dieta le exigía un orgasmo diario. Iban en su auto, camino a una cena con una familia de otros adeptos a la macrobiótica, cuando Lise le pidió tomar cierto camino para ir al Pabellón.

Aparentemente, había algo del Pabellón que llamaba mucho la atención de Lise, aunque nunca se dijo qué era. El caso es que, estando allí, Bill también trató de forzarla a tener relaciones sexuales (sí, en la calle, detrás de unos arbustos), pero ella logró zafarse y salió en su auto, mientras algunos transeúntes llamaban a la policía para que le detuvieran.

Nuevamente en el asiento del conductor, Lise regresa a su hotel y allí se encuentra con el extraño sujeto de traje que sintió temor de ella en el avión. Se acerca decididamente y lo obliga a salir con ella, mientras tira de su brazo. Antes de subirse al auto, forcejea con ella. Una vez adentro, el joven le dice:

“—No se quién eres. No te he visto en mi vida —dice él.

—Eso es lo de menos. Llevo todo el día buscándote. Me has hecho perder el tiempo. ¡Menudo día! ¡Y pensar que había acertado a la primera! Esta mañana, nada más verte, supe que eras tú. Tú eres mi tipo”.

Lise sabía, según la información que le había dado la señora Fidke, que su nombre era Richard y que había estado dos años en la cárcel antes de ser ingresado en un manicomio, esto por haber acuchillado a una mujer, a pesar de no haberla asesinado. Lise tiene la certeza de que Richard, “su tipo”, era un maniaco sexual.

Salieron en el auto y Lise condujo nuevamente hasta el Pabellón, mientras ella le mencionaba muchas cosas que conocía sobre su oscuro historial. Y, como ella llevaba las riendas, le ordenó al perturbado Richard:

“—Ahora me tumbo ahí y tú me atas las manos con el pañuelo. Pondré una muñeca encima de la otra, como se debe. Luego tú me atas los tobillos con la corbata y me lo clavas. —Indica la garganta—. Primero aquí —dice antes de señalarse un punto debajo de cada pecho— y luego aquí y aquí. Después, donde te apetezca.

—No quiero —protesta él, mirándola fijamente—. No era mi intención. Yo tenía otros planes. Deja que me vaya.

Lise desenfunda el abrecartas, comprueba el filo y la punta y comenta que no son muy cortantes, pero que servirán.

—No se te olvide que es curvo.

(…)

—Nada de sexo. Puedes hacerlo después. Me atas los pies, me matas y se acabó. Los que vengan por la mañana lo recogerán.

Pese a todo, se hunde en ella al mismo tiempo que levanta el abrecartas”.

Lamento la transcripción tan larga, pero este, así como los demás apartes que decidí citar, me parecen totalmente relevantes para entender mejor la historia y las conclusiones a las que llego. Lise supo desde el comienzo exactamente lo que deseaba: morir, pero no deseaba suicidarse.

Buscaba a “su tipo”, no un novio, sino un sujeto indicado para asesinarla. ¿El motivo? Enfermedad mental. Al inicio de la reseña cité un aparte en el que el narrador señala que Lise tenía una enfermedad, mas nunca se dijo absolutamente nada sobre ello ni el tema se volvió a mencionar.

El comportamiento que se aduce a la protagonista, según lo que el narrador busca que el lector ponga bajo la mira, correspondía al de una mujer tremendamente inestable, con accesos de euforia, de llanto y de enojo sin mucha relación entre sí y que van y vienen sin previo aviso (trastorno afectivo bipolar). La insistencia en recordar la posición de sus labios, siempre rígida, para mí es signo de ansiedad constante.

A pesar de ello, se obtiene de Lise la idea de que es una mujer muy determinada y segura de sí misma, que no le teme siquiera al ridículo porque, aparentemente, nunca piensa en la opinión de los demás. También es lo suficientemente calculadora: ella misma lleva en su bolso todos los objetos que requiere para que su asesinato se lleve a cabo (el pañuelo, la corbata y el abrecartas).

La idea más espléndida que me llevo de esta lectura es que la protagonista, a pesar de su trastorno mental, y a pesar de ser mujer (digo “a pesar” debido a los episodios desafortunados que tuvo con dos hombres que, el mismo día, tratan de abusar de ella), logra apoderarse del asiento del conductor, metafóricamente, y consigue su objetivo, dirigiendo ella con una macabra genialidad todos los acontecimientos que se le van presentando.

Y bien, también llamo la atención que, en el desarrollo de esta historia, según mi concepto, no había nadie mentalmente sano. Y es que, seguramente, a la mayoría de todos nosotros, hoy en día, también nos hace falta un tornillo.

© K. Sánchez (06/10/21)

Entre la maternidad y la tragedia (Reseña de "La mujer de treinta años", de Honorè de Balzac)

 “A nosotras, las mujeres, la civilización nos trata peor de lo que nos trataría la naturaleza. La naturaleza nos impone penas físicas que ustedes no han sabido aliviar, y la civilización ha desarrollado unos sentimientos que ustedes engañan sin cesar”.

 

Hace muchos años ya, cuando tenía 15 años, leí una novela llamada Eugenia Grandet que encontré en la biblioteca de mi colegio. Era la primera vez que leía a Balzac y, efectivamente, quedé prendada de su prosa desde entonces. 15 años después habré leído unas 15 novelas suyas, y cada vez que empiezo una nueva me brillan los ojitos. Y bien, justamente, ahora, a esta edad, me he topado con La mujer de treinta años para ver qué tenía que decir uno de mis autores favoritos al respecto (el juego de números fue coincidencia: no suelo planear tan bien las cosas).

Como hasta hace poco tiempo inicié con este ejercicio de las reseñas para poner a prueba mi memoria, no tengo mis impresiones sobre los libros anteriores de Balzac. Así que veré cómo me va en este extraño intento por reseñar esta obra.

La comedia humana
(Scartol, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons)
Para los poco cercanos al autor, les comento que Honorè de Balzac fue un escritor francés del siglo XIX, uno de los mayores representantes del realismo (género del que me enamoré perdidamente) y que se propuso realizar 137 obras para un proyectó que denominó La comedia humana (aunque llegó sólo a 87) y que relatan, en general, los ires y venires de la sociedad francesa de aquellos tiempos mediante cada una de sus historias.

👀💓 Si vas a leer el libro:

La mujer de treinta años es, como bien se imagina, una obra en la que la protagonista es una mujer. En esta novela se evidencia que Balzac tenía una gran intuición y conocimiento del sexo femenino y de sus más profundos sentimientos, de lo cual hace gala tremendamente aquí, sobre todo en cuanto al tema de la maternidad y el amor. También el lector se encuentra con la lucha interna de la protagonista frente a las “leyes de la sociedad” y a las “leyes internas”, pues Julie, la protagonista, pasa por diversas tragedias que le llevan a cuestionarse su moralidad y su modo de actuar y de sentir en cada etapa de su vida.

El manejo de todas estas cuestiones es impecable, afirmación desde la cual recomiendo la lectura para quienes tengan interés en lo ya mencionado. Y bien, para el lector a quien le atraiga la tragedia también tendrá un buen ejemplar para entretenerse.

Aunque debo admitir que, entre lo que he leído de Balzac, no tiene un índice tan alto de este componente como otras (diría que se lleva un 6/10). Puede que mi percepción sea errada o yo no esté demasiado sensible estos días. Pero no puedo dejar de admirar la fuerte carga emocional que expresa en los estados anímicos de Julie y de Helene, elemento muy presente a lo largo de la obra y que la permea de emocionalidad constantemente.

“¿Quiere usted que estos árboles produzcan su follaje sin la savia que los hace crecer? ¡El alma también tiene su savia! Y en mí, la savia se ha secado en sus fuentes”.

Me quedo también con la impresión de que es una novela de alto contenido moral, pues hace mucha referencia al deber y al honor, tanto a nivel personal como a nivel social. Es cierto que Julie no tiene creencias religiosas, pero esto no interfiere de ninguna manera con su sentido del deber ni con el estricto cumplimiento de las leyes del mundo (a pesar de que estuvieran muy alejadas de sus propias convicciones).

Eso, se puede decir, está perfectamente plasmado hasta la primera parte del libro. Es que mi mente dividió el libro en dos partes: la historia de Julie hasta sus 30 años, aproximadamente, y luego, la historia de Helene, su hija. Si bien en esta segunda parte se entremezclan bastante las historias de estas dos mujeres, lo cierto es que Julie pasa a un segundo plano. Pero la novela finaliza centrándose nuevamente en ella.

Esto lo traigo a colación porque todas aquellas virtudes con las que se adornaba a Julie durante esta primera etapa de su vida se desdibujan un poco después. Cuando el relato se centra en Helene, es fácil darse cuenta de que “algo” ha sucedido con su madre, pues uno como lector puede llegar a calificar negativamente muchas de las cosas que hizo para con su hija.

Pero es momento de que el potencial lector juzgue por sí mismo, mientras me dirijo a reseñar el libro para aquellos que sólo tengan curiosidad.

👾Si no vas a leer el libro:

El relato inicia con un padre soltero y su joven hija, que acuden a una especie de espectáculo antes de que Napoleón partiera a campaña. Allí, el padre se percata de los sentimientos de su hija hacia el general d’Aiglemont, y le advierte de que no era un buen hombre para ella. A pesar de sus advertencias, Julie contrae matrimonio con él. Su padre muere poco tiempo después de este acontecimiento, pero no se dan detalles al respecto.

Una vez iniciada la vida matrimonial, Julie se da cuenta de que no era nada parecido a lo que ella esperaba (un fenómeno similar al sucedido con Madame Bovary, lo cual relaté en la correspondiente reseña, sólo que las dos mujeres tenían personalidades muy distintas), lo cual le generó una enorme tristeza y desencanto por la vida en general:

“Una vez sola, por la noche, en la habitación a donde me habían llevado con ceremonia, pensé en alguna travesura para intrigar a Víctor; y mientras lo esperaba sentía en el corazón unas palpitaciones semejantes a las que sufría antiguamente, durante el día solemne del 31 de diciembre, cuando entraba a escondidas en el salón donde se amontonaban los regalos. Cuando entró mi marido, y me buscó, la risa ahogada que dejé escapar bajo las muselinas que me envolvían fue el último estallido de aquella dulce alegría que animara nuestros juegos infantiles…”

Entonces la vida de Julie cambió radicalmente, e inmediatamente se empezó a notar en su semblante y en su comportamiento. Siendo una mujer hermosa y con gran aptitud para el canto, no se relacionaba en sociedad ni acudía a bailes y a otro tipo de entretenciones comunes en el París de esa época. Su marido no era ajeno a esto y, así, pasó de amarla ardientemente a aburrirse de ella. No tardó en tener un amorío con otra mujer, ni Julie tardó en darse cuenta.

Dado este escenario, el siguiente momento importante de su vida es cuando se introduce al relato la figura de Lord Grenville (quien era médico), personaje que estaba enamorado de Madame d’Aiglemont desde hacía buen tiempo, pero nunca había sido digno siquiera de una mirada suya. Este conoció a su marido debido a cuestiones de política y, en un momento, decidió ofrecerle ayuda para curar a su mujer, puesto que se atribuía que, según su comportamiento y su semblante, debía tener una seria enfermedad. Julie también aceptó.

Reconozco que en este punto esperaba encontrar, tal vez, algún cambio en la mentalidad de Julie que la llevara a tener un amorío con Lord Grenville, pues a estas alturas de la historia se notan los constantes dilemas morales que tiene la protagonista frente a lo que la sociedad exige de la mujer en contraposición a lo que ella misma quiere. Pero no fue así. Julie permaneció fiel a su matrimonio (no se puede decir que haya sido fiel a su marido) sólo por el influjo de las convenciones sociales. No pasó absolutamente nada entre ellos, aunque ambos se profesaban un amor inmenso.

Así, al ver el peligro que conllevaba el estar cerca de su amado, decidió separarse de él. Le dijo que nunca más volviera a verla, pero que se llevara la seguridad de que le sería fiel, pues ella no correspondía a su marido en ningún modo, esto a pesar de que a los ojos de la sociedad se comportara como una buena mujer e, incluso, gracias a ella su esposo hubiere llegado a alcanzar la fortuna que tuvo. Ese mismo orgullo la llevó a salir a flote en ese momento.

“Entonces resolvió luchar con su rival, mostrarse ante la sociedad, brillar en ella, fingir un amor por su marido que ya no podía sentir, seducirlo; después, cuando lo hubiera sometido a su poder mediante estos artificios, ser coqueta con él, tal como esas amantes caprichosas que se complacen en torturar a sus enamorados. Aquel odioso manejo era el único remedio posible para sus males. Así se haría dueña de sus sufrimientos, los ordenaría a su gusto, y los haría más escasos subyugando a su marido, domándolo bajo un despotismo terrible. No tuvo ya ningún remordimiento en imponerle una vida difícil”.

En este punto había, tal vez, alguna esperanza para Julie, quien, además, tuvo una hija llamada Helene. Pero no tardó en deshacerse ese leve atisbo de felicidad. Hubo un desgraciado acontecimiento en el que Lord Grenville, a pesar de la advertencia de Julie, volvió a verla, y ese fue el último día de la vida de su enamorado, pues este, por salvar su honor, se escondió fuera del tocador de Julie y amaneció sin vida. Víctor nunca supo lo que sucedió. Y sí, durante buena parte de la novela uno se hace a la idea de que es un hombre bastante torpe.

Luego de la muerte de su amor, Julie se aisló en una propiedad sola con su hija y su estado de salud decayó nuevamente, por obvias razones. Considero este uno de los momentos más importantes del relato, pues aquí Julie se cuestiona nuevamente su moral y aquella extraña costumbre de seguir las leyes de la sociedad, pero, adicionalmente, inicia su aversión hacia su propia hija, pues ella era consciente de que uno de los motivos para no haber cedido a escaparse con Grenville era su papel como madre. La vida de Julie se tiñe de negro.

“El grande, el verdadero dolor, sería pues un mal lo bastante mortífero para abrazar a un tiempo el pasado, el presente y el futuro, no dejar entera ninguna parte de la vida, desnaturalizar el pensamiento para siempre, inscribirse inalterablemente en los labios y la frente, aflojar o romper los resortes del placer, poniendo en el alma un principio de desagrado por cualquier cosa de este mundo (…)

Aunque se sentía joven, la masa de sus días sin gozo le caía sobre el alma, se la aplastaba, y la envejecía antes de tiempo. Con un grito de desesperación, preguntaba al mundo qué le daba a cambio del amor que la había ayudado a vivir y que había perdido”.

Aquí incluso hay un relato de cómo un sacerdote trató de convencerla para convertirse a la religión, sin éxito alguno al considerar que no había esperanza en un sujeto como ella, a quien siempre se retrató como una mujer muy racional y objetiva, consciente del destino y de la sociedad en la que se desenvolvía.

Durante esta época conoció a otro hombre, tal vez su segundo amor, el diplomático Vandenesse, quien estaba absolutamente asombrado de ella y la amó conociendo su pasado, su constante sentimiento de culpa y esa viveza mental que poseía a pesar de las circunstancias.

Según se entiende, tuvo un hijo de Vandenesse. Aquí llega otro momento importante en la novela, pues es cuando Balzac introduce a la historia la importancia de los treinta años en una mujer. Destina varias hojas a hacer una descripción muy precisa de esto, pero puedo resumirlo burdamente al decir que, en su concepto, la mujer antes de los 30 es inocente e inexperta, y así tiene ciertos encantos en correspondencia con esta etapa, en la que apenas vislumbra una mínima parte de la vida. Mas una vez superada esta edad, se está ante una mujer que tiene experiencia, que ya ha aprendido muchas cosas con el matrimonio, que ya no idealiza, que ve la vida desde una perspectiva muy particular según lo vivido y que tiene lo suficiente para formarse un concepto del mundo y de la vida, lo cual la hace particularmente vivaz y complementa su belleza, esto a pesar del paso de los años.

Aquí se ve a una Julie feliz, plena y enamorada. Y aparece en escena Helene, una niña de unos 7 años que, por el contrario, parece muy desdichada. Tiene un hermano al que envidia debido a que su madre le prefiere (evidentemente, al ser hijo del ser amado). Y en una salida al campo se presenta un acontecimiento que marcará la vida de las dos mujeres: Helene empuja a su hermano menor y, sin intención, le lanza por una pendiente y cae a un río, donde se ahoga y muere.

La historia tiene entonces un vuelco y aquí se da más protagonismo a Helene. La aversión que su madre tenía hacia ella se incrementó y, según parece, se volvió sumamente fría y dura con ella. Es entonces cuando se ve desfigurado ese carácter tan firme y tan correcto con el que se había presentado anteriormente, pues, si bien el relato se paraliza durante varios años, solo queda al lector el trabajo de deducción.

Es como si sólo Julie hubiera vivido por norma y se hubiera dedicado (tal vez inconscientemente) a odiar a su hija, pues su presencia le recordaba los peores momentos de su vida. Y fue así como, debido al cruel trato prodigado por su madre, Helene vivió en una terrible depresión y odiándose a sí misma. Viene una época de alguna “normalidad” que no se relata, pero se entiende que Julie tuvo tres hijos más con su esposo.

Se narra un acontecimiento en el que un hombre joven entra a casa de la familia a pedir asilo, esto luego de haber asesinado a un sujeto de renombre. Al enterarse (máximo una hora después), Víctor se dispone a despedirlo inmediatamente de su casa, pero Helene expresa su deseo de irse con él, pues esto sería al menos mejor que la muerte que quería darse en ese momento. Y así sucedió, pues partió con él y no lograron encontrarla, aunque Víctor se percató de que su madre había tenido alguna extraña influencia en todo lo sucedido durante esa velada (no entraré en detalles).

Años después, debido a los extraños saltos que da la vida, Víctor se fue a recuperar su fortuna (sí, la perdió, junto con la de su mujer) en viajes en barco hacia Latinoamérica. En un intempestivo encuentro en el que casi muere a manos de la tripulación de otro barco, se encuentra sorpresivamente con que el capitán de este era el “raptor” de su hija Helene, quien le perdonó la vida y le llevó con su hija, quien había viajado con él durante todos aquellos años y que, efectivamente, tenía todos los lujos que cualquiera pudiera imaginar, además de felicidad y cuatro preciosos hijitos.

Entonces aquí el lector apresurado diría: “¡oh, pues al menos alguien ha tenido un final feliz!” Pero recordemos que la historia puede cambiar su tinte en una página, que fue lo que aquí sucedió. El barco donde navegaban Helene y su familia naufragó, y sólo ella pudo escapar con un hijo de brazos. Llegó en un terrible estado a una posada donde, también casualmente, se encontró con su madre. Fue imposible salvarles y fue así como Julie vio morir a Helene, su primera hija.

Pero las desgracias para Julie no paran. Muere su esposo y otros dos hijos suyos, quedándole sólo su hija menor, Moïna, a quien se pinta como una niña mimada y voluntariosa. Siendo Moïna su única esperanza, esta le da todo el dinero que posee para su dote y logra casarla con un hombre bien acomodado.

Pero las cosas no funcionan bien, y aquí se marca otra etapa fundamental en la vida de Julie: su vejez. Con apenas cincuenta años, aparenta tener muchos más. Carga con todos los pesares del pasado, con todas aquellas decisiones que no fueron bien tomadas, con su afán por cumplir siempre las normas de la sociedad y demás. Y ahora suma a su larga lista de penas el rechazo y los malos tratos de Moïna (que siempre los recibió con la cabeza baja, incapaz de corregirle o llevarle la contraria en ningún aspecto, llegando incluso a temerle), además de su preocupación al ver que su comportamiento no estaba siendo el adecuado para una dama de su nivel (aparentemente, tenía un amorío justamente con un hijo de M. de Vandenesse).

Y fue así como, luego de una discusión con su hija, el impacto que esta tuvo sobre su estado ya tan alterado le provocó la muerte. Creo que, después de todo este hilo de angustias, se demoró bastante en ceder a su petición.

Balzac's statue in the Cimetière du Père-Lachaise 
(Coyau / Wikimedia Commons)
Es clave tener en cuenta que Julie siempre se arrepintió de no haber obedecido a su padre, pues fue quien le advirtió de no contraer matrimonio con Víctor. Y también es básico reconocer que la existencia de Helene, su primera hija, siempre fue un elemento que ella tomó como disruptivo, pues no la separaba de las continuas desgracias que le acaecían. No sé si entendible sea o no, pues no soy madre, pero hay que prestarle mucha atención a lo fundamental que resulta el significado y la vivencia de la maternidad en el desarrollo de toda la historia.

Y me despido con un fragmento de esta novela y que encaja perfectamente en la mayoría de obras de Balzac (casi siempre al final se dan este tipo de referencias):


“Entre estos dos corazones, hay un solo juez posible. ¡Y este juez es Dios! Dios, que suele depositar su venganza en el seno de las familias, y usa eternamente a los hijos contra las madres, a los padres contra los hijos, a los pueblos contra los reyes, a los príncipes contra las naciones, a todo contra todo; substituyendo en el mundo moral los sentimientos por los sentimientos, tal como las hojas jóvenes empujan a las viejas en primavera; actuando con vistas a un orden inmutable, con un objetivo que sólo Él conoce. Sin duda, todo va a parar a su seno, o mejor aún, a él regresa”.

© K. Sánchez (24/09/21)

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